El plan de reubicar a los más pobres de Medellín en grandes edificios con pequeños apartamentos parece calcado de un modelo que ya fracasó en otros países.


Por Juan Esteban Mejía (www.folio.com.co)


La ciudadela Nuevo Occidente viene acumulando problemas desde hace varios años. Es como si se estuvieran repitiendo episodios que llevaron a demoler inmensos edificios similares en Estados Unidos y en Francia.

Los dos casos empezaron poco después de la Segunda Guerra Mundial. El de Estados Unidos es emblemático y pasó a la historia como el gran fracaso de la arquitectura moderna.

Ocurrió en San Luis, en el estado de Misuri, después de que entró en vigencia la Ley de Vivienda de 1949, que buscaba eliminar los suburbios. El gobierno quedó facultado para construir 810.000 casas y para arrendarlas a habitantes de tugurios y a excombatientes de la guerra.

Ver: Housing Act of 1949 

En ese momento, los empresarios y las autoridades de San Luis veían con temor que personas de bajos recursos estaban llegando a vivir en el corazón de la ciudad. Para sacarlos de allí, echaron mano de la nueva ley, compraron lotes en barrios bajos y levantaron 33 edificios de once pisos cada uno. En total eran 2.700 apartamentos construidos con materiales baratos, al menor costo posible, para albergar a 15.000 arrendatarios.

El proyecto se llamó Pruitt-Igoe y su construcción se completó en 1954. Fue destacado en su momento en revistas especializadas de arquitectura como un buen ejemplo para ofrecer vivienda a gran altura.

Los primeros inquilinos parecían darles la razón. Ellos se veían felices en sus nuevos apartamentos
porque, pese a que los materiales no eran de la mejor calidad, al menos se veían más cómodos que las precarias casas donde vivían antes. Pero la satisfacción duró poco y a los cuatro años, en 1958, Pruitt-Igoe empezó a quedarse solo.

Las autoridades no tuvieron en cuenta que el proyecto podía volverse difícil de sostener. El plan estaba diseñado para cubrir los gastos de los edificios con el pago de arrendamientos, pero no tuvo en cuenta que la de población que se fue a vivir allí era casi toda desempleada. En poco tiempo el conjunto de edificios quedó habitado en su mayoría por mujeres cabezas de hogar que vivían de la asistencia del mismo Estado.

Quienes trabajaban y tenían ingresos optaron por vivir en casas particulares de bajo costo y no en las públicas que les estaba ofreciendo el gobierno en Pruitt-Igoe. No había dinero ni siquiera para las reparaciones básicas de los edificios. La soledad y el abandono de quienes vivían allí terminaron reflejados en violencia y vandalismo. Se presentaban atracos y riñas en las escaleras y en las zonas comunes y de cuando en cuando aparecían paredes destrozadas y vidrios rotos.

Ver: “Pruitt-Igoe”: el fracaso político de la arquitectura social (St. Louis, Missouri, 1941-1974)

Nada pudo evitar la desocupación, mientras la criminalidad aumentaba cada vez más. Como no hubo solución y nadie quería vivir en Pruitt-Igoe, en 1972 fueron demolidos tres edificios y al año siguiente fueron derribados los demás. En 1976 el proyecto desapareció del todo.

Un estudio de la Universidad de California concluyó que el fracaso de Pruitt-Igoe no fue culpa de la arquitectura en sí, como se creía. Según el análisis, aquel modelo de vivienda social no funcionó porque el gobierno de San Luis no diseñó de la mejor manera su política social y económica para atender a quienes vivían allí.

Ver: The Pruitt-Igoe Myth

No se resolvieron los problemas de convivencia y no hubo alternativas para que la gente saliera de la pobreza.

Mientras eso pasaba en Estados Unidos, en Francia construían viviendas en masa. Eran unas 500.000 anuales durante toda la década del sesenta, ubicadas en lo que llamaron zonas de urbanización prioritarias (ZUP).

