El Amazonas, el bosque tropical más extenso del mundo, ha sido formado y deformado por los discursos de aventureros, exploradores, periodistas y estadistas, explotado por la expansión del capital, que ha llegado hasta la maloca que se halla en el centro de la selva más espesa, y reivindicado por botánicos, naturalistas y ambientalistas. Hasta ahora, el Gran Río no se había expresado al unísono, desde adentro, no había tenido tanto vuelo la imaginación de sus protagonistas.

Por Andrés Ruiz /Fotos Andrea Parra

 

Esta selva está llena de tabaco y barro. El museo abre las puertas a las cinco de la tarde y entran los músicos, que siguen al director de orquesta como si fueran una fila ordenada de corcheas sobre el pentagrama. Desde una butaca el hombre en frac comienza a dar las últimas instrucciones y los músicos le prestan su atención como cuando sube y baja la batuta: que el coro deje suficiente espacio entre las filas; que proyecten su voz dejando la silla con un impulso vital, como si se les quemara el culo ¡pero sin saltar! Que la orquesta se acomode en el piso y el coro se acomode más arriba, para no taparlos. El público toma asiento alrededor del patio principal. En las miradas hacia los cerros se ve el reflejo de los pinos, eucaliptos y cipreses. Desde aquí la vista salta de los músicos al horizonte de los cerros y a las nubes que se van tras ellos. Son las cinco y dos de la tarde y Bogotá está mojada pero no llueve. En el Museo de Arte de la Universidad Nacional los asistentes a esta inauguración esperan impacientes a que comience el concierto y repartan canelazo.

El público es curioso e insatisfecho. Porque sabe (por eso ha venido) que el Amazonas como realidad captada y reproducida por los medios es pobre y distorsionada. El público ha venido por más. Ha venido para echarle tierra a los discursos y ahogar su voz en las obras. Calla, no habla porque no entiende. Deja que su mente se mueva por la manigua de forma más bien silente. Es una realidad tan distante del altiplano, las costas, las mesetas, los valles, las llanuras y los piedemontes, una realidad tan alterada por el proyecto de hacer país, que no le ha sido posible conquistar el lugar que se merece en el imaginario colectivo. Pero vemos el Amazonas en la televisión y en los periódicos, cómo ignorar el gran río. Y sin embargo no escuchamos lo que nos dice. Apenas medio se le entiende balbucear que sus pulmones están desarrollando una enfisema.

Ahora los lenguajes en los que se expresa el museo nos dibujan otra imagen de la selva, nos muestran una selva que se mira a sí misma, selva adentro. Esto nos importa porque el calentamiento global y las reservas de agua dulce de la humanidad son tan verdaderos como las anacondas de cuarenta metros que flotan atravesadas en el río y como los delfines que se enamoran de los hombres y los llevan a una ciudad de oro debajo de las aguas. La selva ha visto a los chamanes lanzar rayos y a las tortugas comer jaguares. La selva está en la carrera treinta para contarnos lo que ella ha visto.

Mientras el coro uniformado se ensambla detrás de la orquesta la banda de artistas, la curadora, María Belén, y la coordinadora del museo cambian gestos y palabras con los reporteros. Toda exposición de arte teje sus términos. En esta: cósmica, mística, culturas alucinadas, en una palabra, vida,  forman un hilo de ideas cuando pasan de boca en boca en boca recorriendo los pasillos y las salas de exposición.

El piso del patio está cubierto con una manta de tabaco y barro. En la sala contigua al patio más pequeño tabaco y barro forman varias capas de tela de fique que llenan de un extremo a otro el salón. No es un río, es la madre. Es la obra de Delcy Morelos, que utiliza un juego de lógicas inversamente proporcionales: cuánto más se reduce la expresión de la selva, por ejemplo, llegando hasta el barro, su materia prima, más se comprende su totalidad. Barro y tabaco, agua y yuca, corteza y coca son la materia de los ecosistemas y los mitos que llenan la cuenca. A cada rincón del museo llegan los ruidos de la selva: chicharras, grillos, cantos de aves nocturnas y sonidos de anfibios. Los músicos afinan y el público los mira.

Hace unas horas Úrsula Biemann estaba frustrada al frente de un computador intentando comprender la engorrosa labor que la ocupaba: tenía que descifrar las artimañas para descargar unas fotografías desde una cuenta de correo ajena y guardarlas en un computador que tampoco era el suyo.  Qué se le va a hacer. Todos tenemos un lado humano que se siente simiesco cuando tropezamos con la tecnología. Úrsula ha realizado gran parte de su obra en un formato audiovisual en el que las narraciones se alejan del documental convencional o de la forma de mostrar de la televisión. Ahora mismo está viendo la proyección simultánea por dos canales, en pantallas enormes que cuelgan del techo de la sala audiovisual, de la obra suya y de Paulo Tavares, Selva Jurídica, y se encuentra complacidaPor fin las cuerdas, los vientos y la percusión entablan juntos un silencio que significa que van a comenzar. El director le regala al público una sonrisa pasajera antes de darle la espalda.

Goé Payari es una composición del maestro bumangués Jesús Pinzón Urrea. Su letra está escrita en lengua tucano, la lengua franca del noroeste amazónico. Las tomó prestadas de un ritual que manifiesta a través del canto la vida después de la muerte. Es un arreglo para coro y orquesta que envuelve todos los espacios del museo y llena la noche que comienza, dándole la apertura oficial a la exposición Selva Cosmopolítica.

