Me miré en el espejo y le dije a esa mujer desaliñada, cari lavada, de camiseta blanca y jeans rotos: -Hoy te llamarás Sandra, serás una taxista nueva pero no novata, y no entrarás a esta casa sino tienes, como mínimo, 100 mil pesos (unos 50 dólares) en el bolsillo.

Por Alejandra Agudelo

Son las siete de la mañana y está lloviendo. ¡Qué suerte la mía! -pensó Sandra-. En Medellín, cuando llueve, la gente prefiere tomar un taxi que esperar un bus. Además es el momento perfecto para coger las carreras de los afanados trabajadores que comienzan su jornada a las 8 a.m. Con este buen presagio, tras un fuerte suspiro, sacó las llaves del bolsillo y abrió el taxi; se acomodó en la silla tratando de estirarse para verse más grande, se echó la bendición y le pidió al de arriba que además de agua llovieran carreras.

Antes de arrancar, ensayó el taxímetro, alistó sus provisiones: un tarro de agua, una bolsa de almendras y un dulce abrigo. Revisó el nivel de gas y sintonizó la emisora de los taxistas play: La W. Mientras Julio Sánchez Cristo hablaba de la “conchudez” de los congresistas colombianos que cobran elevados salarios sin asistir a las sesiones, Sandra pensaba en el dinero que debía realizar durante ese día:  75 mil pesos para liquidar al “patrón”, 10 mil pesos para tanquear gas, ocho mil de lavada. Todo eso sumaba 93 mil pesos (unos 47 dólares), más su pago que no debería ser inferior a 25 mil pesos, lo equivalente a 13 dólares.

-¿Hacia dónde voy? -se preguntó.

- Hmmmmmm. Ni idea, una taxista nunca tiene su destino marcado –respondió al instante.

Pero todos los caminos conducen al centro, se dice en lenguaje popular. Tomó la concurrida Calle Colombia y luego la Calle San Juan hasta arribar al Centro Administrativo La Alpujarra. El primer error de novata lo cometió al ingresar por la entrada de los carros oficiales, por donde sólo pueden pasar los altos funcionarios del gobierno municipal y uno que otro taxista despistado. Nadie se dio cuenta, ni siquiera los guardas de tránsito.

“Los azules”, como suele llamarse en Medellín a los agentes de la Secretaria de Tránsito, le despiertan muy poca empatía a Sandra. Para ella son como pescadores de infractores esperando a que cualquier desafortunado muerda la carnada. Los esquivó todo el tiempo. Mientras tanto, observaba a los hombres que lucían corbatas baratas y que saludaban a los empleados públicos y políticos con un adulador: "¡doctorísimo!"

En un momento de trance donde la imaginación hizo de las suyas, Sandra vio salir al alcalde de la ciudad, Aníbal Gaviria, afanado y algo irritado porque se le había varado su carro oficial. El mandatario alzó la manó y le preguntó a la taxista: -¿Está libre? Sandra ya se estaba imaginando la caravana de escoltas detrás de su taxi.

¿Cuánto costará una carrera oficial para la primera autoridad del Municipio? Y qué tal si fuera Fajardo, el gobernador de Antioquia, quien en un acto de rebeldía  decide cumplir su agenda en taxi para demostrar su cercanía con el pueblo? -¡Ahí sí me hago el día de una! -dijo.

Un pitazo de una azul hizo aterrizar a Sandra de su película mental.

Eran las 8 a.m. y la primera carrera del día pudo haber sido la de una rubia que se encontraba parada debajo del puente de Carabobo, de no ser porque Sandra en ese momento tenía sus ojos clavados en el paquete de almendras que guardaba en la gabeta. Cuando se percató de la usuaria, el colega robusto que venía detrás ya tenía las estacionarias prendidas y la pasajera estaba abordando.

-¡Qué rapidez la de estos colegas! No me puedo desconcentrar ni un segundo! - dijo. Entonces decidíó probar suerte en el acopio del centro de mercado La Minorista. Allí había más de 20 taxis esperando una carrera. Los pasajeros salían con bultos de mercado que los alentados taxistas ayudaban a acomodar en las maletas de sus autos. Esta observación espantó de inmediato a Sandra, quien a duras penas tenía la fuerza para maniobrar la cabrilla mecánica del taxi.

Eran las 9 a.m y no había hecho ni para el tinto (que en Colombia equivale a un café). Por azar llegó al acopio del Hospital General, donde solo había una fila de cinco taxistas. Sandra se bajó y se sentó en unos asientos de cemento donde los colegas estaban conversando y tomando tinto. Uno de ellos, el más gordo, que luego se le presentó como Guille, le ofreció un tinto. Aunque nunca toma café, aceptó.

-¿Cuánto llevás con el taxi? -preguntó Guille.

-Un par de semanas -respondió indiferente Sandra

- ¿Cuánto liquida?

- 75 mil, ¿y vos?

-85 mil para el patrón y 40 de gasolina, por eso trabajo de 5 a.m. hasta las 11 p.m. diario –dijo el hombre en tono quejumbroso.  -Oiga, mona, ¿y ese carro es a gas?

- Si, ¡por suerte! -dijo Sandra con tono enérgico.

- Y hasta qué horas trabaja hoy?

-No sé. Hasta que me haga la liquidación y unos 20 mil de más. Creo que tipo 9 p.m.

-¡Sí, mona! No vaya a trabajar hasta muy tarde, que la ciudad después se vuelve muy peligrosa, y de todas formas ustedes son mujeres. ¡Muy berraquita usted!

- ¿Por qué decís eso? ¿Le ha pasado algo malo en el taxi?

- Pues me han atracado un par de veces; es que uno no sabe quién se le monta.

