A pesar de que Estados Unidos continúa en recesión, cada año unas 200 mil personas, que llegan de países tan remotos como Somalia o el reino de Bután, intentan meterse por los resquicios minúsculos que deja la patrulla fronteriza. Muchos mueren en el camino y alguien tiene que encontrar, recoger y enterrar esos cuerpos.

Por Alejandro Millán

 

Cinco años después, el mismo vacío en el estómago.

El sudor desciende, humedece. Estorba.

El sargento Thomas García es el oficial forense del condado de El Centro, un pueblo ubicado a  60 kilómetros de San Diego, donde cada año aparecen cuerpos sin vida en el desierto del Valle Imperial que limita con México. García lleva cinco años en el cargo y no ha podido evitar el vacío en el estómago con cada hallazgo. Hoy le pasa lo mismo con los restos que  tiene a sus pies: un par de costillas, el cráneo y segmentos de las extremidades. García se seca el sudor, son 45 grados de sensación térmica sobre el pellejo, el sol se refleja  en la arena, brilla, quema, mientras el viento sibilante y ardiente hiere el rostro. Es el fucking desierto.

- Era una migrante - sentencia García mientras señala los calzones y el brasier deshilachado sobre los huesos- Estaba intentando cruzar hacia Estados Unidos. No hay otra razón para que haya muerto en este lugar.

La migración ocurrió. De ese modo se pobló el mundo. De ese modo es que en Estados Unidos se habla inglés y en Bolivia español. Nadie dijo nada cuando Colón y sus hombres desembarcaron en Guanahaní. No había un nativo mal dormido y de mal genio esperándolo en la playa para pedirles la visa y sellarles el pasaporte. Mucho menos para capturarlos y deportarlos. En algún momento eso cambió.  Alguien se inventó las fronteras. Unos se volvieron ricos. Otros pobres y quisieron tener una mejor vida. Quisieron ganar ocho dólares la hora.  Multiplicar por ocho las posibilidades de tener una vida decente, considerando que toda esta devolución de favores históricos, a través del desierto como una dolorosa réplica del éxodo judío, no los va a llevar a dirigir Coca-Cola. Vienen a limpiar baños, a lavar platos, a parquear carros. Y a pesar de que con los años ya no se pagan los mismos ocho dólares, que los que se van son tantos como los que entran desde que Estados Unidos está en recesión, 200 mil personas al año, que vienen de países tan remotos como Somalia o el reino de Bután, continúan intentando meterse por los resquicios minúsculos que deja la patrulla fronteriza a lo largo de 3.141 kilómetros de una línea que ni siquiera existe físicamente. En el Valle de California, o sea, este lugar donde estamos, cada año 34 mil no lo logran.  90 personas son capturadas a diario.

Es como bien lo resumen los Tigres del Norte en su canción Somos más americanos: “Yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó”.

Al día, dos personas mueren bajo el sol del desierto o ahogados en el río Bravo y en el All-American Canal, una especie de represa con forma de río construida para surtir de agua al sur de los Estados Unidos.  Desde 1993, cuando se comenzó con la operación Gatekeeper y con la construcción del muro, 3.800 personas han fallecido en su intento de venir a Estados Unidos, unos 2.000, son desconocidos. Son NN.

Y alguien tiene que encontrar, recoger y enterrar esos cuerpos. Sobre eso se trata esta historia.

La Migra

En el interior de la oficina de control de la Patrulla Fronteriza de El Centro es donde se coordina toda la actividad de vigilancia en el desierto de esta región del sur del Estado de California. Es un edificio como cualquier otro, con sus despachos, su salita de reuniones, su recepción con recepcionista y sus escarapelas de visitante, con sus cuartos de retención de indocumentados, una hilera de salas que parecen peceras donde los capturados van de un lado a otro sin saber nada sobre su suerte. De pronto se detienen, observan a través del vidrio por unos segundos y vuelven a su paseo para paliar la espera. Mientras avanzo por los pasillos observo que las paredes están adornadas con cuadros que parecen extractos de un libro de autoayuda. Uno de ellos tiene la foto de un patrullero, libro de notas en mano y, de fondo y desenfocados, dos indocumentados recién capturados, mal vestidos y con expresión de orfandad desoladora. Abajo, una leyenda: “El éxito no tiene secretos: es trabajo duro y paciencia”.