Hay unos  dibujos en tinta china sobre grandes pliegos de cartulina que recuerdan al goce de jugar con las mezclas incalculables de las acuarelas. Pero en la sala principal mi atención va por inercia hacia las ceibas rugosas y excesivas talladas en papel periódico por Miller Lagos e inmediatamente pasa al conteiner industrial que Miguel Ángel Rojas puso a flote sobre un tapete de victorias regias. Hay que tener cierta correspondencia con el espíritu de humildad en los dibujos para ir primero a ellos. Son de Abel, que le está señalando un árbol con mil ramitas a la nietecita que carga en sus brazos. Abel dibuja lo que conoce. Su técnica y figura, desprovistas de vanidad, han sido reconocidas con premios internacionales y elogios en las páginas de varios periódicos y revistas culturales. En sus dibujos está la selva y la finura del detalle con el que la recuerda todos los días desde su casa escueta y oscura en la localidad de Bosa, donde cuando el día es gris la vista no le alcanza para dibujar.  Varios clientes esperan que les mande un dibujo suyo, clientes que no imaginan el tamaño de su desamparo, pues la verdad es esa, que Abel espera la muerte hablando solo como un río. Su historia es la de la progresiva desaparición de las tradiciones en la selva. Los ríos se secan y los ancianos se mueren. Cada anciano que muere es una biblioteca que se despedaza en llamas. La subienda del río trae más mercancías, más distracciones y más vicios.

Abel: "Así es como pienso yo: a dónde, con quién yo hablaría para recuperar la parte que me falta... lo que quiero saber, lo que me falta a mí, directamente como persona. Pero ya no le creo a nadie. Con quién. No estoy hablando de personas sino de algo secreto. El hombre blanco no me va a dar el conocimiento de lo que es la verdad. Es parte de la verdad la que me puede dar recuperación de este proceso. Y quién me puede dar eso. Ya no lo hay."

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María Belén va entre la multitud con los ojos llenos de encanto, pues hoy presenta la exposición que se ha venido produciendo en el museo de la mano de los artistas desde hace seis meses. Ella es quizás quien más se ha acercado a Abel entre sus colaboradores en el museo. Sus ideas son las que recorren las paredes del recinto que quedan libres entre una obra y la otra. La curaduría es suya y el trabajo ha durado cinco meses hasta la fecha de la apertura de la exposición. Quise hacerle unas preguntas.

–¿De dónde viene el conocimiento artístico de Abel Rodríguez y Fabián Moreno?

– Son procesos interculturales porque el arte como tal no existe en la cosmogonía indígena, que ha preservado la selva; pero de todas maneras la selva ha cambiado mucho, sobre todo en el último siglo.

–¿Nuestra cultura los contagia con una enfermedad?

–Ambas culturas están enfermas, la indígena y la blanca, como la llaman ellos. No hay un lugar del planeta donde no esté el capital. Ellos mismos están olvidando sus creencias. Creo que son dos culturas enfermas las que se encuentran en esta exposición.

–¿Cómo pinta Abel?

–Ese señor aprendió a hacer dibujos en tinta a los sesenta y pico de años, pero lo hace de una forma muy parecida a lo que sería una expedición botánica occidental. Él trabaja con la Fundación Tropenbos de Holanda, que investiga la selva amazónica, entonces lo que está haciendo don Abel con ellos es como una especie de herbario dibujado. Es impresionante verlo trabajar, es muy lento: el tamaño, la envergadura, el filo, la forma, cómo se abre cada rama y cada hoja, las raíces, el piquito, el mechoncito, todo lo tiene en la cabeza. En el trabajo de Abel hay una muestra de contagio.

–¿Crees que una exposición como esta puede alterar nuestra relación con la naturaleza?

–Desde un diálogo de saberes, sí, porque digamos que no estamos buscando hacer arte, propiamente dicho. Nuestro proyecto de museo no cree en una noción de arte tampoco, es algo que hemos venido construyendo poco a poco. Esa categoría de 'arte' es un invento muy reciente, no tiene más de 150 años y cada vez es más irrelevante. Lo que es más interesante son los actos de performatividad cultural.

–Un ejemplo.

–La pieza musical que vamos a oír, que dura quince minutos, la traemos muy de aposta. Esta música sinfónica, permeada por un canto ritual indígena y permeada por sonidos indígenas que también son rituales, la concebimos como una performatividad para uno llegar a través del cuerpo y la conciencia a otras cosas, ese es quizás el concepto de arte que nos interesa y el que queremos plantear en la exposición. La performatividad cultural sería eso: otra forma de conocer y sobre todo tener conciencia de algo; esa instalación de Miller, a la que le pusimos Nómadas es también un conjuro, una especie de acto performativo.

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Abel se aleja del museo acompañado por su familia hacia la estación de transmilenio. Hoy su derrota fue una victoria, y vendrán más pero no serán suficientes, probablemente, para que su vejez alcance a ver un futuro abierto para su cultura. Está muy fatigado para reversar lo irreversible. Está aburrido de que los indígenas ya no quieran ser indígenas. En su vida ha visto desmoronarse el futuro para el que fue criado, y quizás por eso ya no cree en futuros compartidos, sino solamente en los individuales, que se hacen en guerra con lo colectivo. ¿Qué será de sus hijos? Que aprendan lo del blanco, porque qué más. Se aburrió de la selva. No va a volver. Se irá en otra parte. Sus dibujos son su trabajo, al que llama arte. No le está enseñando nada a nadie con ellos pero dibuja porque necesita hacerlo. Son, en su encierro, una selva que no conoce límites, ni políticos ni económicos; son una selva libre que deambula por Bogotá mostrando un rostro lleno de intriga y plenitud, detrás del cual hay una urgencia que el hombre está llamado a resolver.