Aquella construcción masiva se dio, básicamente, por tres razones. La primera fue la necesidad de levantar nuevos edificios después de las destrucciones que dejó la guerra. La segunda fue el abandono del campo, que generó la migración de campesinos hacia las ciudades en una época de bonanza económica conocida como los ‘treinta gloriosos’, entre 1945 y 1973. Y la tercera fue la llegada de inmigrantes y la repatriación desde Argelia de un millón de personas en 1962.

Para resolver la necesidad de nuevas viviendas, las autoridades compraron franjas de lotes en zonas rurales que por lo general estaban lejos de las ciudades, donde no había transporte ni servicios públicos. En esos sitios construyeron inmensos edificios en bloques con centenares de apartamentos.  

Igual que en San Luis, cuando recién empezaron a llegar habitantes a esos edificios parecían felices. Se trataba, principalmente, de obreros y empleados de fábricas que antes vivían en casas pequeñas, viejas y mal dotadas en el centro de las ciudades. Pero antes del fin de los sesenta se extinguió la satisfacción y optaron por irse a vivir cerca de la ciudad o en viviendas individuales, así estuvieran en la periferia.

A los bloques de edificios recién construidos empezaron a llegar inmigrantes que encontraron en esos lugares pocas opciones para vivir. No había empleo, ni comercio, ni escuelas. La comunicación entre los vecinos se hacía difícil porque se trataba de personas que venían de diferentes países, con distintas lenguas, costumbres y religiones. Como además estaban alejados de las ciudades, se sentían excluidos.

Ellos además quedaron estigmatizados cuando aparecieron brotes de lo que se consideró una ‘enfermedad social’: aburrimiento, desorden y violencia. Los medios registraban con frecuencia incendios, riñas y homicidios en aquellas periferias, que en Francia llaman ‘extrarradios’.

Ver: La guerra francesa del extrarradio

Los problemas se estaban saliendo de las manos y fue necesario demoler los edificios. El primero que cayó fue en 1978 en un barrio de Villeurbanne, en Lyon. Tres años después, en 1981, en el barrio Minguettes, en Vénissieux, fueron quemados 250 carros en un disturbio.

La infernal jornada pasó a la historia de Francia como ‘el verano caliente’ y sirvió para acelerar la demolición de edificios. Los derribaban con explosivos y sus caídas solían quedar registradas por cámaras de televisión, como pasó con la emblemática Ciudad de los 4.000, en La Courneuve.

En los noventa fueron demolidas de 3.000 a 5.000 viviendas cada año, en el 2002 tumbaron 8.000 y el nuevo plan de vivienda de Francia planeó derribar 200.000 entre 2004 y 2008.

Ver: El urbanismo de renovación de grandes conjuntos de vivienda social en Francia, 2004-2008

Esos proyectos fracasaban y casi al mismo tiempo en Medellín se estaba pensando en ejecutar otros muy parecidos. Desde 1994 empezó a gestarse la idea de llevar a los más pobres a vivir en terrenos lejos del corazón de la ciudad. Ese año, el Concejo aprobó que el sector de Pajarito dejara de ser rural y se volviera urbano, pero en ese entonces no se hicieron construcciones porque hasta allá no llegaban los servicios públicos ni las vías.

Más tarde, en 1999, el Concejo decidió que Medellín debía extenderse y ocupar 236 hectáreas en 
Pajarito. Y en el 2001, el Plan de Desarrollo del alcalde Luis Pérez propuso construir 20.000 viviendas de interés social, principalmente en Pajarito, donde estaba el 45 por ciento del suelo disponible.

En aquel entonces, esa zona estaba dividida en 38 predios. La mayoría eran fincas de recreo a donde sus dueños iban a pasar vacaciones. Los estudios que se hicieron encontraron que el suelo era inestable y con restricciones para construir edificios allí. Había grandes extensiones de tierra que implicaban altos costos para su adecuación porque representaban alto riesgo.

