Un hombre osado al que no le tembló la mano para llamar ineptos a los presidentes mientras denunciaba las injusticias del país. Homenaje a un luchador incansable de la libertad de prensa.

Por Duver Alexander Pérez / Foto Jorge Mario Múnera

Periodista, ensayista, cinéfilo, editor, fotógrafo, comentarista deportivo y librero. Alberto Aguirre se concibió como un escritor y dedicó toda su existencia a darle golpes contundentes y sutiles a su máquina de escribir.

A través de los periódicos El Mundo y El Colombiano, las revistas Cromos y Soho, los lectores se habituaron a los textos de un hombre osado que llamaba ineptos a los presidentes, que lloraba tras las teclas al enterarse de los asesinatos e injusticias del país, que defendía la libertad de prensa y criticaba al periodismo que servía al poder.

Aguirre obligaba y obliga al lector que se sienta con sus textos, a hacerlo con diccionario en mano gracias a su amplio conocimiento de nuestra lengua.  Sus columnas no son simples opiniones basadas en nimiedades, están llenas de citas que traen a colación a Nietzsche y a Kant, que pasan por Fernando González y Estanislao Zuleta, que referencian al pensador más ilustre pero también al hombre más despreciable.

El escritor Héctor Abad Faciolince lo definió como el Karl Kraus de Medellín. Sus textos, más que columnas, son ensayos en los que se evidencia toda una rigurosa y paciente labor investigativa.

Fuera de serie. Esa es, tal vez, la mejor denominación para hablar de Alberto Aguirre. Así lo calificó su amigo Carlos Gaviria. Entre sus columnas más recordadas se encuentra la que le dedicó a su amada ciudad, “Odio a Medellín, y la que escribió en la revista Cromos como homenaje al humorista Jaime Garzón, asesinado en Bogotá en agosto de 1999:

No matan solo a Jaime Garzón. Matan a la prensa. Matan a los periodistas. Todos nosotros, los del oficio, hoy hemos muerto (…) ¿Para qué escribir? ¿Para qué aventar y alinear palabras? No es miedo a la muerte; es asco de esta vida vil que nos pusieron a vivir en Colombia. Y lo que más duele es este sentimiento de inutilidad de la palabra. Y de su impotencia. Y de mi inutilidad y mi impotencia como simple ser humano. Y si la palabra no sirve ¿Para qué la vida?.

Luchador incansable de la libertad de prensa. En 2003 a los columnistas del periódico El Colombiano se les pidió que no opinaran sobre los candidatos a los puestos de elección popular del momento y de inmediato Alberto pasó su carta de renuncia a su directora Ana Mercedes Gómez.

Alberto Aguirre era un revolucionario pero no de esos de cafetería. Nació incendiario pero no murió siendo bombero. Sus columnas y las constantes denuncias que hacía a través de ellas, lo llevaron al exilio en 1987. A penas a fines de junio de 1990 pudo regresar al país.

Se necesitarían miles de palabras para hablar de todas las proezas del maestro Alberto Aguirre.  Como abogado, sacó de aprietos a los Nadaístas y su librería fue definida por el creador de este movimiento literario como un centro de la cultura. Allí se encontraban todos los libros que los diarios prohibían. Alberto fue el primero en traer a la ciudad El Capital, de Karl Marx. En el mundo del deporte cubrió el mundial de fútbol del 70 y a través de la fotografía -otra de sus pasiones- retrató lo “hermoso en medio del caos del mundo”, como lo declaró en una ocasión.

Alberto Aguirre falleció el 3 de septiembre de 2012, producto de un derrame cerebral que había sufrido dos días antes. Los médicos no le ofrecieron asistencia pues años atrás había firmado una orden para que no le prestaran ninguna ayuda médica que intentara reanimarlo.

Hoy, cuando se cumplen 89 años de su natalicio, quiero ofrecerle un pequeño homenaje a este gran intelectual colombiano. Y agradezco al azar, que hace las cosas muchas veces mejor que la propia lógica – como dijo Cortázar –, haberme cruzado con una recopilación de sus columnas llamada Cuadros en una estación del metro.

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