En los cuadros siguientes colgados en las paredes de este edificio se repite la misma palabra: éxito.

En los últimos nueve años, bajo el liderazgo de los presidentes George W. Bush y Barack Obama la fuerza de la patrullera fronteriza se duplicó. En 2003, a raíz de los ataques a Nueva York y por una obstinación del gobierno republicano en reforzar su fronteras,  la convirtió en la mayor fuerza policial federal de Estados Unidos por encima del FBI y los alguaciles, con 20 mil elementos. Además no solo es el aumento en efectivos, sino en los recursos para la vigilancia como cámaras infrarrojas para detectar movimiento y en este momento se encuentra  un proyecto ideado en el Sillicon Valley  para enviar satélites del tamaño de un zapato, pero equipados con una cámara tan sofisticada que puede contar los indocumentados que pasan a diario por la frontera sin confundirlos con un arbusto. 

Es mediodía y aún adentro del edificio se puede percibir la violencia del sol. En una de las salas me encuentro con los patrulleros Adrián Corona y Armando García, uniforme impecable, quienes me miran a través de una gafas Oakley y se paran, mientras detallan la finalidad de mi visita, como si estuvieran en la mitad de una ceremonia militar. Ellos, oficiales encargados de la oficina de relaciones públicas de El Centro, me llevarán a dar una vuelta para conocer los lugares donde realizan su trabajo. Después de un par de minutos me conducen a una camioneta enorme, ubican una canasta repleta de agua fría y antes ubicarse y dejar todo en orden para iniciar la marcha, ponen andar el aire acondicionado antes que el calor del exterior no nos permita ni respirar.

Durante el viaje hacia la frontera, Corona me explica que la mayoría de los cuerpos los encuentran durante las jornadas de patrullaje que realizan a través del Valle Imperial. La razón es que las únicas personas que caminan por esos parajes son ellos y los migrantes que intentan cruzar la frontera. “Nos hemos encontrado de todo. Es penoso. Ese no es un lugar para que ande la gente caminando bajo este sol”. Despues narran sus métodos. Su metodología es simple, pero extenuante: buscar huellas. Cada patrullero tiene asignada una parte de la frontera en la que debe buscar rastros humanos, que por lo general son pisadas sobre la arena.

Al llegar al lugar el carro se detiene por unos instantes.

-¿Qué pasa?- pregunto.

-Es el cambio de turno- me explica Corona- Es el momento que la mayoría de los coyotes aprovechan para moverse. Para cruzar.

La mayoría de los cuerpos los encuentran durante las jornadas de patrullaje que realizan a través del Valle Imperial. La razón es que las únicas personas que caminan por esos parajes son ellos y los migrantes que intentan cruzar la frontera. 

Por el radio se escuchan algunos intercambios de voces. Después los oficiales conducen por encima del asfalto primero y después sobre la arena, mientras García continúa con la explicación de su trabajo. Antes de terminar el turno, cada patrullero debe entregar su zona libre de huellas, inmaculadas.

“Para eso amarramos unas llantas atrás de cada patrulla y vamos limpiando la zona”, señala el patrullero.

Cuando nos bajamos en la primera estación de este viaje, nos encontramos con las llantas y con unos de los patrulleros que acaban de terminar su turno. En una de sus manos lleva un par de espumas que le entregan a Corona.

-Todo vale- dice Corona- Utilizan muchos métodos. Uno es pararse sobre estas espumas  y avanzar sobre ellas. Otro es caminar sobre los pasos de los demás o caminar con los zapatos puestos en dirección contraria, para que pensemos que en vez de estar ingresando, se están yendo.

En esa búsqueda de migrantes vivos,  es cuando encuentran a los muertos, como por ejemplo el resto de huesos de aquella mujer que deberá revisar el sargento Thomas García.  Pero aquí llegamos a ese terreno gris del que surgen miles de acusaciones que apuntan directamente a la Migra, algunos cortesía ONGs o otros de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que denuncian  por ejemplo que en 2011 los patrulleros asesinaron a 17 migrantes mexicanos cuando trataban de pasar, lo que es a todas luces un uso excesivo de la fuerza y que no son para nada hechos aislados. De hecho la CIDH fue más allá y le exigió respuestas a Estados Unidos sobre el caso de Juan Pablo Santillán, quien murió en la ciudad mexicana de Matamoros el pasado 7 de julio a causa de dos disparos realizados por los patrulleros al otro lado de la frontera.