Fuera de eso, los carros recolectores de basuras no llegaban hasta allá. Los desechos y los escombros eran arrojados en quebradas y en lotes abandonados que se inundaban cuando llovía. La zona era un nido de insectos y de roedores donde no se podía vivir. En un estudio sobre el sector quedó registrada la impresión de los funcionarios que estuvieron allí: “el aspecto visual en algunos sitios es deprimente.”

Ver: Soporte técnico del Plan Parcial de Pajarito

Pese a todo, se puso en marcha un plan para construir en ese lugar 27.000 viviendas entre 2002 y 2011. Serían edificios de seis pisos, cada uno con cuatro apartamentos de 45 metros cuadrados, y otros edificios de dos pisos para locales comerciales. El proyecto se llamó Ciudadela Nuevo Occidente.

Los primeros en llegar a vivir allí fueron personas trasladas desde Moravia, durante la alcaldía de Sergio Fajardo. El barrio Moravia se formó en un cerro de basuras, que antes era el botadero, y queda cerca del centro. Desde los años 50 fue invadido por desplazados de todo el país que se instalaron ahí porque encontraron facilidades para conseguir comida y para construir casas, aunque fueran precarias.

Ver: Moravia, una historia de resistencia

Después de una larga historia de ocupación, en el 2006 el Ministerio del Interior declaró la calamidad pública para ese sector. Eso quería decir que quienes vivían allí estaban en alto riesgo por las emanaciones de gases y de líquidos tóxicos que producían las basuras.

La solución de Fajardo y sus funcionarios fue trasladar a la gente de Moravia hacia Nuevo Occidente. Aunque allí también había riesgos, quedaban lejos del centro, lejos de todo, y el proyecto se volvió de interés para el Ministerio de Vivienda.

Igual que en Francia y en Estados Unidos, los problemas en Ciudadela Nuevo Occidente no tardaron en aparecer. En el 2010 se ventilaron los primeros brotes de intolerancia y violencia y los edificios ya se estaban dañando solos.

El 30 de junio de ese año se hizo un debate en el Concejo de Medellín y habló Héctor Villegas, uno de los primeros trasladados a Nuevo Occidente. “La calidad de vida mejoró mucho, pero la calidad humana se nos está afectando”,dijo y explicó que en los edificios había humedades desde el 2007, cuando apenas los acababan de construir.

También habló Sandra Restrepo, habitante de allá, y contó que quienes se estaban trasladando para Nuevo Occidente tenían problemas de convivencia con las personas que ya vivían en el sector. “Ellos son rurales, nosotros somos urbanos. Ellos tienen una línea que es la línea campesina, que no tienen absolutamente nada que ver con todos los que estamos llegando nuevos”, comentó.

Además del deterioro en los edificios y las diferencias entre los vecinos, aparecieron el miedo y la violencia. Quienes viven allí hablan poco del tema, pero en aquel debate, el concejal Jesús Aníbal Echeverri se atrevió a mencionarlo:“Allá a la gente le da temor salir a caminar de noche, salir a las ventanas porque ya se dan bala de una ventana a otra. Es muy duro que uno viviendo a cinco metros de un CAI tenga temor, miedo y terror de salir a la puerta porque un balazo puede cruzar el corazón de un hijo, de un hermano, de una esposa o un esposo. Eso sucede allá”,dijo.

El entonces secretario de Desarrollo Social, Jorge Humberto Melguizo Posada, detalló: “grupos de jóvenes de la urbanización de Las Flores han estado en conflicto con otros jóvenes de las urbanizaciones La Aurora, La Cascada, La Montaña, La Campiña y La Huerta”. Todos esos edificios quedan en Nuevo Occidente.

