El 25 de junio de 1950 estalló la guerra entre Corea del Sur y Corea del Norte y Colombia fue el único país latinoamericano que se unió a las fuerzas aliadas, con un batallón compuesto por más de cinco mil hombres. ¿Qué ocurrió con la vida de estos soldados después de la guerra?

Por Jenny Alexandra Castaño

Era el verano de 1951 —en la fecha ya lejana del 13 de octubre— cuando el soldado colombiano Mario Ramírez, enlistado en el regimiento 22 de infantería, se encontraba en su puesto del cerro escarpado a la espera de una misión sin precedentes. Todo parecía marchar bajo control, cuando, de repente, escuchó por su radiotransmisor a un soldado que le pedía “vengar la sangre del coronel Polanía”, herido horas antes en un enfrentamiento. Al instante, el compañero que estaba a su derecha le entregó un prisionero para que lo llevara hasta el campamento.

Las trincheras en la arena eran testigo de la misión más importante que hasta ahora le había sido asignada al joven Ramírez: la “Operación Nómada”, más conocida como la toma al Chamizo, Don Polo y La Teta, o cerros 25, 24 y 23, respectivamente.

El soldado colombiano y su prisionero cruzaron miradas. Mario calentó su comida y, entre señas, quiso invitarle, pero el vencido hizo un “no” con un movimiento de cabeza. Ramírez no le dijo nada, bajó el recipiente y empezó a comer. Al momento, el soldado enemigo hizo un “sí” con la cabeza.

Los enrolados en el Batallón no superaban los 21 años. Algunos, incluso, habían abandonado el bachillerato a los 16 años para ir a la guerra.

A un lado del terreno escarpado, al norte, el capitán Álvaro Valencia Tovar lideraba la toma de los cerros para apoderarse de la ciudad de Kumsong, zona estratégica para aprovisionamiento. Era de madrugada y, en un principio, pelearon sin armas para sorprender al enemigo.

Así pasaron once días de fuerte lucha los jóvenes que integraban el Batallón Colombia, en defensa de Corea del Sur. Otras veces, conformaban patrullas de escucha en las que al menor ruido de posición enemiga, hacían señas para que las ametralladoras atravesaran el terreno o las bombas cayeran del cielo.

Unos meses después, el soldado colombiano Libardo Hernández, de contextura delgada y 18 años de vitalidad, combatía cuerpo a cuerpo en la toma del cerro 180. Una vez, en una de sus misiones, tuvo a su cargo a diez prisioneros chinos. En medio de trincheras subterráneas, los ruidos de posiciones enemigas se hacían cada vez más fuertes y la tensión crecía con cada paso, así que les disparó a todos y pudo escapar a tiempo. 64 años después, y hasta que el Alzheimer lo permitió, todavía lloraba recordando aquel hecho y el no haber podido recuperar los cuerpos de sus compañeros en el campo de batalla.

Pero la situación colombiana no era muy distinta de los demás países. El Batallón Colombia estaba equipado con armas de infantería europeas y estadounidenses no estandarizadas.

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El conflicto bélico de Corea del Norte con su vecina del Sur (1950-1953), fue el primer gran enfrentamiento de la Guerra Fría. Inició cinco años después de que la península fuera liberada del régimen colonial japonés. Corea del Norte invadió a Sur Corea en la madrugada del domingo 25 de junio de 1950 sobre el paralelo 38º, con el fin de unificar la península bajo la doctrina comunista. Los tanques, aviones y hombres de las veinte naciones que participaron, avanzaban a la vez dejando atrás una estela de destrucción.

La democracia se veía en riesgo y Estados Unidos reaccionó organizando una fuerza multinacional de las Naciones Unidas. Para entonces, las provincias del área de Gyeongsang-do de la península, habían sido ocupadas casi en su totalidad cuando las fuerzas de la ONU llegaron. Al desembarcar, liberaron a Seúl, la capital surcoreana, y avanzaron al norte hasta Pyongyang, capital de Norcorea.

