La cronista Leila Guerriero habla sobre su último libro, “Una historia sencilla”, donde condensa rasgos cautivantes de la condición humana a través de la historia de un hombre que participó en el Festival Nacional de Malambo, en el pueblo cordobés de Laborde.

Por Alejo Gómez Jacobo. Fotos: Diego Sampere

Muchas cosas olvidó Leila Guerriero esa noche del 14 de enero de 2011, cuando todo empezó a tomar forma. Cuando vio –ella lo define como un “deslumbramiento”- bailar a Rodolfo González Alcántara sobre el escenario del Festival Nacional de Malambo en Laborde, un pueblo de la provincia de Córdoba, 800 kilómetros al noroeste de Buenos Aires. No es fácil afinar la memoria en estado de trance. Anotar un conjunto de datos o recordar un movimiento en condición soporífera.

Y sin embargo:

“Él era el campo, era la tierra seca, era el horizonte tenso de la pampa, era el olor de los caballos, era el sonido del cielo del verano, era el zumbido de la soledad, era la furia, era la enfermedad y era la guerra, era lo contrario de la paz. Era el cuchillo y era el tajo. Era el caníbal. Era una condena. Al terminar golpeó la madera con la fuerza de un monstruo y se quedó allí, mirando a través de las capas del aire hojaldrado de la noche, cubierto de estrellas, todo fulgor”.

Lo de arriba es lo que Leila Guerriero sintió esa noche en que vio bailar a Rodolfo González Alcántara. Y ya con forma lo escribió en Una historia sencilla, su reciente libro que, a título ambivalente, cuenta “una historia difícil: la historia de un hombre común.”

Todo empezó en 2009, cuando a la cronista le llamó la atención un artículo periodístico que hablaba de Laborde, el pequeñísimo pueblo del sur de la provincia de Córdoba, en el centro de Argentina, como escenario de la “elite dentro de las danzas folklóricas”. El Festival de Malambo de Laborde prometía entonces una jugosa crónica, pero Guerriero jamás sospechó que encontraría líquido para mucho más que una noche de baile. Laborde, el malambo en Laborde, se cuenta a través de la vida de Rodolfo González Alcántara, el protagonista de esta historia de sacrificio feroz en aras de un harakiri de la consagración: el ganador, aquel que triunfa en el Festival, ya no puede presentarse en otra competencia para preservar el prestigio del certamen. El baile de la Victoria es, en cierto modo, la derrota de esa Victoria. 

Más de dos años acompañó Leila Guerriero a Rodolfo González Alcántara por un derrotero que culmina, siempre, sobre el escenario del Festival, y donde cada guerrero del malambo es tracción a sangre en sí mismo. El amor por algo, dicen, es la energía más fuerte.

Pensabas en escribir una crónica sobre el Festival y resultó en un libro. ¿Qué viste que te llevó a cambiar de idea?

El tema era interesante y fui directamente con la idea de armar una crónica para alguna revista como Gatopardo. Pauté entrevistas desde Buenos Aires cosa de llegar a Laborde, pasar una noche e irme. Y allá me encontré con Rodolfo y decidí que la historia del Festival sería contada a través de él. Le propuse hacer un seguimiento de su vida durante el año y ver su presentación en Laborde al año siguiente. Yo fui con la idea de la crónica, no del libro, pero tampoco sabía con qué me iba a encontrar. Así que volví al siguiente año, pasó lo que pasó y el libro surgió cuando me senté a escribir la historia y en ese momento me di cuenta de que había material para algo más. Pero no sólo por una cuestión de extensión, ¿eh? No es que yo le dé más trascendencia al libro que a la crónica. De pronto se materializó la idea del libro. Con los años uno empieza a confiar en sus instintos y todo me decía que esta historia podía ser un libro. Pero era una historia local, y los editores a veces piensan distinto de uno. Se la di a leer a dos personas en las que confío mucho y finalmente salió.

Es decir que cuando encontraste a Rodolfo se abrió un camino distinto.