O por el contrario, también los acusan de ignorar información valiosa para rescatar a los inmigrantes con vida. Actualmente en los diarios ronda la historia de Idelfonso Martínez, quien fue encontrado muerto en el desierto de Arizona el pasado 25 de abril. La esposa de Martínez alega que los patrulleros no hicieron lo necesario para socorrer a su marido, quien había sido deportado dos meses atrás y, en su intento de regresar a Estados Unidos para reunirse con su familia, no soportó el infierno del desierto y se desvaneció. Que Isaac Jiménez, compañero de travesía, les avisó cuando fue capturado que habían dejado a un compañero atrás. Que los patrulleros no le hicieron caso. Que dos días después, cuando Jiménez fue liberado en México se pudo comunicar con la familia y que ahí sí, sí decidieron ir por él a ver si lo encontraban.

Pero era muy tarde. Sólo hallaron el cadáver insolado, que ya habían comenzado a roer los animales. Idelfonso Martínez dejó una viuda y tres hijos, quienes viven indocumentados en Estados Unidos. La familia quiere demandar. Y a ellos los quieren deportar.

“Lo dejaron morir peor que un perro porque somos mexicanos y como no tenemos documentos nos tratan de lo peor", le dijo a los medios Juana García, la viuda.

La mitad de los cuerpos de indocumentados hallados en esta zona son sacados de las profundidades de este canal.

En el caso de Santillán, los agentes afirmaron que fueron atacados con piedras y disparos desde el lado mexicano. Sobre lo otro, Corona dice que no es cierto. Niega que ellos dejen morir a los indocumentados  y me muestra por fin la razón por la que me han permitido este paseo por la frontera: enseñarme cómo ellos ayudan, con su equipo de rescatistas entrenados.

La primera estación es All-American Canal. Es una represa rectangular que va desde este punto hasta el río Colorado, unos mil kilómetros hacia el este. No aparenta ser la traga migrantes que los patrulleros me han descrito, más bien parece una piscina de aguas  mansas. Entonces comienza la demostración: uno de los patrulleros arroja al agua una especie de boya amarrada a una cuerda, grita algo en inglés que el inmigrante a punto de ahogarse deberá entender y después recoge la soga. “Nosotros sabemos que este es un punto crítico, la corriente es intratable. Sin embargo muchos de ellos no aceptan nuestra ayuda y prefieren nadar hacia la otra orilla y devolverse a México”, me dice Corona.

La mayoría de las veces devolverse significa la muerte. La mitad de los cuerpos de indocumentados hallados en esta zona son sacados de las profundidades de este canal.

El otro lugar es mucho más desolador: es el centro del desierto, amarillo, seco, solitario. El fin del mundo. Y es allí donde la Patrulla Fronteriza ha instalado un dispositivo de ayuda para los migrantes. Es una especie de  antena con un botón rojo. En un letrero escrito en un español espantoso y en inglés se lee lo siguiente: “ Para ayuda, oprima el botón rojo. La patrulla fronteriza tardará una hora en llegar. Permanesca (sic)  aquí”.Corona me dice que tardan menos de diez minutos. Pero de nuevo se repite la historia del All- American Canal, los inmigrantes prefieren arriesgarse a morir apabullados por el aliento demoledor de este desierto hirviente antes que apretar ese botón y rendirse. “Pocas personas han hecho uso de esta ayuda, es cierto”, dice el guardia.

Antes de regresar al centro de control, observo que del otro lado hay un cerro que tiene la imponencia de un volcán.

-Se llama El Centinela- responde Coronado, ya adentro de la camioneta, las boquillas del aire acondicionado resoplando aire helado en su rostro-. Desde allá nos vigilan los coyotes. Ese es su centro de control.

El Forense

-    Son los animales- dice indignado el sargento García- Si llegamos una semana después, sólo encontraríamos la ropa.