Pero Estados Unidos requería más hombres para combatir, así que motivó a los países latinoamericanos para que participaran en la guerra. Aunque Colombia fue el único país que acudió, Carlos Horacio Urán, ex asesor del Consejo de Estado, afirmó en una recopilación publicada por el Kellogg Institute (1986), que el llamado estadounidense fue respondido por cada país a su medida: Cuba ofreció tropas, dos mil toneladas de azúcar y tres aviones de transporte C-47; Argentina, un cargamento de carne congelada para ser despachada a cualquier puerto de E.U., y dos escuadrones de aire; Bolivia, 30 oficiales; Costa Rica, tropas y bases aéreas, marítimas o cuarteles; Uruguay, 2.000 hombres; Brasil, tropas, y Chile y Paraguay ofrecieron material estratégico para la guerra.

«El verdadero hecho histórico fue la solidaridad afectiva y declamatoria pero no real, y esta no pudo ser porque el subdesarrollo, y más que eso, el atraso de los distintos países, lo impidió», afirma Urán. 

Pero la situación colombiana no era muy distinta de los demás países. El Batallón Colombia estaba equipado con armas de infantería europeas y estadounidenses no estandarizadas, desactualizadas. Estados Unidos exigía no menos de diez mil hombres y el pago de los gastos en el conflicto, mientras que el país comenzaba a sentir los pasos de la violencia más larga de su historia con la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Colombia fue el único país que firmó bajo esas condiciones y con el compromiso de sufragar los gastos después de terminada la guerra, situación que aplazó durante años y que luego terminó siendo declarado como donación por parte de Estados Unidos (todo el material de guerra y dos fragatas de última generación). Con la firma quedaría sellado el lazo de sangre que une a Colombia con Corea del Sur.

El 12 de mayo de 1951, en la Plaza de Bolívar de Bogotá, el presidente Laureano Gómez habló a las tropas que se dirigían a Corea. Los intereses de los que se enrolaron en las filas eran tan diversos como la situación de reclutamiento: desde los más aventureros, hasta los que habían sido nombrados sorpresivamente. Razones más, razones menos, los enrolados en el Batallón no superaban los 21 años. Algunos, incluso, habían abandonado el bachillerato a los 16 años para ir a la guerra.

Sobre aquella fecha, el soldado Mario Ramírez recuerda que el barco salió desde el Puerto de Buenaventura, en el Pacífico colombiano, y luego hicieron una parada de dos días en Hawai. «Yo no dejaba de buscar naranjas en todo el barco porque era lo único que me quitaba el mareo. 33 días en alta mar, nunca había trasbocado tanto en mi vida», rememora.

En la guerra, la participación colombiana estuvo adjunta a las divisiones estadounidenses, a veces como patrullas de escucha y otras al frente de la línea de batalla. Las estaciones barrían las calles y campos desolados por la violencia, la nieve cubría a sus muertos.

Mientras los soldados colombianos luchaban en sus posiciones, las conversaciones de Colombia y E.U. en 1952, relata Urán, confluyeron en la firma del acuerdo “Asistencia Militar Bilateral y Reembolso”, por el cual Colombia se comprometió a hacer uso eficaz de la ayuda del gobierno de Estados Unidos para llevar a cabo los planes  de defensa aceptados por ambos gobiernos; en general, tomar parte en misiones importantes para la defensa y el mantenimiento de la paz del hemisferio Occidental (…) «Colombia se comprometió también a seguirse armando, aún a costa de su propio estrangulamiento económico y de recursos humanos, para mantener su propia fuerza defensiva y la del mundo libre».

El último relevo de soldados regresó a Colombia el 30 de noviembre de 1954. El presidente Rojas Pinilla le dio un discurso de bienvenida al último contingente militar que llegó de Corea tras el armisticio, firmado en 1953, que estableció un alto al fuego y la división entre las dos Coreas a partir del paralelo 38.

Desde entonces se creó en la península asiática la DMZ (Zona Desmilitarizada), donde soldados de 23 naciones occidentales vigilan la frontera con mayor presencia militar del mundo, 24 horas, 7 días a la semana.

«La guerra no debería existir. El conflicto en Corea no era por hambre, era por política. Esa es la guerra de la humanidad: la envidia y la política», reflexiona Ramírez.