Sí se abrió un camino, como decís vos, pero en el sentido de que ya no iba a ser mi única vez en Laborde. Lo que surgió fue que me propuse volver otro año más y a lo mejor al año siguiente también. Cuando vi a Rodolfo me dije, bueno, la historia del Festival se va a contar mucho mejor a través de este hombre que a través de 60 entrevistas con 60 campeones de malambo.

 

Leila Guerriero nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1967. Es autora de los libros “Los suicidas del fin del mundo” (Tusquets Editores, 2005); “Frutos extraños” (Aguilar, 2009); “Plano Americano” (Ediciones UDP, 2013); y “Una historia sencilla” (Anagrama, 2013). Editó los libros “Los malditos” (Ediciones UDP, 2011) y “Temas lentos” (Ediciones UDP, 2012). En 2010 obtuvo el premio Cemex-FNPI y en 2013, el premio González-Ruano de Periodismo. Es editora para el Cono Sur de la revista mexicana Gatopardo y dirige la colección Mirada Crónica, de Tusquets Argentina. 

¿Qué sentiste cuando viste bailar a Rodolfo?

Creo que fue un deslumbramiento muy parecido a cuando vas a un recital a ver una banda y en un momento esa banda toca una canción y esa canción te transporta, como que el mundo se desdibuja: sólo hay eso que ves ahí, nada más existe, y eso me pasó con Rodolfo. Me parece que tiene que ver con la potencia de verlo haciendo algo de calidad artística tan superior que te llega, te toca de alguna forma. Tiene que ver con la capacidad de Rodolfo para transmitir lo que baila arriba del escenario. Hace poco estuve en Laborde presentando el libro y le mandé a un amigo la foto de la presentación en la que salíamos con Rodolfo y Cecilia Lorenc Valcarce (ex encargada de prensa del Festival). Y mi amigo, sorprendido, me preguntó: “¡¿Quién es el que está a tu lado?!”. Es Rodolfo, le dije. Y es que Rodolfo tiene una imponencia sobre el escenario muy impresionante. Lo bajás de ahí y pasa a ser una persona completamente distinta. Creo que es esa capacidad de encenderse: el que está abajo del escenario se tiene que llevar todo y el que está arriba no se tiene que quedar con nada. Y creo que eso pasó: él subió ahí, reventó el escenario y algo suyo me impactó. Una conmoción estética que me golpeó de una forma muy particular. Si bien seguí atenta con todo lo que pasó en el Festival, a partir de ahí él acaparó toda mi atención.

“El premio, por su parte, no consiste en dinero, ni en un viaje, ni en una casa, ni en un auto, sino en una copa sencilla firmada por un artesano local. Pero el verdadero premio de Laborde –el premio en el que piensan todos- es todo lo que no se ve: el prestigio y la reverencia, la consagración y el respeto, el realce y la honra de ser uno de los mejores entre los pocos capaces de bailar esa danza asesina. En el pequeño círculo áulico de los bailarines folklóricos, el campeón de Laborde es un eterno semidiós” (página 22)

Los malambistas sacrifican todo por un certamen que únicamente les dará prestigio. Mucha lucha para salir del anonimato: un reflejo de la Argentina profunda.

Lo que ganan ellos es algo simbólico: el reconocimiento entre pares en un mundo muy acotado. Me emocionó mucho porque son chicos de familias sumamente humildes. Este año, por ejemplo, Gonzalo Heredia, que es el participante por Córdoba, otra vez se presentó y otra vez perdió. Entonces emociona ese grado de insistencia en esos chicos que no tienen una situación económica fácil, que hacen mucho sacrificio y encima por un premio que no te da nada de plata; que te da una copa pero que para ellos es lo máximo. El ganador pasa a formar parte de ese grupo de elite de 45 ó 46 ó 47 campeones. ¿Viste cuando le preguntás a un nene qué quiere ser cuando sea grande y te responde “famoso”, pensando en Tinelli y la tele? Bueno, para estos chicos la fama también es importante pero como parte de este grupo. Es como cuando un grupo de escritores muy cerrado se abre y deja espacio para uno nuevo. Es un círculo áulico, pequeño, sumamente prestigioso, y una vez que entraste nunca nadie podrá sacarte de ahí. Es mucho más conmovedor con esta gente que a veces no tiene para comer. A mí también me resulta una idea muy impresionante el hecho de que peleen tanto por obtener algo tan simbólico. Tan abstracto.