Sargento Thomas García, estatura baja, macizo -se parece a los detectives latinos de las películas, pero no habla una jota de español- se pone un par de guantes y comienza a escudriñar lo que ha dejado como sobras este lugar calcinante. La ropa está hecha jirones por los animales que la destrozaron con sus mandíbulas para acceder a la carne fresca y después para relamerse los huesos. El sargento lamenta profundamente no haber llegado antes. El procedimiento indica que apenas se encuentra un cuerpo sin vida, se debe localizar al oficial forense encargado de la jurisdicción, en este caso del Centro y él es la única persona autorizada para examinar los restos. El tiempo que pasa mientras que se encuentra un cuerpo en este lugar y García puede acceder a él pueden ser varios días. Por ejemplo para llegar a este rincón del desierto debió gestionar el préstamo de un helicóptero.

El sol no da tregua. En este lugar el calor es tan intenso, que es una atracción turística y una maldición a la vez. A unas 20 kilómetros de aquí, en Salton Sea, cinco décadas atrás un grupo de empresarios dedicados a los negocios inmobiliarios pensaron que podían crear otro un lugar de vacaciones como había demostrado, exitosamente, ser Palms Springs, ubicado a pocos kilómetros de aquí. Un refugio perfecto y barato para los “pájaros de la nieve”, como se le llama a las personas que viven en el norte del país y buscan lugares más cálidos para pasar el invierno. Para eso construyeron un enorme lago y vendieron los terrenos alrededor.  Sin embargo, no contaron con que el calor in extremis de este lugar aumentaría la temperatura del agua y extraería de la tierra elementos como nitrógeno, sal, oxígeno. De un momento a otro, el lago comenzó a tener corales, peces, vida. Comenzaron a llegar algunos alcatraces y pelícanos. Sin embargo, al verano siguiente, todos esos peces comenzaron a aparecer muertos en las playas del lago. El calor que había generado esa vida esta vez había hervido el agua de tal manera, que los peces no podían soportarlo. Morían a paladas y el hedor llegaba cada año hasta las inmediaciones de Los Ángeles. Los pájaros de la nieve emigraron a otros lugares. Salton Sea es ahora un pueblo fantasma embriagado por el pestilencia de los peces que mueren cada verano.

La Patrulla Fronteriza ha instalado un dispositivo de ayuda para los migrantes. Es una especie de antena con un botón rojo. En un letrero escrito en un español espantoso y en inglés se lee lo siguiente: “Para ayuda, oprima el botón rojo. 

Ese es el calor de este lugar.

Mientras avanza en el examen García sabe que con la osamenta restante es poco lo que puede saber sobre la mujer que tal vez fue abandonada por el grupo con el que intentaba cruzar la frontera. Antes, el oficial Adrián Corona, me advirtió que si alguien muere atravesando hacia los Estados Unidos desde México la responsabilidad penal es de las personas que lo ayudan a pasar a cambio de dinero: los infames “coyotes”, que por eso prefieren dejar a los débiles, enfermos o agotados atrás, abandonados cuando el cuerpo no da más. Queda claro que si caes, mueres. Si te desmayas, el sueño se esfuma. Y quedas a merced de los animales hambrientos.

El examen del cuerpo dura poco. El sargento García llena el formulario del levantamiento del cadáver con una sola palabra. Nombre: Desconocido. Edad: desconocida. Fecha del fallecimiento: desconocida. Causa de la muerte: desconocida. La inmigración a los Estados Unidos es un desconocido que se muere en el desierto, pienso. El oficial se enjuga de nuevo el sudor que le cae copiosamente por la frente, observa una vez más los rastros desordenados para encontrar aunque sea una pista y sólo encuentra un indicio en toda la escena: en una de las presillas del pantalón cuelga una llave. No es la  llave de una casa o de un armario, es más bien un relicario, oxidado por el efecto del sol y la arena. Es una llave con dos corazones unidos por una flecha. La llave para abrir un corazón tal vez, una llave que en el otro lado de frontera podría haber abierto la puerta de la felicidad o de la tranquilidad, vaya uno a saber, pero que era el único elemento, además de su ropa, que esa mujer llevaba encima. García le toma una foto y lo registra en el formulario.

