Empezó en el mundo de los títeres cuando apenas tenía diez años de edad y ya suma cuatro décadas como directora de uno de los teatros de títeres más antiguos de Medellín.

Por Duver Alexánder Pérez

Estoy en el barrio Laureles de Medellín. He llegado hasta aquí después de preguntarle a varios taxistas por la ubicación del Teatro Manicomio de Muñecos. Busco a Liliana Palacio, una de sus fundadoras, con quien quiero conversar sobre esa aventura que parece ser manejar un teatro de títeres en una ciudad donde la gente asiste poco a teatro.

Ingreso a la casa que conserva el mismo estilo arquitectónico de este tradicional barrio residencial de la ciudad. Las paredes de la sala están adornadas con afiches que promocionan festivales de títeres y algunas máscaras de arlequines. Luego de unos minutos aparece Liliana, una señora de mediana estatura, vestida con pantalón azul, camisa manga larga y unos zapatos color café.

Liliana nació en 1964 y empezó en el mundo de los títeres cuando apenas tenía diez años de edad. Ya suma cuatro décadas como directora del Manicomio de Muñecos, uno de los teatros de títeres más antiguos de Medellín.

En el transcurso de la entrevista me contará que su abuela fue la primera persona que la apoyó en este proyecto. Cuando Liliana le manifestó su deseo de ser titiritera, le confeccionó once vestidos idénticos con los retazos de una sábana vieja. Este hecho marcaría el inicio de este tradicional teatro que ha alegrado la vida de miles de niños.

¿Qué la llevó a inclinarse por el teatro de títeres?

Esa fue una decisión de niña, una decisión motivada, tal vez, por una intuición, por un gusto infantil o un juego pero que se quedó arraigada. Toda la vida tuve claro que iba a ser titiritera.

¿Su familia cómo tomó la decisión?

Inicialmente lo tomaron como la niña que quiere jugar con muñecos y me alcahuetearon el juego. Empecé a hacer funciones y dejaban entrar al patio de la casa hasta 80 personas. La única condición era que no tocarán las paredes porque las ensuciaban.

Siempre tuve el apoyo de mi mamá, incluso ella era la que me tomaba las fotos en cada función – a mí no me gustan las fotos – y me decía que guardara toda las notas que me sacaban en los periódicos.  “Guárdelas, usted no sabe dónde va a llegar, mejore las condiciones del grupo, del teatro, usted no sabe dónde va a llegar”, decía. Eso, de una u otra  manera, me impulsaba.

¿Recuerda algunas de sus primeras lecturas?

Yo leía mucho cuando era niña y en la biblioteca del colegio descubrí unos libros muy interesantes, entre ellos dos de la española Ángeles Gasset: Títeres con Cabeza y Títeres con Cachiporra. Después empecé a investigar, a ir a la Universidad de Antioquia, y me encontré un libro de Mane Berna, una argentina que fue mi maestra a la distancia.

¿Cómo fue la etapa del colegio, cómo la veían los compañeros?

Como la niña rara, la diferente, la loca (risas).

Me contaba que estudio arquitectura en la Universidad Nacional,  ¿en qué momento decidió estudiar esta carrera?

Ya era una profesional en los títeres, ya había hecho mucho con los títeres... Mi idea estaba clara: le dije a mi mamá que quería ser arquitecta como hobby.

¿Cuáles han sido las personas que más la han marcado?

Mi mamá, a ella le debo todo lo que soy. Una mujer de armas tomar, disciplinada. Mucho de lo que sé se lo debo a ella.

¿Cuándo no está haciendo teatro a qué se dedica?

Lo que pasa es que todo tiene que ver con el teatro. Me encanta viajar pero me gusta más viajar haciendo teatro. Disfruto combinar esas dos cosas. Que los títeres me permitan viajar es fantástico.

¿Sobre que otros temas le gusta leer?

Lo que tenga que ver con el teatro y la ciencia ficción. En mi juventud leí mucho a Kafka, Albert Camus, mucho existencialismo.  Sin embargo, me gusta leer mucho sobre títeres porque me enriquece.

¿Cuál fue el último libro que leyó?

Todavía estoy leyendo un compendio que hizo una chica sobre el teatro en Colombia.

¿Practica algún deporte?

Hasta los 24 años, de ahí para acá murieron. Monté bicicleta, jugué baloncesto, fui judoca, practiqué natación, tenis de mesa, pero desde los 24 años murieron.

Por cultura los colombianos somos amantes al fútbol...

Yo no, lo odio. Me parece un deporte que mueve las masas de una manera muy absurda, y me parece terrible cuando el público se masifica y se hace matar por un equipo. Si hay un buen partido, me siento y lo disfruto pero no soy de las que apuesta, hace la polla o va al estadio.

¿Cuáles son las personas que más admira en el mundo del teatro?

A Cristóbal Peláez. Me parece una persona muy inteligente. Es un hombre muy tenaz ser capaz de sacar adelante el Teatro Matacandelas con tan buenas propuestas. También admiro mucho a mi socia Alejandra Barrada. Manicomio de Muñecos no sería lo mismo o no estaría aquí sin ella. Para mí es la mejor dramaturga de títeres que tiene el país. Nunca montaría una escena que no fuese escrita por ella. También admiro a mi tío Jorge Hernández, es un artesano muy bueno y una persona muy noble.

¿Por qué no tuvo hijos?

Porque soy inteligente (risas). Hay varias razones, la primera es que yo creo que el ser humano no termina de formarse como para ponerse a criar a otro ser que viene a un mundo que cada vez se pone más difícil. Segundo, siempre he creído que cuando uno está metido de lleno en una profesión, se entrega de manera total. El titiritero es itinerante, se mueve, hoy está en Medellín, mañana en España y después en Argentina. Yo decidí ser titiritera toda la vida y por eso decidí no tener hijos.