El saldo de la guerra

El despliegue de fuerzas de los aliados pasaría la cuenta de cobro ante la sombra de la destrucción. En Corea de Norte, el rastro quedó presente en las 428.000 bombas que cayeron en sus tierras y en el museo de la Victoria de la Liberación de la Patria, donde se pueden recorrer 80 salas en memoria de 300 días de batalla.

Los horrores del conflicto llevaron a Corea del Sur a potenciar la educación como arma frente a la violencia y a revaluar la política externa de extrema dependencia con los Estados Unidos en los años 70. Además, convirtió la reforestación en la primera prioridad nacional. En la actualidad, el 60% del país está cubierto por bosques.

En Colombia, por el contrario, tras la guerra se tecnificó el ejército, se estrecharon lazos con la política estadounidense y se establecieron relaciones diplomáticas con el gobierno de Corea. Luego de su despliegue militar, Colombia envió soldados al Canal de Suez para enfrentar la crisis entre Egipto e Israel (1956-1958), mandó tropas a la región del Sinaí para la Fuerza Multinacional de Paz y Observadores —desde 1982— e ingresó como parte de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad de Afganistán (ISAF) desde el 2009.

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Mario Ramírez, ahora con 81 años de recuerdos, se encuentra en su finca La Auxiliadora, ubicada en el municipio de Guarne —en el Oriente antioqueño—  junto con su esposa Nora Calle. Enrolado en el Batallón Colombia desde los 17 años, Mario abandonó el colegio San Carlos de Medellín en el que cursaba séptimo grado, para enlistarse en las tropas. Sus dos hermanos, Alberto de 16 años y Óscar Jorge de 19, también fueron a la guerra. Los tres regresaron. A Alberto, el hijo menor, lo mataron en Bogotá y el mayor vive en el municipio de Jardín —al suroeste de Antioquia— con la barba hasta la cintura. Mario perdió un oído por los disparos en la guerra y posteriormente un riñón, por cinco disparos que recibió en su finca.

Nosotros no fuimos como deportistas en representación del país, fuimos a poner el pecho, a poner la vida por Colombia. 

A 35 kilómetros de allí, en la localidad de Rionegro, vive Libardo Hernández, a quien llamaban “pateola”. Cuando llegó de Corea pagó servicio en la policía y después se convirtió en comisionista. De su estancia en la policía recuerda que una vez en un derrumbe se le quedó atrapado un pie, y sus compañeros no vieron otra opción que halarlo con tal fuerza, que perdió tres de sus dedos. «Lo que no le hizo la guerra se lo hizo en la policía», comenta Maryori Hernández, hija del veterano soldado.Ramírez también forma parte de un grupo de tres veteranos a quienes apodan “Los Cuatro Mosqueteros”: León Gaviria, Jaime Cardona y Jesús Zapata, del municipio de La Ceja.


Mario Ramírez rememora las tres ocasiones en las que ha desfilado en el municipio de Guarne, una de ellas sin ningún otro acompañante. «La primera vez desfilé solo, la segunda desfilamos tres veteranos, dos uniformados y uno de civil; y la tercera desfilamos cuatro, todos uniformados. En uno de ellos le comenté a un compañero que la señora que organizó el desfile no había tenido la gentileza de decir siquiera “gracias por estar aquí”.  

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Como él, muchos otros veteranos sintieron el abandono moral y material desde su regreso a Colombia. “Empezando porque no nos daban empleo por venir de esa guerra. En vez de apoyarnos, nos desecharon”, anota con vehemencia. “En los municipios no tuvieron en cuenta que veníamos de esas tierras. Nosotros no fuimos como deportistas en representación del país, fuimos a poner el pecho, a poner la vida por Colombia. Tiene más auxilio un paramilitar que los veteranos de guerra».

El gobierno colombiano, pese a que en 1952 hizo su primer reconocimiento ceremonial a la labor de los soldados, tardó 48 años en aprobar un subsidio para los veteranos de la guerra, aunque esta subvención solo cobijaba a quienes se encontrasen en estado de indigencia, según la ley 683 de 2001.

Explica el historiador Carlos Gaviria —cuyo trabajo de grado acerca de la guerra fue laureado en la Universidad den Antioquia— que a finales de los 50 y comienzos de los 60, los soldados que habían quedado con algún tipo de discapacidad física o problema mental comenzaron a pedir un auxilio al gobierno por su servicio a la patria y se agremiaron en asociaciones para tener una voz unida frente al gobierno. En la actualidad, hay unas 5 o 6 asociaciones, pero llegaron a ser 10 o 12.