“Tal vez, si llegaba al otro lado de la frontera, estaba su novio. O su esposo. Pero es que con estos datos, es posible que nunca vayamos a saberlo”, resopla el oficial.

El Centro es un lugar donde la gente se muere de vieja o suicidándose. La mayoría de las muertes violentes reportadas el año pasado en este condado del sur de California fueron suicidios. Después vienen los accidentes de tránsito y las muertes por herida de bala. Y allí, en el final de la lista, resaltado con rojo de impresora, están los indocumentados: 26 en el último año.

-Han disminuido- afirma García- en los últimos años el número se ha reducido casi a la mitad.

Un par de horas después nos encontramos en su oficina, refugiado en una especia de templo de aire acondicionado, el sargento García termina con los detalles en el informe. Con todos los cuerpos que encuentra trata de ser minucioso en su reporte, para que más adelante, con un detalle que puede parecer insignificante, se pueda lograr su identificación: un tatuaje, una cicatriz en los huesos que delate una lesión previa , una mancha. Después se toma la muestra de ADN, que se añade a la carpeta y se archiva. La oficina del sargento García parece el Manhattan de los archivadores.

Queda claro que si caes, mueres. Si te desmayas, el sueño se esfuma. Y quedas a merced de los animales hambrientos.

-No solo por la ubicación donde los hallamos sospechamos que son inmigrantes -sostiene García, mirando la información en una carpeta que ha ido a buscar para no equivocarse en ninguno de los datos que nos entrega-. También por las pertenencias que muchos llevan encima.

-¿Qué clase de pertenencias?

-Tarjetas de oraciones con santos. Imágenes de la virgen de Guadalupe-.

Y entonces nos abre algunas de las carpetas. No podemos ver sino las imágenes de los cuerpos que han encontrado en el último año. Son cuerpos desfigurados por la corriente del agua o saqueados por los animales. Y allí, al lado, los bolsos, los zapatos, el santoral, pero ni un documento de identificación. Allí García nos explica que los coyotes le roban los documentos como garantía para que no los delaten cuando alcancen su objetivo. Por eso reconocerlos es casi imposible.  Por esa razón es que después de estudiar el cuerpo con rigor, el forense debe entregarlo a la oficina pública del condado de esta pequeña ciudad, El Centro, ubicada a 118 kilómetros de San Diego y a 48 kilómetros de la frontera, quienes a su vez deciden qué hacer: si enterrarlo o cremarlo si nadie decide reclamar el cuerpo.

-Pero si los creman ya no los pueden identificar-.

El sargento García se acomoda la placa que cuelga de su cinturón. Ya no se seca el sudor, sólo ordena el reguero de carpetas que hay sobre la mesa y responde:

-Bueno, para eso es la información que recopilamos. Para que si la familia los busca, quizás, los podamos encontrar. Eso, si los buscan…

Lo cierto es que cremar los cuerpos le sale más barato al condado que enterrarlos. Me contará Chuck Jernigan, el superintendente del cementerio Terrace Park, donde son llevados los cuerpos no identificados que son hallados en el desierto, que la inhumación de un cuerpo que debe pagar la oficina pública cuesta alrededor de mil dólares. Una cremación puede resultar cuatro veces más económica. Me contará que pasaron de tener un promedio de 24 entierros al año  a sólo uno en lo que va de 2012. Si algún doliente decide  buscar un familiar desaparecido, deberá entenderse con las carpetas del sargento García y si tiene suerte, si después de atravesar esta maraña de legajadores y exámenes logra hallarlo, identificarlo y decide expatriarlo, lo que le entregarán será un montón de cenizas.  

El Cementerio

Estoy esperando a Enrique Morones. Me ha dicho que nos encontremos en Holtville, pueblo vecino que está a diez minutos de El Centro. Que no tarda. Viene desde San Diego con un grupo de estudiantes y han parado en el desierto para dejarles unos recipientes con agua a los indocumentados para que no se mueran de sed en el camino. Yo lo espero en una cafetería donde, entre otros platos, puedo reconocer una torta de jamón a 4 dólares. No puedo evitar pensar en el Chavo del 8 y todo lo que tuvo que hacer para probarla. Y aquí está, a solo cuatro dólares de distancia.

