Ser residente en otro país no solo implica un cambio extremo de escenarios y paisajes, sino también y principalmente un cambio de percepción. Reflexiones de una colombiana sobre una ciudad que tanto atrae a los extranjeros.

Por Manuela Bustamante

La tarde del 13 de Junio de 2011 mis pies pisaron por primera vez el viejo mundo y dos meses más tarde pensaba en qué tan empañados tenemos los ojos cuando hemos vivido la vida entera en un solo lugar.

Y saber que hay tanto por ver más allá de las montañas, tanto por entender. Hoy, como uno de los millones de habitantes de esta multicultural e inmensa ciudad llamada Londres, me pregunto si será solo cosa mía o si todo extranjero pasará también por esta etapa de reconocimiento cultural de sí mismo en la que yo me encuentro ahora, luego de dos años de habitar este lugar. 

Por un momento los sonidos se asemejaron a una radio estropeada que fusionaba lenguajes, acentos, entonaciones y voces carentes, para mí, de coherencia.

Recuerdo que antes de dejar Colombia varios amigos y conocidos coincidieron en una misma idea: “Allá todos son rubios, altos y ojizarcos”, decían.

Estaban muy equivocados. Londres, como Nueva York, es universal. Y solo pude comprobar la magnitud de esta palabra una mañana del mismo año cuando me dirigía a la Academia en el bus de rutina. Había olvidado los audífonos con los que solía escuchar música, así que no tuve más remedio que analizar lo que veía a mi alrededor. Me di cuenta que la mayoría de personas que viajaban conmigo en el vehículo eran extranjeras, afirmación que deduje no solo por sus físicos definitorios sino también por la forma en la que se comunicaban. Por un momento los sonidos se asemejaron a una radio estropeada que fusionaba lenguajes, acentos, entonaciones y voces carentes, para mí, de coherencia.

Esta mezcla cultural me pareció tan notoria y extrema que al final se tornó absurda. Fue este el momento en el que mi mente originó el pensamiento que me motiva a escribir: en esta ciudad todos habitamos, pero no pertenecemos a ella.

Es precisamente este asunto, de habitar y no pertenecer, el que me ha llevado a concentrar mi atención en la historia, que aunque siempre me había cautivado, jamás me había seducido tanto como ahora lo hace la de mi país y la de mi continente; la de mis Ancestros. No he encontrado aún la justificación exacta para tal fascinación; supongo como mencionaba, que tal vez es el resultado de ser un inmigrante más lo que hace que me sienta ajena al lugar y que mi alma pida a gritos un poco de familiaridad. Me pide también que reviva con detalle aquello de donde vengo, aquello que hace mi piel de este color y mi cuerpo de esta forma; aquello que me hace hablar este idioma y no otro diferente, pues así inconscientemente me aferro a memorias que me conceden algo que no poseo: el pertenecer.

El relato que cuenta la historia de mi continente está lleno de sufrimiento. En 1492 exploradores españoles descubrieron estas tierras preciosas como resultado de un intento fallido por encontrar la ruta más apropiada para llegar a Asia. De igual forma, tuvieron su primer encuentro con extraordinarias culturas, hoy en día casi extintas. Consecuentemente vivieron con ellos tomando ventaja de la producción de sus tierras y adueñándose de sus mujeres.

Supongo como mencionaba, que tal vez es el resultado de ser un inmigrante más lo que hace que me sienta ajena al lugar y que mi alma pida a gritos un poco de familiaridad. 

En su segundo viaje a América, Cristóbal Colón pretendió instalar un sistema feudal semejante al usado en la Europa medieval, el cual permitiría comerciar con los indios el oro que producían sus propias tierras a cambio de irrelevantes ornamentos europeos. Después de haber puesto en práctica el método por algún tiempo, los nativos se negaron a regalar su oro bajo sus condiciones. Su determinación de prevenir este sistema artificial y sin sentido solo trajo abuso y explotación de muchos pueblos, que fueron agredidos y obligados a entregar el metal en contra de su voluntad.

Muchos pueblos indígenas fueron arrasados por la ambición de los colonizadores. De los tres millones de nativos que habitaban los territorios de Las Bahamas, Santo Domingo y Cuba, 27 años mas tarde solo sobrevivían menos de diez mil. Esto, sin tener en cuenta siquiera las devastadoras estadísticas en el resto del continente, y en especial el territorio que ahora ocupa mi país. Sus muertes tuvieron diferentes causas. Precarios hábitos alimenticios, en adición a la excesiva labor física, hicieron las defensas de sus cuerpos tan frágiles que les fue imposible defenderse de las epidemias y enfermedades que llegaron con los usurpadores. Aquellos que lograron sobrevivir decidieron que tenía más sentido quitarse la vida que vivir en un mundo injusto y sin piedad. Otros consideraron no solo quitarse la vida sino también acabar con la de sus hijos en un intento por liberarlos de aquella vida miserable.

Además del oro, la religión fue otra razón importante para conquistar el nuevo mundo. De acuerdo con las tradiciones medievales, la labor de los españoles consistía en convertir aquellos seres  “sin alma” en máquinas de recitar evangelios. Incluso, por orden del papa Alejandro VI, la misión se fundamentaba en esclavizar a los nativos con el fin de cumplir su conversión a la cristiandad. La tarea había sido especialmente designada para América Latina y los conquistadores habían accedido a hacer lo que fuera necesario para cumplirla a cabalidad, así esto significara la inclusión de las peores atrocidades y barbaries. Actualmente estas culturas penden de un hilo, casi nunca son tomadas en consideración por las políticas modernas y viven en las peores condiciones.  

Pertenecer es una necesidad humana y esa sensación es precisamente lo que yo mas extraño de mi país.

Hoy por hoy, con solo unas pocas comunidades repartidas en todo el continente, el mundo en el que vivimos ha sido claramente despojado de conocimientos  extraordinarios y riquezas culturales de invaluable valor. Es esto justamente lo que aumenta mi motivación en defender su existencia; me hace ilusión pensar que lo poco que queda de sus músicas, dialectos y arte pueda continuar subsistiendo por mucho tiempo en este planeta.

Este pasado cultural, del cual yo vengo, despierta en mí un sentimiento nacionalista que finalmente me impulsa a pertenecer; un relato que aunque desafortunado, fortalece los lazos que me atan a una historia en común y a una lengua propia. Por eso ahora, cuando han pasado más de dos años de vivir en Londres, estoy cada vez más convencida de la importancia del nacionalismo cuando se habla de cohesión social e identidad. No como doctrina generadora de exaltación y fanatismo, posturas extremas que en la historia de la humanidad solo han ocasionado guerra y dolor; pero sí como motor de una sociedad que se aparta del individualismo para edificar una sociedad que en conjunto es nación.

Pertenecer es una necesidad humana y esa sensación es precisamente lo que yo mas extraño de mi país.