Una historia de amor en un contexto de guerra es el tema central de la novela del escritor y periodista antioqueño Andrés Vergara Aguirre, publicada por la Editorial Universidad de Antioquia.

Por Andrés Vergara Aguirre

Cuando llegaron al lugar indicado por el rastreador, pudo verlos camuflados entre los arbustos. Aunque permanecían callados, se veían tranquilos, confiados en que los centinelas darían la señal de alerta en el momento preciso. No tienen ni idea de que nos les metimos por donde menos se lo esperaban, pensó. Estaban reponiendo fuerzas, para continuar su marcha en la noche, cuando se movían con más libertad por aquellos corredores que conocían tan bien que podían andar por allí a oscuras como si fuera el mediodía.

Sus hombres estaban listos para disparar: los tenían a su alcance, expuestos. Pero la orden había sido clara, contundente: debían seguirlos para no perderles el rastro, pero no podían atacarlos hasta que llegaran los refuerzos. Y siguieron esperando, y los refuerzos no llegaban. Y la orden, advirtió el comandante, la dio mi general. Hay que esperar, Rodríguez.

¿Y las tropas que habían llegado en los helicópteros? No llegaba señal de ellos. La última vez que habían establecido comunicación, no dieron explicación por la tardanza. Apenas dijeron que la orden era esperar. ¿Esperar qué? Esperar, esperar, respondió aquella voz áspera, y eso era todo.

Mucho rato después, uno de los rastreadores llegó afanado y explicó que atrás venían los pardos. ¿Era una trampa? Sí, era una trampa, se respondió, y tuvo rabia por no haber sospechado de aquella fingida calma. Eran muchos, muchísimos, explicó el otro, y entonces entendió: la trampa no era contra ellos, sino contra todos los refuerzos que estaban esperando: también se habían cansado de esperar. Los otros venían peinando el monte; así, pues, no quedaba camino para devolverse. Solo tenían una opción, pensó, y dio la orden de disparar. Fueron presa fácil, excepto por dos o tres que alcanzaron a desperdigarse monte abajo. Ante los primeros disparos se miraron entre ellos, sin comprender, y cuando empezaron a entender ya era demasiado tarde. A los que alcanzaron a salir, los vieron echarse a rodar, sin morrales y sin armas, y ellos avanzaron detrás. Creerán que los estamos persiguiendo, pensó Rodríguez. No tienen idea de que somos nosotros los que ya estamos escapando. Mejor para nosotros porque así podremos llegar más lejos.

Siguieron avanzando, pero sabía que era muy difícil encontrar una salida. Solo trataba de ganar tiempo. ¿Tiempo para qué? ¿Para vivir un rato más? Tal vez era eso y nada más, pensó, porque al avanzar por aquel corredor se estaban adentrando en el territorio del enemigo, y es muy difícil huir cuando se avanza hacia la boca del lobo. Llevaban una hora huyendo y ya eran las tres de la tarde cuando llegaron al borde de un precipicio. Aunque no podían verla desde el lugar en el que estaban, sí podían escuchar la caída de una cascada y, aunque tampoco alcanzaban a verlo, el sonido les dijo que el abismo era inmenso. ¿Qué hacer? Rodearlo sería muy arriesgado, y además el sonido de la cascada dificultaba más detectar la presencia de los pardos. Al fin decidió dar la orden de devolverse hasta la quebrada que habían cruzado hacía quince minutos, y luego subir siguiendo el hilo de agua. Si lograban confundir al enemigo tendrían otra oportunidad de esperar. ¿Y los refuerzos?

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