Sin embargo esperar en este lugar es una sentencia de muerte, el aire hirviendo no tiene piedad de nadie. Ni en la sombra. Holtville es un pueblo pequeño, de unos 6.500 habitantes,famoso porque hace algunos años era el lugar de una legendaria celebración de la zanahoria y donde Enrique Morones me ha citado porque acá está ubicado Terrace Park, el cementerio donde están enterrados los 600 cuerpos que el forense del Condado no ha logró identificar durante los últimos años.

Después de una hora, Morones llega. Parece que no hubiera dormido nunca, el pelo gris le baila en la cabeza, los ojos vidriosos, el rostro opaco. Tiene una camiseta verde estampada con la leyenda: “¿Deportarías a Jesús?”. La camisa, que tampoco parece haber dormido mucho, resume el espíritu de su lucha o sus luchas que se resume en que Estados Unidos trate a los migrantes como seres humanos. Como si ellos fueran una réplica de Jesucristo. Cuando nos encontramos me saluda con respeto, pero con prisa y de una vez me conduce al cementerio de Terrace Park, en las afueras de Holtville.

El lugar donde están enterrados los NN que el condado ha recogido del desierto o rescatado de las profundidades del agua está ubicado en el patio trasero de Terrace Park. Es una planicie de barro seco, con unas 50 hileras de cruces y ladrillos. Las cruces las pone Enrique cada mes con sus estudiantes y, además de estar pintadas con colores festivos, tienen la frase “No Olvidados”. Los ladrillos, los pone el cementerio y dicen “Joe Doe” para los hombres, “Jane Doe” para las mujeres. Y un número. Mientras en la parte frontal del memorial hay diez aspersores de agua humedeciendo este suelo imposible para que crezca una pelusa de hierba, aquí pasan un rastrillo cuatro veces al año, dice por lo bajo el cuidador Martín, encima de la cuatrimoto que impulsa el rastrillo.

 Muchos de los últimos cuerpos enterrados aquí murieron en su intento de reingresar a los Estados Unidos.

-A mi me dieron la orden de pasarle el cepillo porque venía la prensa- dice, pasito, como si estuviera revelando un secreto- Cómo esto no da plata, aquí no hay agua.

Durante años, los cuerpos que hallaban antes de la operación Gatekeeper y que eran pocos, los iban enterrando en el cementerio de El Centro. Sin embargo, la construcción del muro aumentó la cantidad de inmigrantes que ya no sosportaban el extenso camino para evadir el cerco de los patrulleros. El número de cuerpos hallados fue creciendo. El cementerio de El Centro quedó pequeño. Pensaron en un rincón del cementerio de Terrace Park. Empezaron con 20 en 1997. Vamos en 600.

A Martín parece que el sol no lo afectara: a pesar que lleva trabajando toda la mañana, su expresión es de una frescura irrebatible. Martin lleva 27 años trabajando en el cementerio de Terrace Park. Es mexicano. Es inmigrante. A los pocos días de llegar a Estados Unidos empezó como ayudante del cementerio. Su labor, además de poner en orden este rastrojo de tierra seca, es la de enterrar los cuerpos que el Condado trae.  Martin me muestra los ataúdes donde son enterrados los no identificados arrumados en un rincón del lugar: son unos cajones enormes hechos de cemento donde deben caber tres cuerpos por unidad. Por esa razón la única advertencia  que hay en esta especie de fosa común es la de caminar con cuidado porque la tierra se hunde. Martin explica que la razón es que la tierra es tan pobre que el peso de los sarcófagos deja muchos huecos debajo del terreno.

A lo lejos, al lado de una camioneta Ford 150 me espera el inspector del cementerio, Chuck Jerningan, fumándose un puro y al que no le agrada mucho mi conversación con su empleado. De hecho, mientras hablo con Martín, recibe una llamada de Jernigan quien le ordena que se encargue de limpiar la parte delantera.

Mientras me acerco sobre el aire pesado cabalga un fuerte aroma de loción mezclada con tabaco.  Jernigan es alto, robusto, tiene un parecido a Paul Tetaul Sr., el del programa de motocicletas de Discovery Channel. Es un ex policía del condado del Centro, que hace cinco años, después de retirarse del servicio decidió optar para un cargo público. En ese reparto le tocó la administración del cementerio.

