Argiro Tobón Olarte fue acusado de asesinar al director de El Espectador Guillermo Cano Isaza. Durante 13 meses estuvo recluido en una cárcel y gracias a su esposa logró demostrar que era inocente. Veinte años después aún espera una indemnización y que el Estado colombiano le pida perdón.

 

Por Rafael Alonso Mayo

Argiro Tobón Olarte era un ciudadano común y corriente, un hombre dicharachero y gozador de la vida que disfrutaba del tiempo libre con su familia y amigos. Era dueño de una pequeña empresa de construcción y mantenimiento de piscinas y de un estadero. Hasta que su nombre apareció en la prensa vinculado al asesinato del director de El Espectador Guillermo Cano Isaza, ocurrido en Bogotá el 17 de diciembre de 1986.

Cuando supo que estaba involucrado con la muerte del periodista, Argiro trató de aclarar con los medios de comunicación y con las autoridades que él no era la persona que el DAS buscaba, que había un error, que tal vez se trataba de un homónimo, pero el daño ya estaba hecho. Su vida se volvió un infierno y Argiro se convirtió en prófugo de la justicia hasta que fue detenido, seis años después.

Pasó 13 meses en la cárcel y gracias a su esposa logró demostrar que no era ni narcotraficante ni asesino. Veinte años han pasado desde que salió de prisión y aún espera una indemnización, pero sobre todo que el Estado le pida perdón. 

¿Qué hacía antes de que ocurriera todo esto?

Mi vida era una vida normal, tenía una empresa de construcción y mantenimiento de piscinas y también era propietario de un estadero y una gallera llamada El Brujo. Tenía alrededor de 25 trabajadores.

¿Dónde estaba el día en que mataron a Guillermo Cano?

Me encontraba en el corregimiento Sevilla, de Ebéjico, en una finca llamada La Traviata. Ese día hicimos el vaciado de la planta inferior de una piscina y después de terminar invité a todos los trabajadores al pueblo a tomarnos unos tragos, descansar y compartir un poco.

¿Por qué terminó usted involucrado en este asesinato?

Pablo Escobar era un hombre muy adinerado, en el libro Mercaderes de la muerte de Álvaro Torres, periodista de El Tiempo, se narra toda la historia del Negro Pabón (Jorge Elí Pabón), quien aparece vinculado en el homicidio de Carlos Mauro Hoyos, el secuestro de Andrés Pastrana, el homicidio de Guillermo Cano, la muerte de Abraham Vaquero Borda y en el intento de homicidio de Alberto Villamizar. Cuando fue asesinado Guillermo Cano al parecer las autoridades ya lo tenían muy identificado, entonces Pablo Escobar decidió salir de él, pero como eran tan amigos le pagó al DAS para que lo sacaran para Panamá. Me imagino que para poder hacerlo tenían que tener a alguien a quien acusar y ese alguien desgraciadamente fui yo.

Esa noche se nos acercó un agente de policía de apellido Londoño y me dijo que había llegado una orden de captura en mi contra, le pregunté por qué, me dijo que no sabía nada, que iba a averiguar. Fue al comando de Policía y alrededor de las 9:30 de la noche volvió y me dijo: “Te están buscando porque estás involucrado con Los Extraditables…”

¿En qué momento se dio cuenta que lo estaban relacionando con el crimen de Guillermo Cano?

A mediados del 1988, cuando un amigo me dijo que yo había salido en las noticias como uno de los participantes del asesinato de Guillermo Cano. Yo le dije que eso no podía ser cierto. Al otro día me mostró el recorte de El Colombiano donde aparecían mis nombres y mis apellidos completos. Yo supuse que era un homónimo pero envié una comunicación a El Colombiano, a El Espectador y a la doctora Consuelo Sánchez Durán, quien estaba encargada del proceso. El Colombiano hizo la rectificación diciendo que era un homónimo, pero la juez nunca respondió. Desde ahí comenzó el calvario.

¿Cómo se enteró de que lo estaban buscando?

En mis días libres yo tenía por costumbre irme para Barbosa a tomarme unos tragos con unos amigos de la Registraduría. El registrador y yo nos reuníamos todas las noches después de las 6 de la tarde, jugábamos cartas y nos tomábamos unos tragos. Esa noche estábamos allá, se nos acercó un agente de policía de apellido Londoño y me dijo que había llegado una orden de captura en mi contra, le pregunté por qué, me dijo que no sabía nada, que iba a averiguar. Fue al comando de Policía y alrededor de las 9:30 de la noche volvió y me dijo: “Te están buscando porque estás involucrado con Los Extraditables…”

¿Qué hizo usted?

