Entre 1997 y 2010 fueron desplazadas del Oriente antioqueño más de 175 mil personas, y poblados como el de Santa Ana, en el municipio de Granada, pasaron de tener ocho mil personas, a ser habitado por un sacerdote, su sacristán y tres ancianas. ¿Qué sucede cuando un desplazado retorna a su lugar de origen?

Por Rafael Alonso Mayo/ Fotos Julio César Herrera

El Oriente antioqueño es tal vez una de las regiones colombianas que más ha padecido el impacto de la guerra entre guerrilleros y paramilitares. Los primeros arrasaron con pueblos como Granada, San Francisco y San Carlos, sin que el  Gobierno pudiera hacer mucho para evitarlo, y los segundos llegaron para disputar a sangre y fuego los territorios de sus enemigos, dejando a su paso decenas de masacres y generando el desplazamiento de miles de familias.

Entre 1997 y 2010 se desplazaron de esa región más de 175 mil personas, y poblados con el de Santa Ana, en el municipio de Granada, pasaron de tener una población de ocho mil personas, a ser habitado por un sacerdote, su sacristán y tres ancianas. La guerra se había ensañado con una región tradicionalmente pacífica y trabajadora y parecía no existir solución para detener esta tragedia.

Todo eso sucedió a finales de los años 90 y principios de la década del 2000. En 2003 se desmovilizaron los primeros grupos de autodefensa y la guerrilla había disminuido su capacidad bélica. La violencia paró y cientos de familias, sin muchas opciones en la ciudad, decidieron retornar a sus pueblos, a sus tierras para comenzar de cero, para tratar de rehacer su vida.

Daniel Rivera Marín. Foto Emanuel Zerbos.

Daniel Rivera Marín, un joven periodista que ha recorrido buena parte de la región y el país y ha escrito numerosos reportajes sobre la barbarie cometida en los campos por uno y otro grupo armado, supo de estas historias cuando un día cualquiera recibió un boletín de prensa en el que se anunciaba una alerta roja en un pueblo del Oriente antioqueño. Allí alertaban a la prensa sobre la inminente llegada de cinco mil personas desplazadas. Cubrió el caso para el diario El Colombiano y luego se dio cuenta que la misma historia se repetía en otros municipios del Oriente. Así surgió el libro ¿Volver para qué? Crónica sobre el desarraigo, que acaba de publicar el Fondo Editorial de la Universidad Eafit con el apoyo de la Alcaldía de Medellín. 

Valía la pena hablar con el autor para conocer un poco más sobre el libro y sobre su experiencia con estas historias de desarraigo en esta zona del país.

Pareciera que el tema del desarraigo en Colombia se ha vuelto natural, ¿qué piensas de eso y cómo desarrollas este tema en el libro?

Yo quería mostrar en el libro que el desarraigo no es solo una cosa del desplazado o de las víctimas de la violencia, sino que le puede pasar a cualquiera, por ejemplo, a una persona que viajó mucho en su niñez y que no tiene un lugar al cual pertenecer. Ahora, en el contexto de la violencia se ve mucho más claro y más en el Oriente antioqueño, una de las regiones del país con mayor número de desplazados, fenómeno que no solo empezó por la violencia de finales de los años 90, sino desde que comenzaron las hidroeléctricas cuando mucha gente tuvo que abandonar sus negocios, sus fincas, sus casas porque las iban a inundar.

El Oriente antioqueño es una región de grandes contrastes: muchas riquezas naturales, pero también abundantes conflictos. ¿Qué tanto ha afectado la guerra, el enfrentamiento entre guerrilla, paramilitares y ejército a esta región?

El Oriente tiene varias subregiones, el oriente cercano y el lejano. En el cercano encuentras municipios como Rionegro y La Ceja, en el lejano municipios como San Luis, Sonsón y San Francisco. Por estar más distante de Medellín en el Oriente lejano la guerrilla tuvo mucha participación política –los frentes noveno y 47 de las Farc y el Frente Carlos Alirio Buitrago del ELN–. En los años 80, cuando llegaron las empresas a hacer sus proyectos hidroeléctricos, la guerrilla entró de una manera política, pero todos sabemos que después del florecimiento del narcotráfico, a fines 80 y principios de los 90, la guerrilla tomó un viro más bélico y eso empezó a afectar a la población. Entró como juez y muchos de esos pueblos no tenían policía, o si tenían eran 20 policías que debían enfrentar 300 guerrilleros. Después llegaron los paramilitares que vinieron del Magdalena Medio, donde se crearon los primeros grupos de autodefensa comandados por Ramón Isaza y Henry Pérez, ganaderos intimidados por el cobro de vacunas, secuestros, robos de cabezas de ganado… Estos grupos empezaron a entrar a esos pueblos y a barrer con todo lo que les parecía a guerrilla. Cayeron muchos inocentes y mucha gente se fue. Hubo casos como el de Santa Ana, un corregimiento de Granada donde antes vivían más de ocho mil personas y solo quedaron cinco: el párroco, el sacristán y tres viejitas.