¿Te deja algún aprendizaje esta historia desde lo personal?

Mirá, yo no me relaciono con mis historias de esa manera. No intento ver qué me deja a nivel personal, ni busco una moraleja en las cosas que hago. Seguramente me deja un montón de cosas, como deja en principio todo texto en el que creés y que tenés muchas ganas de contar. El aprendizaje viene con la paciencia, la perseverancia, con volver año tras año, con el momento de sentarte a escribir, que es un momento de mucha zozobra, de mucha tensión, y que al final se va transformando en un trance magnífico. Pasar por todo eso como experiencia es el aprendizaje, y no creo en la moraleja al estilo “ahora no me voy a quejar más, porque mirá a estos chicos que no tienen nada y no se quejan”. Creo que esas moralejas no se condicen con lo real.

“Un hombre común con unos padres comunes luchando por tener una vida mejor en circunstancias de pobreza común o, en todo caso, no más extraordinaria que la de muchas familias pobres. ¿Nos interesa leer historias de la gente como Rodolfo? ¿Gente que cree que la familia es algo bueno, que la bondad y Dios existen? ¿Nos interesa la pobreza cuando no es miseria extrema, cuando no rima con violencia, cuando está exenta de la brutalidad con que nos gusta verla –leerla- revestida?” (página 79)

Al contar la historia de Rodolfo no entrás en esa cuestión tan arraigada de marginalidad, narcotráfico y violencia que se vuelven tópicos comunes. ¿Tiene tu trabajo un modo contestatario a los cánones de lo que se recomienda escribir?

No es que yo salí un 2011 de mi casa y dije “voy a buscar la historia de un hombre común”. Fui atraída por una historia que me sonaba interesante. Creo que la historia de Rodolfo, y por ende la historia del Festival de Laborde, también es una historia marginal en el sentido de que está en la periferia, no en el centro, y por eso mismo comparte el margen con todos esos temas que mencionaste y que tienen que ver con cuestiones más conflictivas como el narcotráfico y la pobreza cuando es oscura, sórdida, tenebrosa. El periodismo vive buscando estas historias pero, como dice Martín Caparrós, el desafío es encontrar relatos en nuevos márgenes. En el narcotráfico y la violencia siempre habrá historias para contar y yo las seguiré contando, simplemente que ahora surgió esta historia y me gustó la idea de contarla. Pero sí siento que los periodistas exageramos un poco con la búsqueda de la sordidez porque creemos que las buenas historias están ahí. Yo misma lo he hecho y lo hago y lo volveré a hacer siempre porque son historias que me atrapan.

Es muy interesante ese juego de situaciones, el de contar la “historia difícil” de un hombre común y luego titularla “Una historia sencilla”.

Es verdad que el título es engañoso, tan engañoso como la película de David Lynch de donde lo saqué. Las historias no son nada sencillas porque no es fácil contarlas: están llenas de recovecos, trampas, baches, y siempre hay puntos de conflicto hasta en lo que ocurre en Laborde, donde hay momentos de suspenso en lo que todo puede salir mal. Lo que más me asombró en este caso y en Los suicidas del fin del mundo (Tusquets, 2005) es que estas historias estaban allí desde hacía mucho tiempo. Yo llegué a Las Heras en 2002 y el último suicidio había sido en 1999, es decir que habían pasado tres años y yo me preguntaba si no había documentales sobre el tema, algún programa televisivo o algo, y no, nunca había ido nadie. Lo mismo en Laborde, donde si bien hay periodistas que lo cubren hace muchos años, no había nadie haciendo una crónica más gorda y a mí me parecía una historia fascinante. ¡El hecho de que los malambistas no se puedan volver a presentar nunca más es una locura! Eso resume muchas cosas de Argentina, de Latinoamérica, y me llamó la atención que esa historia estuviese allí y nadie le diera demasiada bolilla. A pesar de que al principio podía parecer una historia de tono menor, a mí me parecía una historia de gladiadores.