Empecé a reunir todos los documentos necesarios y a los ocho días arreglé una maleta, me fui para Bogotá y me presenté directamente a la oficina del doctor Henry Bustos Alba, quien era el procurador delegado para el asesinato de Guillermo Cano. Él me recibió en su oficina, me hizo sentar. Entonces le dije: “Yo soy Jorge Argiro Tobón Olarte”, él se quedó parado, se sorprendió. Yo le dije que me escuchara y me puse a llorar. Le mostré todos los documentos, certificaciones, él se quedó mirándome y me dijo: “Espéreme aquí”. Yo pensaba que llegaría con la Policía pero regresó alrededor de las cinco de la tarde, se sentó, me miró largamente y me dijo: “Don Argiro, es su palabra contra la mía, yo a usted no lo he visto, no lo conozco, no sé quién es, usted  a esta oficina no ha venido nunca. Mi obligación es llamar a la Policía para que lo detenga, pero no lo voy a hacer porque estoy totalmente seguro de su inocencia. Así pues que váyase”. Le dije: “Doctor, ¿y yo qué hago?”. “Haga una vida tranquila, no se meta en problemas, cuando lo cojan ya veremos qué hacemos”.

¿Cuándo y cómo fue el momento en que lo capturaron?

A mí me capturaron en 1994. Un día en que salía a trabajar, a las cuatro de la mañana, vi que pasaban varios agentes del DAS a un lado de mi taxi y rodearon la casa. Yo me asusté y pude haberme quedado escondido en el carro pero no lo hice. Fui hasta donde ellos porque en la casa estaban mis hijos menores de edad y mi señora, les pregunté qué hacían ahí, me dijeron que me retirara, que ahí iba a haber una plomacera, yo les respondí: “¡Cuál plomacera!, ahí vivo yo, ahí vive gente honesta, ¡es a mí al que están buscando!”.

¿Qué pasó después?

Me esposaron, me entraron para la casa, volvieron nada la casa, se robaron una platica que teníamos de la liquidación de los taxis y unas joyas de mi señora. Fui conducido al DAS. El director ya sabía de mi caso y de la equivocación que se estaba dando, entonces pensé que no me iba a presentar como un delincuente pero a ellos les interesaba era dar un golpe de opinión, entonces me presentaron como el asesino de Guillermo Cano.

¿Cómo fueron sus días en la cárcel?

La cárcel en Colombia es lo peor que puede existir. En esa época en Bellavista formaron unos comités y cada patio tenía un jefe y cada pasillo un subjefe que organizaban y cobraban por todo. Había que pagar por salir al patio, por entrar a la pieza, por entrar la visita, por entrar la comida, por entrar cualquier cosa, por el aseo, por el agua. Ese comité se encargaba de vender la droga y el licor y no había más autoridad que ellos después de pasar las rejas. Allí me tocó comprar un pequeño cuartucho de 1,50  por  2 metros, encerrado con cartón y palos, donde al menos podía tener una medio privacidad pero era muy duro, muy duro.  

Argiro estuvo recluido en la cárcel Bellavista de Medellín durante siete meses y luego de haber iniciado una huelga de hambre para que su caso avanzara, fue trasladado a la cárcel Nacional Modelo de Bogotá.

¿Cómo fue que su esposa logró conseguir una certificación, en su favor, de los sicarios de Pablo Escobar?

La periodista Piedad Uribe había publicado en Teleantioquia algo sobre mi situación, habían entrevistado a mi familia, visitado la familia del Negro Pabón y ya teníamos todas las pruebas. Esas noticias fueron escuchadas en la cárcel Nacional Modelo por Francisco Galán y un señor llamado Humberto Callejas Rúa, quienes le preguntaron a Popeye qué sabía de eso. Popeye les contó toda la historia del Negro Pabón y mandaron a buscar a mi señora por medio de Piedad Uribe y de Teleantioquia, ella fue allá y le dieron las declaraciones que había hecho Popeye.

Su esposa fue un gran apoyo en todo esto

Fue un apoyo fundamental, ella luchó mucho, se entregó con cuerpo y alma a este proceso y logró conseguir mucha documentación. De no haber sido así el crimen hubiera quedado en la más absoluta impunidad, aunque el crimen hubiese quedado en la más absoluta impunidad porque todos los que condenaron eran inocentes. Ahí no había ningún culpable.

Luz Amparo Villa, su esposa, estaba convencida de la inocencia de Argiro, por eso luchó junto con sus cuatro hijos para que saliera pronto de la cárcel. Para ella y su familia era muy doloroso verlo detenido. Sobre lo que esta experiencia significó para sus hijos, dice: “Para ellos fue un tiempo muy difícil porque como a él lo mostraron en la pantalla de televisión como la gran hazaña del DAS, que había capturado al asesino de Guillermo Cano luego de estar durante ocho años prófugo de la justicia. En el colegio los compañeros le decían: “Tu papá es un sicario, tu papá mató a ese señor Cano”.

