“Si estás tirada en una hamaca haciendo pereza y de pronto ves algo que te llama la atención y te dan ganas de levantarte de la hamaca y sentarte a escribir, confía en ese tema”, sostiene el cronista Alberto Salcedo Ramos.

Por María Gómez

Alberto Salcedo Ramos es, podría decirse, uno de los mejores cronistas de Colombia. Hace parte del grupo Nuevos Cronistas de Indias y sus trabajos han aparecido en reconocidas revistas nacionales e internacionales. Ha ganado varios premios de periodismo, entre ellos el Rey de España, el Simón Bolívar y el Ortega y Gasset. Es maestro de periodismo narrativo y ha escrito largos reportajes sobre personajes tan colombianos como Diomedes Díaz y Kid Pambelé, entre muchos otros. Pero Alberto es, sobre todo, un barranquillero calidoso, divertido e inteligente.

En el conversatorio “La vida está en todas partes”, realizado durante la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, Alberto Salcedo, el escritor Esteban Carlos Mejía y el novelista chileno Carlos Franz, conversan  frente a un público curioso tratando de encontrar respuestas a la pregunta “¿dónde buscar la vida que aparece en las novelas y en las crónicas?” La respuesta, curiosamente, gira en relación a lo que representa la muerte para nuestra cultura, al valor de la intuición, a las claves en la construcción de los personajes y a la búsqueda de historias.

Alberto lleva puesta una camisa morada a cuadros y al finalizar la charla empieza a  firmar autógrafos a todos los que se acercan con su nuevo libro, “Botellas de Náufrago”. Varias personas le piden tomarse una foto con él, hasta que el auditorio va quedando vacío. Entonces Alberto empieza a imitar el acento paisa de Medellín:

“Eave María pues, Carlitos mijo”, “¿vos sos de Medellín, hombre?”, “¿oíste pues, qué más hombre?”, “hágale pues, hermano”. “Valentina, ¿vos no tenías uno de estos verde mi amor?”, le dice a una mujer joven que quiere hacer firmar una edición de portada roja de “La eterna parranda”, uno de sus libros de crónicas.

Abraza afectuosamente a los que aún permanecemos en el lugar, se despide burlándose del acento paisa e imitando a sus amigos. Quiere ir a tomar “tinto” con ellos, a conversar sobre libros y a repartir los regalos que les trajo. No recuerda que nos prometió una entrevista y que en unos minutos debe salir para el Aeropuerto.

Así es como termino compartiendo en una mesa de madera en las afueras del Parque Explora con el maestro Salcedo Ramos y con Valentina Abad y Nataly Buriticá, dos jóvenes estudiantes de periodismo de Eafit. Tenemos apenas un cuarto de hora para hablar con el cronista, pero este está disperso entre molestar a sus amigos, ofrecer su casa para una fiesta y caracterizar el estereotipo medellinense.

Oíste, ¿vos por qué tratas de hablar paisa, home?

¡Ajá! esta es la más graciosa, esta es la que se debe ir para el Aeropuerto conmigo.

Ajá, pero explícame, ¡no joda!

No, no. Pa poder hablar costeño tienes que decir “ajá-¿y-tú-qué?” “Echeee, no joda”. Así, así. “No hombe, echeeeeeee…”

Una mujer llega a pedirle una foto y él pregunta que si puede abrazarla como si fuera la novia. Después pone problema porque la foto quedó muy de cerquita y salió con cara de “mongólico”, y esa no se puede publicar en las redes sociales. La repiten desde otro ángulo y regresa su atención a nosotras. 

A ver, pues…

¿Cómo encontrar una buena historia para escribir?

Interactuando con la realidad. Si uno va a contar una historia debe quedarse en el lugar mucho tiempo, debe interactuar con los personajes, verlos en sus espacios, ver cómo se comportan en las relaciones personales, oír el testimonio de personas que los conozcan a ellos y procurar saber de esos personajes tanto como podrían saber ellos de sí mismos. Yo creo que la búsqueda de las historias comienza por la curiosidad. Si voy pasando por una calle y veo algo que me llama la atención, es válido que confiando en mi instinto me diga “si esto me interesó a mí, seguramente le va a interesar a los demás”. Muchas veces yo salgo a la calle a hacer cualquier cosa menos a buscar una historia, pero me la encuentro porque veo algo que me llama la atención y me quedo ahí más tiempo, simplemente para tratar de saciar mi curiosidad.

A uno le toca volver muchas veces, invertir tiempo, ver a los personajes; a veces incluso estar con ellos sin hacerles preguntas. A mí me ha resultado eso. Yo a veces he jugado billar con los personajes, los he invitado a almorzar

¿Cómo saber que el personaje que has elegido para tu historia es el correcto?

No es tanto saber sino sentir. A esta altura hay muchas historias que ya se han contado pero yo no le tengo miedo a eso, yo quiero contar una historia que despierte mi interés. Hay una frase de Norman Mailer que me encanta: “Nunca desconfíes de un tema que te hace trabajar”; si estás tirada en una hamaca haciendo pereza y de pronto ves algo que te llama la atención y te dan ganas de levantarte de la hamaca y sentarte a escribir, confía en ese tema. Te sacó de la pereza y te llevó a un sitio donde no estabas, al computador. Hay que confiar en el instinto.

¿Cuándo hay que desistir de una historia?

No sé. Es que, sinceramente te digo, eso no me pasa. Yo simplemente veo algo que me produce curiosidad y lo busco y ya.