El libro se presentará el miércoles 17 de septiembre

en la Fiesta del Libro

y la Cultura de Medellín.

El Oriente antioqueño es una zona de paisajes magníficos, lagos, ríos, cascadas. Con la violencia el turismo se perdió totalmente, inclusive hubo alcaldes que tuvieron que venirse para Medellín y Envigado a gobernar desde aquí, y la gente quedó echada a la suerte de Dios. Lo que vivieron ellos fue una cosa muy fuerte, un abandono absoluto. Después, con la política de seguridad democrática del expresidente Álvaro Uribe, entró la fuerza pública pero de una manera un poco aliada con los paramilitares; sin embargo después de 2005 cuando barrieron con la guerrilla y los paramilitares se desmovilizaron, la gente empezó a volver, pero volver no es tan fácil, ¿en qué condiciones vuelve alguien que perdió a su hijo, a su esposo, que vio mutilar a alguien, que vio cómo decapitaban a una persona?

¿Qué motiva a una persona a volver a un lugar donde lo han ultrajado, lo han violentado y han abusado de sus derechos?  ¿Cuál es la realidad con la que se encuentra?

La mayoría de estas personas son muy pobres, son personas que solo conocen el campo pero se van para Medellín o Bogotá para lograr sobrevivir; no consiguen un trabajo, les toca pedir, salir a la plaza de mercado a vender plátanos, papas, y ellos siempre dicen, yo aquí pidiendo plata y tengo, qué sé, veinte o veinticinco cuadras de tierra donde puedo sembrar papa y frijol. Lo hacen porque es la única posibilidad que tienen de sobrevivir y por su dignidad. Ellos sienten que en la ciudad están perdiendo la dignidad. Vuelven pero cuando lo hacen se encuentran con las fincas llenas de maleza, las casas caídas y con la realidad atroz de que vuelven incompletos: una familia de cinco hijos vuelve con tres, sin reses de ganado, o regresa la esposa sola porque mataron a su esposo. Es una realidad muy dura empezar de cero.

A eso se suma que el Oriente antioqueño es una de las zonas con más minas antipersona

Sí, el Oriente antioqueño fue una de las regiones del país con más minas antipersona; ahora hay mucho desminado pero ha habido muchos accidentes. El Gobierno lo que hizo fue ordenar batallones de desminado y empezar a buscar y a desactivar minas, pero eso es súper complicado, ¿quién va a saber dónde hay una mina? Y puede pasar que haya accidentes por minas que no encontraron. Es más, como los campesinos sabían de las minas, muchas veces cuando regresaban compraban dos o tres vacas, las mandaban adelante y ellos, para evitar riesgos, iban caminando por donde pisaban las vacas.

¿Cuáles son los valores más sobresalientes de las historias que encontraste?

No podría decirlo, como yo llego a hacer esta historia varios años después de que la gente ha vuelto, ya hay una resignación en el dolor, ya hay una templanza, es eso de mantenerse incólume, entero ante cualquier adversidad. El dolor sigue pero es como cuando a vos se te muere la mamá, el papá o un hermano, vos sigues recordando, el dolor está ahí, es un dolor con el que convives.

Me llamó la atención en el libro la historia del sacerdote del municipio de Granada que predijo la destrucción de este municipio. ¿Nos puedes contextualizar un poco sobre lo que pasó en Granada, y lo que predijo este hombre al que muchos trataron de loco?

El padre Adán era una persona muy polémica en Granada, aunque estaba entregado totalmente a su comunidad. Sabemos que el Oriente antioqueño es una región muy católica, muy conservadora y él era un personaje hecho a la medida.  Era del municipio de Sonsón y llegó a Granada a ser párroco, y en sus sermones empezó a decir que no quería ver lo que llegaría con el nuevo milenio. Varias personas me contaron que les decía: “Mijita, usted no sabe lo que va a pasar acá, yo no quiero ver el año nuevo, no quiero llegar al primero de enero del año 2000 porque esto se va a acabar”. Nadie sabe cómo había tenido esa iluminación, sabemos que los científicos pregonaban el Y2K que hablaba de un colapso con los computadores, pero él no tenía ni idea de eso. Y resultó que su petición se cumplió porque murió el 31 de diciembre de 1999. En el año 2000 pasaron dos cosas terribles en Granada: una, entraron los paramilitares por primera vez y mataron a 17 personas; después las Farc, en represalia por la masacre paramilitar, pusieron una camioneta bomba que borró dos cuadras del pueblo. Allí mataron a 22 personas. Es ahí donde se vino la desbandada, el desplazamiento. Ese pueblo está parado porque se agarró muy bien de la piedra.