“Los veteranos llevan 50 años pidiendo un auxilio o ayuda que ha pasado por varios momentos. Durante el gobierno de Virgilio Barco, a través de la oficina de la primera dama, se repartieron algunos subsidios que después se suspendieron. Se han hecho no menos de 3 o 4 intentos por establecer una ayuda, pero hasta el momento no han prosperado. Después de haber tenido una participación tan brillante en la guerra de Corea, el auxilio del 2001 que los trata bajo el término de indigencia, les ha herido la visión que ellos mismos tienen de su participación», complementa Carlos Gaviria.

Sobre los reclamos al gobierno, Flavio*[1], veterano de la guerra, recuerda:La última vez que los veteranos solicitaron al gobierno un auxilio general fue en 2007. El 15 de julio de 2008 el gobierno devolvió al Congreso el proyecto de ley que pretendía modificar parcialmente la ley 683 de 2001, porque de ser extendido a otros pensionados «adquiriría connotación de un auxilio o donación a favor de personas de derecho privado (…), y resulta contrario al principio de igualdad porque no existe razón que justifique el tratamiento diferenciado frente a otros pensionados…», anota la objeción presidencial.

« Un día cualquiera me empapelé de mierda y fui a una notaría para que me dieran el certificado de indigente. Me vio la secretaria y me dijo: -¿usted con esa presencia va a ser indigente? Usted joven debió haber sido muy bonito, yo no le puedo dar ese papel. 

Había una señora atrás haciendo fila.

Le dije: -doctora, si usted fuera indigente y si tuviera sus tanguitas y sus brasielitos limpios, ¿no se los pondría todos los días? —eso no va en eso señor. —Yo soy un indigente y me gusta mantenerme aseado, si usted fuera indigente, ¿de todas maneras no se los pondría limpios? —No le puedo dar ese certificado señor. —Está bien, no me lo dé.

Todos en la fila se rieron.

Fui a otra notaría, pero antes me unté de más mierda. El olor era tan intenso que todo el mundo me quería sacar de allá, así que me preguntaron qué quería y yo dije “ahhhhhh, un papel”… —Vea denle eso rápido, dénselo; ¡váyase! Mandé ese certificado a Bogotá y me salió el subsidio. De eso vivo».

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Mario Ramírez recuerda que además del tema de la pensión, entre los veteranos que estuvieron en la guerra se han presentado algunas diferencias por haber sido de tal o cual división. «No, yo pienso que todos somos compañeros, no importa en qué relevo hayamos ido. Falta hermandad entre nosotros mismos», enfatiza.

«Además —complementa Maryori— los veteranos que llegaron a ocupar altos cargos menosprecian a otros compañeros diciéndoles: “miren estos tan viejitos”; se adueñaron de las ayudas de la embajada de Corea, ceremonias esporádicas, invitaciones… Muchas cosas se hacen por rosca».

Para Mario Ramírez, el gobierno coreano se ha manejado mejor que el colombiano. Incluso, en reconocimiento a sus esfuerzos, la Embajada de Corea del Sur en Colombia lleva cada año a sus tierras a algunos de los veteranos. Su compañero, León Gaviria, uno de los Cuatro Mosqueteros, viajó en 2013 a Corea con su sobrino: «En la estadía me enteré que de Colombia habían asistido 5 veteranos y de otros países 1.500 en total». «Sí —dice Ramírez— y es que de Antioquia han ido repitiendo las idas, han ido dos por año, por familia. “Lo justo sería que también llevaran a otros que estén en condiciones». Y agrega: «Yo le pido a la asociación de Bogotá (Ascove), que nos consideren a todos. Yo creo que todos los veteranos, desde el primer batallón hasta el último, somos de la guerra. Aquí no tiene por qué haber predilección ni elitismo; mejor es que pueda ver a un compañero de batalla, mirarlo a los ojos y decirle con las manos en alto: ¡hermano de guerra!».

 


[1] El nombre de la fuente ha sido cambiado para protección de su identidad.