¿Qué te ocurre cuando las palabras no llegan, cuando te bloqueas?

Bueno, eso sí me pasa escribiendo. Que no me sale, no sé qué me pasa, no me gusta lo que está saliendo, me angustio, me levanto del computador; eso sí me pasa siempre. Pero lo único que me salva de eso es desbloquearme; ahí no hay un secreto. Yo tengo varias fórmulas: una es dejar eso ahí, quieto, tomar distancia. Salir, dar una vuelta, caminar por un parque, almorzar, verme con un amigo especial, darle un abrazo a mis hijos, ver una película, oír música. Generalmente cuando tomo distancia y vuelvo al texto veo que es lo que no funciona y lo enderezo, ¿no? Uno cuando escribe está demasiado metido en la pantalla y la distancia que hay entre la pantalla y uno es muy estrecha, se pierde la visión panorámica; entonces no estoy viendo más allá. Esa cercanía puede embrutecerlo a uno en un momento determinado, entonces a mí me gusta levantarme, ver el mundo, las nubes, el sol; ver un gato peleando con otro en un techo, ver el vuelo de un alcatraz si estoy en el Caribe, ver la vida ¿me entiendes? O sea, salir del encierro porque a veces eso es lo que produce el bloqueo.

A esta altura hay muchas historias que ya se han contado pero yo no le tengo miedo a eso

¿Cómo evitar caer en terrenos aburridos?

¿Qué es el aburrimiento? A ver: Alfred Hitchcock dice que el cine es como la vida pero sin los momentos aburridos, entonces vas a ver que te cuentan la historia de Mahatma Gandhi, quien murió a los 60 años, pero en la película ves la vida de él en dos horas nada más ¿qué ha pasado con el otro montón de tiempo? ¡te lo recortan!. Si tú quieres contar las historias con sus tiempos muertos, si tú quieres contar todo lo que ves, te vuelves aburrido. Contar historias no es solo seleccionar lo que voy a incluir sino tener muy claro lo que voy a descartar.

¿Cuándo sientes que tienes el material suficiente y que es momento de empezar a escribir?

Cuando ya siento que tengo claro qué voy a contar y cómo lo voy a contar.

¿Cómo pegarse de los detalles sin volverse tedioso?

Acuérdate lo que decía Flaubert: “en los detalles está la verdad”. El detalle tiene un poder que consiste en sintetizar una historia, es un elemento de fácil recordación. A mucha gente se le olvida la trama o varios elementos de la historia, pero un detalle perturbador nunca se le va a olvidar.

¿Te gustaría contar historias de ficción?

No creo que sea posible contar desde la ficción porque ya estoy metido en esto, la he pasado bien aquí y encuentro historias sorprendentes, reveladoras; historias que me permiten explorar la condición humana, ser testigo de mi época, ocuparme de los grandes problemas sociales que me afectan a mí y que afectan mi entorno, y mientras eso sea así yo siento que estoy en un punto en el que quiero estar, que es haciendo periodismo narrativo.

¿Qué te parece la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín?

Me parece una feria cada vez mejor porque se está consolidando, trae autores notables y algunos menos conocidos, y arma con todos ellos una polifonía muy interesante. Los pone a dialogar sobre aspectos de las letras pero también de la vida. Yo creo que abarca un gran rango de temas y al mismo tiempo está haciendo un gran esfuerzo por vincular los espacios donde transcurre la feria literaria con los espacios donde transcurre la vida de la ciudad donde se realiza, que es Medellín.

Contar historias no es solo seleccionar lo que voy a incluir sino tener muy claro lo que voy a descartar

Hace poco dijiste en una entrevista que te gustaría tener el poder de ser invisible…

Bueno, pero vamos terminando que me tengo que ir.

Sí, falta poquito

Bueno, ¿qué me decías?

¿Cómo lograr ser invisible cuando uno está reporteando?

Yo creo que hay que lograr hacerse parte del paisaje. Eso se logra teniendo paciencia, no queriendo obtener la información en la primera cita, en los primeros cinco minutos. Ustedes las mujeres no lo quieren dar a los cinco minutos ¿cierto?, bueno los personajes tampoco quieren dar su alma a los cinco minutos. A uno le toca volver muchas veces, invertir tiempo, ver a los personajes; a veces incluso estar con ellos sin hacerles preguntas. A mí me ha resultado eso. Yo a veces he jugado billar con los personajes, los he invitado a almorzar. Me funciona mucho lo de invitar a almorzar. Yo he dicho varias veces que no sé si soy un glotón que conversa o un conversador que come mucho.

¿Cómo hiciste para no rendirte al principio de la carrera cuando rechazaban tus textos?

No me rindo porque si lo hago pierdo el año. Si uno se rinde, quiere decir que no está peleando por sus sueños ¿no?... Yo no puedo controlar que me tires la puerta en la cara, pero yo sí puedo controlar seguir haciendo lo que me gusta para ver si logro que algún día ya no me tires la puerta en la cara.

La entrevista termina y Alberto se despide de nosotras y se vuelve a activar en él el humor, reaparece el excéntrico personaje paisa y las mujeres volvemos a ser “miamor”.

“Qué hubo pues, Carlitos, estás listo home?”, dice exagerando las “s” y alargando el final de la palabra. Después de una brevísima entrevista y de infinitos saludos, regresa al hotel por sus maletas con una sobrina que lo acompaña y con su amigo Carlos Mario Correa Soto, a quien –en un acento ridículamente paisa- le promete un libro suyo.