Historias largas en el mundo de la velocidad

Los diarios en general se obsesionan con el ahora y con los relatos cortos. Son escépticos con las historias largas, y sin embargo son las más consumidas por los lectores. ¿Cómo ves este panorama?

No sé si hay datos concretos que midan que las notas largas son las más leídas ni que los diarios apunten a textos cortos. Me crié leyendo diarios y creo que tienen su lugar de educación y desafío. Sí hay una subestimación del lector, de creer que la gente no lee nada que no tenga 10 renglones en los que se les explique claramente de qué se trata eso que leen. Martín Caparrós ha dicho muchas veces que los diarios inventaron una clase de lector, que es el lector que no lee, y esa frase la admiro mucho y considero que es cierta. Si el texto está bien escrito, si es bueno, puede ir largo en una latita de coca cola, en papel o en la web. Creo que es un momento de mucho desconcierto, que nadie sabe bien con todos estos cambios hacia dónde va todo, y que nuestra profesión se ha ido degradando. 

Ahora el periodista que sale a la calle lleva no sólo el grabador sino la cámara de fotos y la de video, ¡y eso es una locura! Hay que volver atrás, hacer periodismo un poco a la vieja usanza: el profesional que sale a la calle, pasa un buen rato viendo eso que pasa y vuelve y escribe en un tamaño humano. Tengo la sensación de que los dueños de los periódicos están un poco perdidos en esto de querer llegar más rápido, porque en ese llegar antes se han metido patas estruendosas. La propuesta de llegar antes es absurda; lo que habría que charlar es una propuesta de llegar mejor. Y ese llegar mejor estoy segura de que no tiene nada que ver con el rápido, con el lento, con el corto o con el largo. Tiene que ver con profesionales bien formados que salen a la calle con una idea clara de lo que quieren. De todos modos, nadie tiene servido en bandeja el espacio y el tiempo, siempre es una lucha que dar cuerpo a cuerpo y cuando llega la oportunidad, se debe estar preparado. Porque cuando llega un editor y te dice “ok, tenés 20 páginas”, tu trabajo debe tener la calidad para esas 20 páginas. Y te puedo asegurar que mucha gente pierde esas oportunidades. Tampoco es que el mundo está lleno de periodistas jóvenes geniales que no encuentran espacio para publicar y entonces mueren incomprendidos en las redacciones. Hay una real falta de hambre, de ambición. 

 

Esta entrevista fue publicada inicialmente en la Revista El Sur, de Córdoba

 

La luminosa historia de los comunes

Este breve relato describe lo que ocurrió la noche en que la autora presentó el libro, “Una historia sencilla”, en el pueblo de Laborde, Argentina.

 

Por Juan D’Alessandro

 

Ese hombre trabajó. ¿Quién escribirá su historia? 
(Adrián Abonizio, El Témpano)

Se presentaba uno de los libros periodísticos más importantes del año, pero en aquel recinto caluroso no había críticos, ni periodistas culturales, ni estudiantes de periodismo. Hasta los lectores fanáticos —que suelen seguir al autor adonde quiera que vaya— eran más bien escasos. No hacían falta: la sala estaba repleta, no quedaba una silla de plástico libre y había gente de pie, con libros marcados en sus manos, soportando el calor opresivo de la tarde.

Todavía no comenzaba la programación de aquel sábado 11 de enero de 2014, aunque de fondo ya podía oírse el repiqueteo de unas botas sobre la madera astillada del escenario. En el recinto amplio y cuadrado de la sala de prensa, durante el último Festival Nacional de Malambo de Laborde, Leila Guerriero se enfrentó a un público distinto: hombres comunes, señoras prolijas y algunos gauchos de barbas abultadas que estaban ahí no para leer un libro sino para bailar el malambo con furia. En Laborde, en el predio del Festival, Guerriero habló de Una historia sencilla ante la atenta mirada de sus personajes.