-Aquí están enterrados aquellos que no pueden pagar un sitio en el cementerio y los no identificados - explica- Lo que nosotros hacemos es ubicar de la mejor forma posible los cuerpos que nos llegan del Condado, pero aquí la tierra tiene mucha sal y no podemos hacer que crezca nada.

Sobre el bigote poblado de Jernigan se mezcla el humo del cigarro y confirma lo que parece ser un hecho ineludible: la reducción de cuerpos enterrados en los últimos años. Aunque eso afecta su economía, tiene clara las razones por las que está sucediendo el fenómeno “Son varias las causas, como por ejemplo que la economía no anda bien. Además, el refuerzo de la seguridad en la frontera tiene mucho que ver”. Y a la pregunta de si alguna vez han venido a reclamar un cuerpo, dice que no conoce ningún caso y a la pregunta de por qué cree que ocurre eso.

-No lo sé- responde - No podría decírselo.

La entrevista termina y Jernigan se marcha, no si antes darme la mano para decirme que está a la orden para lo que se me ofrezca, Martin se acerca de nuevo y decide ayudarme con la respuesta de la pregunta que le hice a su jefe un par de minutos antes:

-Eso casi nunca ocurre -confiesa Martin- los familiares a duras penas tienen plata para sobrevivir en su país. Desenterrarlos cuesta 4.000 dólares. Imagínese, hemos hecho una sola exhumación en los últimos seis años.

Después de estar una hora en este peladero la piel se seca y los ojos comienzan a arder. Si alguna vez he tenido la concepción concreta y física de la palabra enemigo ha sido con el viento de este lugar. A la entrada de la fosa común, Enrique reúne a los muchachos, les cuenta la historia que todos conocemos y sigue con una oración. Enrique baja la cabeza, toma de las cruces y se queda en silencio por unos segundos. Su fundación, Ángeles de la Frontera, que inició hace ya 26 años,  se empeña en lograr una reforma migratoria que legalice la residencia al menos 7 millones de indocumentados hispanos que se estima viven en este país. Nada más y nada menos. Y a la vez, mientras hace marchas y se rebusca reuniones en Washington con políticos influyentes para impulsar la reforma, se pasa la otra mitad de su vida caminando por este desierto con alumnos de distintos colegios de California y Arizona para que vean con sus propios ojos  y sientan en su piel el infierno que deben atravesar los migrantes.

-Estos seres humanos que están aquí tienen que descansar en paz y todavía no lo hacen -dice-. Sus mamás no saben dónde están, si lograron pasar, si están muertos, si están en la cárcel. ¿Cómo es posible que los traten como si no fueran seres humanos? Ya fueron discriminados en vida y eso sigue después de muertos.

Y Enrique me introduce en otro tema: deportación. La palabra de moda. Muchos de los últimos cuerpos enterrados aquí murieron en su intento de reingresar a los Estados Unidos. En los últimos tres años se ha deportado a un millón de personas, una cifra récord del gobierno actual en comparación con administraciones anteriores. Y la mayoría de ese millón son como Idelfonso, con familia en Estados Unidos a la que no quieren abandonar. Aunque los números confirman un descenso en la inmigración ilegal, lo cierto es que casi el cien por ciento de esos deportados quiere volver: ya han hecho su vida y la mayoría dejó a su familia en este lado de la frontera.

-Cruzar se ha vuelto más difícil -advierte Enrique, mientras se humedece el rostro-. Muchos de los deportados no están preparados, quieren volver para reunirse con sus familias y se exponen a riesgos que normalmente evitarían. Lo arriesgan todo pensando que todo será como cuando cruzaron originalmente.

Finalmente los muchachos cambian las cruces viejas por las que han traído ellos, algunos que son judíos ponen piedras pintadas. Enrique les recomienda caminar con cuidado porque los cuerpos están tan mal enterrados en esta tierra sin pasto que en cualquier momento el suelo puede ceder.

Al final se marchan y, al mirar hacia atrás, uno se puede hacer una idea clara de lo que es la soledad: barro seco, un ladrillo y una cruz pintada de colores. Huesos que esperan hasta la próxima visita. O hasta que los identifiquen y los vengan a sacar de las entrañas del calor y del olvido.