Este libro es una especie de etnografía del Oriente antioqueño, donde  se refleja la cotidianidad de muchos lugares a los que no acostumbran llegar los grandes medios de comunicación ¿es intencional?

Es completamente intencional, porque cuando uno lee la historia del conflicto en Colombia solo lee la historia del paramilitar que cortaba cabezas, pero nunca se habla del contexto de ese pueblo, cómo es, dónde está ubicado; eso también nos dice mucho de por qué entran los grupos armados y porqué unos tienen más aceptación que otros. Uno tiene que tratar de dar porqués, hay que contar todas las aristas de la historia, no solamente la del personaje sino también la del pueblo. El pueblo es un personaje en sí mismo.

De alguna manera te sientes identificado con esas historias por tu experiencia personal y familiar y lo representas así en el libro

Cuando estaba haciendo la reportería en San Francisco uno de los personajes decía algo acerca de volver y en ese momento a mí se me dispararon los recuerdos. Me di cuenta que había muchos puntos de encuentro, por ejemplo la zozobra que ella tenía por no tener un lugar al cual retornar me pasaba a mí y le puede pasar a cualquier persona sin un arraigo. Ahí me metí en la historia. Yo no quería hacer un libro alejado de ellos. Si unas historias tan duras no te tocan, estás mintiendo. Martín Caparrós dice en Una luna, cuando habla sobre las migraciones en los pequeños países disueltos de la Unión Soviética, que hay conversaciones que nunca terminan. Se refiere a que hay conversaciones tan duras que te chocan tanto, te cuestionan, que vos quedas pensando en eso mucho tiempo. Un poco de eso fue lo que me pasó y lo quería reflejar en el libro. No son simplemente historias del conflicto y ya.

¿Falta mucho por contar sobre el conflicto y la guerra en el Oriente antioqueño?

Por el posconflicto en el que estamos, sobre todo por la desmovilización de los grupos paramilitares, y si hay un acuerdo de paz con las Farc, creo que se nos va a volver muy importante el tema de la memoria. No podría responder eso, lo que sé es que hay muchísimas historias que no se han contado. Lo que sí sé es que el país rural sufrió un ataque muy duro de los grupos armados, sufrió el desarraigo, el desplazamiento, mientras las ciudades estaban de espaldas a eso. 

¿Cómo llegó a esas historias?

Un día yo estaba en el periódico y me llegó un boletín de prensa en el que decía: urgente, en Alejandría vamos a declarar alerta roja porque hay muchos retornados. Entonces dije, ¿cómo es eso? Llamé a la alcaldía y me dijeron que de ese pueblo se habían ido cinco mil personas por la violencia y apenas habían quedado dos mil y no tenían con qué atenderlos. Por otro lado, las veredas estaban minadas, la gente estaba llegando a sus casas caídas. Yo hice un trabajo para El Colombiano, después fui a San Francisco y encontré lo mismo y dije, con el espacio que tengo en el periódico no puedo contar lo que quiero, entonces me di cuenta de las Becas de Creación de la Alcaldía, escribí el proyecto, gané la beca y así surgió el libro.

A uno le preguntan, vos por qué hiciste ese libro, ¿por la memoria?, ¿por las víctimas?, ¿por la verdad? Y les respondo que escribí el libro porque quería contar esas historias. No estuve pensando en que quería hacer memoria porque estamos a punto de un posconflicto. No. Simplemente quería contar esas historias porque me parece que alguien, en algún momento, en algún punto de este país no las conoce y tiene que saberlas.

¿Cómo alcanza uno a entender que una región tan rica y tan cercana a Medellín fuera completamente abandonada por el Estado y estuviera a merced de paramilitares y guerrilleros?

No sé, yo no alcanzo a entenderlo tampoco. Me parece absurdo, además.

¿Qué esperas con esta publicación?

La idea es ir a los pueblos a entregar el libro. Espero que lo lean. Sabemos que es un proyecto pequeño y no tenemos la maquinaria de una distribuidora nacional o algo así, pero quiero que la gente lea y conozca lo que pasó en una parte muy pequeña de este país, como una muestra de lo que ocurrió desde el Meta hasta los Montes de María, en muchísimas partes.