“Nos contamos historias a nosotros mismos para buscarle un sentido a la vida”.

Por Rafael Alonso Mayo

Novelista, periodista, ensayista y cineasta. Sin duda Norman Kingsley Mailer (1923 – 2007) es uno de los escritores estadounidenses más importantes del siglo XX. Dos premios Pulitzer conseguidos con los libros “Los ejércitos de la noche” (1969) y la “La canción del verdugo” (1979) llevaron a que la crítica lo considerara, junto a Tom Wolfe y Truman Capote, como uno de los fundadores del llamado “Nuevo Periodismo”. En una época donde ya se evidenciaba el desinterés en la literatura por parte de los jóvenes, Mailer se nombraba asimismo como “un importante practicante de una ocupación en agonía”. Publicó más de treinta títulos, entre ellos “Los desnudos y los muertos” (1948), inspirado en su experiencia como soldado durante la Segunda Guerra Mundial; la novela negra “Los tipos duros no bailan” (1984) y “el arte espectral” (2003), en el cual reflexiona sobre la profesión de escritor y el arte de escribir. Sobre el oficio que ejerció pacientemente durante más de 50 años, dijo: “escribir es algo espectral, no existe la rutina de una oficina para mantenerse en marcha, sólo la página en blanco cada mañana, y nunca sabes de dónde vienen tus palabras, esas divinas palabras”.

Estas son algunas de sus reflexiones sobre el oficio de escribir:

- Escribe como si tu vida dependiera de decir lo que sentiste con tanta claridad como puedas, mientras no pierdes nunca de vista el fenómeno que vas a describir. Si algo te suena mal, es malo.

- Los jóvenes que escriben bien son razonablemente sensibles; son hipersensibles. La experiencia es por lo común dolorosa y difícil para ellos. Además, decidir salir y encontrar un tema nuevo sobre el cual escribir siempre es falso hasta cierto punto. Yo sostendría que tu material se vuelve valioso sólo cuando es existencial, con lo cual me refiero a una experiencia que no controlas.

A veces, cuando estás escribiendo una novela, tienes que vivir con tanta responsabilidad como un buen monje. 

- Leer la obra de los buenos escritores es, por supuesto, un nutriente para desarrollar tu estilo cuando eres joven. Después de que has llegado, sin embargo, aparece un punto donde perversamente, o por necesidad, no deseas leer demasiado. Si estás tratando de hacer tu propia escritura, distrae.

- Convertirse en escritor profesional es tan difícil como convertirse en atleta profesional. A menudo depende de la capacidad de mantener la fe en uno mismo. Uno tiene que estar dispuesto a aceptar los riesgos y probar otra vez. Y eso necesita una cantidad enorme de práctica de trabajo en curso para ser bueno en el asunto.

- A veces, cuando estás escribiendo una novela, tienes que vivir con tanta responsabilidad como un buen monje. Eso se vuelve más fácil a medida que envejeces.

- Siempre hay temor en tratar de escribir un buen libro. Ése es el motivo por el que hay mucha más gente que puede escribir bien que la gente que lo hace. Y, desde luego, muchos no pueden soportar la humildad de la ocupación. No hay nada demasiado atractivo en ir solo a un cuarto cada día para mirar una hoja de papel (o un monitor) en blanco y hacer marcas caligráficas (…) El propio acto de escribir, tomado como acto físico, es menos interesante, por ejemplo, que pintar o, por ejemplo, esculpir, donde tu cuerpo se va ejercitando en la acción.

- Cuando estoy escribiendo rara vez estoy de buen humor. Una parte de mí prefiere trabajar con un nivel plano de emoción. Día tras día, rara vez veo a alguien. Dedicaré ocho o diez horas, de las cuales sólo tres o cuatro consistirán en palabras asentadas en la página.

- He descubierto que no puedo desarrollar una escritura seria sin entrar en una leve depresión. (¡Advertencia!: no estoy hablando de una depresión clínica). Un malhumor continuo puede ser, sin embargo, una parte vital del proceso, porque para empezar, es peligroso enamorarse de lo que estás haciendo. Pierdes tu capacidad de juicio. Y por la razón más simple: las palabras, mientras las estás escribiendo, agitan demasiado tus sentimientos.

- Nos contamos historias a nosotros mismos para buscarle un sentido a la vida. La narrativa es tranquilizadora. Hay días en que la vida es tan absurda que resulta agobiante: nada tiene sentido, pero las historias aportan orden a lo absurdo.

- Si le pudiera dar una máxima a un escritor joven, le diría que viva con su cobardía. Vive con ella cada día. Aborrécela o defiéndela, pero no trates de liberarte de ella. La cobardía es una causa primordial; la apatía literaria o el bloqueo del escritor declarado es con mucha frecuencia el efecto.

 

 

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