En el libro la autora describe a Laborde como “un pueblo sometido a un proceso de parálisis o de momificación” parido por “inmigrantes sedentarios y conservadores”. Los habitantes del pueblo momificado estaban ahí, con gestos duros y brazos cruzados, lanzando miradas torvas. Parecía que alguien, en cualquier momento, iba a protestar. Y cuando una mujer ceñuda, que estaba sentada en medio de la sala, levantó su mano para hablar y le acercaron el micrófono, fuimos varios los que esperamos una reprimenda. La mujer, con la dicción firme y precisa de una maestra, dijo:

 —Usted, que en el libro dice que somos conservadores.

El silencio cayó sobre la sala como una manta. Leila Guerriero bebió un sorbo de agua mineral y la mujer —de cabello corto y oscuro, vestida con un saco blanco de broderie, con un par de anteojos colgando del escote de su remera blanca— apretó el libro que apoyaba en su regazo.

—Usted, que escribió este libro. Voy a decirle que en este pueblo somos personas trabajadoras, personas de bien que trabajamos todos los días y que somos unos anónimos absolutos. Y así íbamos a seguir, pero entonces vino usted, que no es otra cosa que un hada. Usted es un hada que nos ha iluminado.

A mi lado un hombre flaco, con la piel curtida como un cuero reseco, comenzó a llorar en silencio. A la mujer la aplaudieron, y entendí entonces que la seriedad de la gente no se debía a ninguna hostilidad, sino al esfuerzo que demanda mantener la emoción atrapada en la garganta.

Bailarines y habitantes de Laborde contenían la emoción de saber que su trabajo —organizar, año tras año, desde una biblioteca popular, un festival que se transformó en un evento “de insuperable calidad”— había sido inmortalizado.

Laborde es un pueblo pequeño y el Festival es casi un secreto, pero desde finales de 2013 —gracias al libro de Leila Guerriero— los nombres del pueblo y del Festival aparecieron en los medios más importantes del país y del mundo acompañados por palabras como prestigio, tradición, heroísmo. Por eso la gente aplaudió y brotaron algunas lágrimas.

La autora agradeció, conmovida. No estaba sola: a su lado, Cecilia Lorenc Valcarce —quien supo ser la encargada de prensa del Festival cuando Guerriero recolectaba material para el libro— oficiaba ahora como entrevistadora. Y también la acompañaba, en el extremo izquierdo de la mesa, un hombrecito tímido, de chiva y bigote fino, vestido con vaqueros y una remera roja que antes, cuando entrenaba y era pura fibra, no debía quedarle tan ajustada. Costaba reconocer al protagonista del libro, el monstruo, el campeón: Rodolfo González Alcántara.

“Rodo” —como lo llaman todos en Laborde— reconoció que, entre las presiones que sintió durante 2012 (cuando era el favorito para ganar el certamen) estaba también la de salir victorioso “por el bien del libro”. Y confesó también que muchas veces se sintió agobiado por la obstinación increíble de la periodista:

—Antes de bailar estaba muy nervioso, necesitaba rezar y pedí que me dejaran solo en el camarín. Salió mi mujer y salió mi entrenador, pero Leila miraba para otro lado y no se iba. Tuve que rezar con ella ahí, mirándome.

El campeón contó también que durante un tiempo dudó de lo que podía hacer la periodista con la información tan íntima que él le había entregado. Y dijo que, cuando terminó de leer el libro, una noche cálida de diciembre, lloró mucho, y volvió a releerlo desde el principio, completamente feliz, hasta que llegó la mañana.

Cuando la presentación terminó, se formaron dos filas largas a ambos lados de la mesa. Señoras y señores buscaban el autógrafo de Leila Guerriero; chicos y adolescentes querían la dedicatoria de González Alcántara. Porque —como explica la escritora— en el pequeño círculo de los bailarines folklóricos, el campeón de Laborde es siempre un semidiós.