Ver: Acta 466 del Concejo de Medellín, junio 30 de 2010

Pasaron los días y se acumularon las quejas. En el 2012, varios estudios técnicos hicieron hallazgos
que dieron cuenta de que las molestias reportadas por quienes vivían allí no eran inventadas.

En un documento del 9 de abril se registró que había cortes abruptos en taludes que podrían derrumbarse y falta de mitigación de riesgos. Los expertos que visitaron los edificios encontraron deterioro de materiales, humedades, grietas y estancamientos de aguas.

En ese mismo informe se recomendó mejorar el paisaje, crear zonas verdes para el encuentro de los vecinos y llevar sistemas de transporte para integrar a la gente de allí con el resto de la ciudad.

El 20 de abril, otro estudio detalló que había fisuras, humedades y charcos en algunas partes de los edificios que fueron catalogados como evidencias contundentes de que hubo fallas en la construcción. 

En mayo, otro estudio alertó que algunos terrenos de Nuevo Occidente podrían desestabilizarse y derrumbarse por la mala filtración del agua de lluvia.

Todo eso daba para pensar que aquellos apartamentos no ofrecían la vida digna ni la seguridad que se había prometido, pero aun así, se volvieron ejemplo para el resto del país.

Ver: Diagnóstico técnico y financiero de las posventas y obras complementarias en los proyectos de vivienda nueva del Instituto Social de Vivienda y Hábitat de Medellín (Isvimed) 

Por los días en que los expertos estudiaban las fallas en Nuevo Occidente, el presidente Juan Manuel Santos pisó el acelerador a la construcción de vivienda.

En una alocución del 23 de abril de 2012, recordó que ésta era una de sus cinco locomotoras para crecer la economía y reducir la pobreza. Anunció lo que él llamó “una decisión trascendental, yo diría que verdaderamente revolucionaria”para referirse a su plan de darles cien mil casas gratis a los más pobres del país.

Para hacerlo, dijo Santos, se necesitaría una nueva ley de vivienda que iba a poner a consideración del Congreso. Además, anunció que el líder de ese proyecto sería Germán Vargas, entonces ministro del Interior, que pasó a ser ministro de Vivienda.

Dos meses después quedó aprobada, en tiempo récord, la ley que propuso Santos.

A los pocos días arrancó en Medellín el programa de las cien mil viviendas. La ciudad fue escogida porque, según Vargas Lleras, era líder en la materia. En ese primer proyecto se invirtieron 400.000 millones de pesos para construir diez mil apartamentos, buena parte de ellos en Nuevo Occidente.

Si bien era cierto que Medellín venía avanzando en la construcción de grandes edificios, poco se alcanzaba del objetivo de sacar a sus habitantes de la pobreza. Una comunicación interna expedida el 15 de marzo de 2013 por el Departamento Administrativo de Planeación Municipal registró esa situación.

En ella decía que “a pesar del evidente mejoramiento de las viviendas y del entorno de la población de Moravia reubicada en la Ciudadela Nuevo Occidente, no se observan cambios significativos en la capacidad adquisitiva de esas personas”.

Ver: Decreto 2586 de 2013

La condición de pobreza sigue igual, pero ahora en altos edificios construidos con materiales de mala calidad, donde los muros se agrietan, el agua se filtra por las paredes y hay terrenos que amenazan con derrumbarse. Esos fueron algunos hallazgos de la propia Alcaldía de Medellín en noviembre de 2013.

Ver: Informe técnico de la Alcaldía de Medellín sobre Nuevo Occidente

En Nuevo Occidente ya viven unas 80.000 personas y todavía les deben la vivienda digna y las alternativas que las ayuden a salir de la pobreza. No hay trabajo, no hay locales comerciales y el rebusque llevó a la gente a convertir sus apartamentos en tiendas, cantinas, papelerías o ferreterías.  

Los capítulos del fracaso de la vivienda social parece que se reescriben, esta vez en otro idioma y en otro escenario, pero con protagonistas idénticos.

 

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