¿Después de salir de la cárcel, le tocó empezar de nuevo?

Total, recién salido traté de volver a empezar mis negocios y no pude porque ya la situación económica había cambiado, había perdido muchos clientes, yo tenía unos clientes muy especiales como la organización Ardila Lule, Metroparques en Medellín, Comfama, quienes prácticamente sustentaban todo lo que yo ganaba, pero nunca más puede volver a acceder a ellos, entonces tuve que continuar manejando taxi, que es lo que hago en este momento.

Argiro tiene mirada profunda y voz ronca, suelta frases precisas y menciona con propiedad un sinnúmero de normas y decretos relacionados con su caso como si fuera  un abogado penalista. Ahora trabaja como taxista nocturno en las calles de Medellín.

Sobre lo que esta experiencia significó para sus hijos, su esposa Luz Amparo Villa dice: “Para ellos fue un tiempo muy difícil porque como a él lo mostraron en la pantalla de televisión como la gran hazaña del DAS, que había capturado al asesino de Guillermo Cano luego de estar durante ocho años prófugo de la justicia. En el colegio los compañeros le decían: “Tu papá es un sicario, tu papá mató a ese señor Cano”.

La vida de uno se hizo demasiado pública y la gente en la calle lo reconoce a uno; gente que uno nunca ha visto e inmediatamente lo identifica y le pregunta por el caso y para mí hablar de esto no es agradable. 20 años después me causa el mismo dolor, 20 años después aún siente uno la misma rabia.

¿Qué pasó con su vida después?

Prácticamente empezar de nuevo y comenzar a lidiar con abogados. El que no conseguí para el proceso mío porque no tenía con qué pagarlo, lo debí conseguir para los problemas que teníamos con las casas porque ya llevábamos casi dos años de incumplimiento con las deudas. Tuvimos que vender una para salvar parte del patrimonio.

¿Cree que aún sigue pagando las consecuencias de este desafortunado hecho?

Claro, porque como dice el Código Penal colombiano y como lo dijo el presidente cuando salí en libertad, yo tengo derecho a una indemnización pero esa se da no cuando uno la necesite sino cuando el Estado quiera. Hace 20 años que salí de la cárcel, la demanda mía lleva casi 15 años en manos de un magistrado de la Corte Suprema  de Justicia y hasta ahora no ha fallado.

¿Qué es lo más doloroso de toda esta experiencia?

Haber perdido siete años de mi vida. Los cuatro  y medio o cinco que estuve con la sindicación y los casi dos que viví en la cárcel. El no haber podido lograr una jubilación porque no alcancé a cotizar las semanas necesarias. El haberme perdido casi todo ese tiempo del disfrute de mis amigos y de mis hijos y el haberlos tenido a ellos dos años visitando cada ocho días una cárcel. Eso es lo más doloroso.

¿Usted cree que la justicia en Colombia funciona?

La justicia no funciona. Aquí funciona para el que tenga plata. Si a alguien le da por ir a mirar los procesos que llevan los magistrados, se dará cuenta que procesos que instauraron  hace cinco  años ya los fallaron, porque es una rosca donde todo el mundo aporta intrigas, platas y amistad. La justicia no funciona cuando todo se da por dinero y por estatus social.

¿20 años después cree que se ha hecho justicia con su caso?

No, y no se hará nunca.

¿Sigue teniendo pesadillas con esta experiencia?

No solo pesadillas, sino que desgraciadamente la vida de uno se hizo demasiado pública y la gente en la calle lo reconoce a uno; gente que uno nunca ha visto e inmediatamente lo identifica y le pregunta por el caso y para mí hablar de esto no es agradable. 20 años después me causa el mismo dolor, 20 años después aún siente uno la misma rabia.

¿Qué le pregunta la gente en la calle?

Me pregunta que si yo soy esa persona, que si ya me indemnizaron, todo el mundo muy solidario conmigo. Pero hay personas, paisanos míos, que aún ponen en duda mi honorabilidad, porque así como hay quien crea, hay quien no crea.

¿Por qué cree usted que se ganó esta especie de lotería del mal?

No puedo explicármelo todavía, eso habría que ir a preguntárselo a Maza Márquez, quien era el jefe de los falsos positivos en esa época y que ahora está en la cárcel.

¿Qué espera de la justicia colombiana?

El Estado tiene que darme a mí no tanto la indemnización sino una especie de certificación pública. El Estado me tiene que pedir perdón, está en la obligación de pedirme perdón. Yo sigo esperando eso. 

 

Capítulo completo del programa Infrarrojo, del canal Teleantioquia.