¡Vea el miércoles!, cogí una carrera de  una vieja que salía de un motel y cuando la llevé  al Popular 1 nos estaba esperando el noviecito que era un traqueto del barrio y de una la cogió a cachazos.  Le pegaba por todas partes con el arma. A mí me amenazó que si no le contaba donde la había recogido me mataba. Yo le dije que en Manrique Central porque donde le diga que en un motel del centro no la deja viva.

-¿Y en la noche, cómo le va?

-¡Aquí uno ve unas cosas! Borrachos, prostitutas, travestis, también gente que sale de trabajar a esa hora; marihuaneros, de todo, mona, de todo. Y qué me dice de las niñas de la noche (señala hacia San Diego, la zona donde se ubican las prostitutas), se le sientan a uno adelante y empiezan a sobarlo y cuando vamos llegando dicen: "No tengo plata, usted verá como quiere que le pague". Por eso es que este gremio está tan desprestigiado. ¡Muchos de mis colegas se dejan pagar en especie! Ahí es donde los pillan “mal parqueados”.

Una sensación física obligó a Sandra a cambiar radicalmente el rumbo de la conversación:

-¡Oíste, Guille!  Y cuando les da ganas de ir al baño, ¿qué hacen?

 -Vea, ahí en la "Cafeteria de Lujo" nos dejan entrar gratis, o si no la pelada del Coomeva.

Sandra se dejó tentar por el nombre de la cafeteria, que de lujo no tenía sino el nombre.

Al regresar del baño, se quedó mirando a Guille. Parecía ser un hombre noble y, aunque aparentaba más o menos 40 años y un peso de por lo menos 120 kilos, se reía y movía como un niño. Su mirada era tímida y esquiva. Pocas veces esos ojos de un verde pálido miraban de frente, pero Sandra notó en una ocasión que unas diminutas grietas rojizas les daban la apariencia de un cristal quebrado, así como son los ojos agrietados de la gente que no duerme ni vive bien.  Llevaba puesta una bermuda de jean, una camiseta roja forrada que dejaba ver la parte inferior de su monumental barriga. Mientras sorbía el cuarto de los 30 tintos que acostumbra tomarse cada día, salían del hospital unas pacientes que le  preguntaban a Jorge, el de la 278, que se encontraba delante de Guille, si estaba libre.

Cuando un taxista coge una carrera, los demás de la fila tienen que mover el carro, mejor dicho, arrastrar el carro con sus fuerzas para ahorrar combustible e ir avanzando. Sandra no se había percatado de esta costumbre del gremio hasta que escuchó al de la 455: ¡Hey, mona! ¡La de la 618, mueva pues el carro!

Sandra pesa un poco más de 40 kilos y mide 1.55 metros. Un taxi puede estar pesando aproximadamente una tonelada. Seguramente los taxistas hiceron estos cálculos y por eso clavaron sus ojos sobre ella. Pero en estas situaciones ser mujer y tener cara de niña es una ventaja. La angustia terminó cuando Guille se le  adelantó a Sandra y con su mano derecha tomó la cabrilla y con la izquierda el marco de la puerta y empezó a empujar,  con sus 120 kilos de peso, esa tonelada amarilla. ¡Lleva 20 años haciendo lo mismo!

Pero nada es duradero. El próximo en coger carrera fue Guille. Antes de irse, le regaló a la taxista una manga para proteger el brazo izquierdo del sol.  Jamás volvió a verlo.

La primera carrera

¡Por fin le tocó el turno a la mona del 618!

Eran las 10 a.m. cuando Sandra escuchó la pregunta clave:

-¿Está libre?

- Por supuesto- contestó ella con tono irónico.

Era un hombre de unos 30 años, rapado, con cejas tupidas y ojos hundidos.   Tenía puesta la camiseta de la Selección Colombia y estaba comiendo "choclitos". Se montó adelante.

- ¿Para dónde vamos? -preguntó Sandra mientras encendía el taxímetro.

-Cerca de las Torres de Bomboná; hágale, yo le digo. ¿Y cómo va el trabajo? ¿Llevás mucho manejando? -preguntó el hombre sin disimular la curiosidad.

-Hoy está suave. Llevo un par de semanas.

-Y usted está enfermo o tiene a alguien en el hospital? -preguntó la taxista para cambiar de tema.

-Me dio un dolor en la parte de atrás de la cabeza y se me fueron las luces, estaba trabajando y decidí venirme pa' urgencias. ¡Pero esta salud de este país es cada vez peor! Me dijeron que no tenía nada, que pidiera una cita después y me despacharon- dice enfadado.

El taxímetro marcó la carrera mínima ($4.600). El usuario sacó de su bolsillo un billete de cinco mil pesos y le dijo: -Déjelo así, que te vaya muy bien, ¡sos una berraca y se te ve una tranquilidad!

¡Cuando empiezas con la primera ya no hay quien te pare! -se dijo Sandra mirándose la cara de felicidad a través del retrovisor. Mientras daba vueltas por el centro comenzó a observar que el brazo izquierdo y la piel de la pierna que el roto del jean dejaba al descubierto, estaban más oscuros que el resto del cuerpo. Se acordó de la manga que le había dado Guille y decidió ponérsela. A partir de ese momento pudo apoyar su codo doblado en la ventanilla izquierda, como suelen hacer los taxistas veteranos.

Exhibiendo su manga por las calles de la ciudad se sintió más taxista que nunca. Es más, empezó a ver toda la ciudad amarilla. Probablemente esta percepción visual se incrementó gracias a los fuertes rayos del sol que hacían hervir el vehículo, así como al filtro amarillo de sus gafas y a los cientos de fanáticos de la Selección Colombia que lucían sus camisetas amarillas por todos lados -ese día Colombia jugó frente a la Selección de Chile por las Eliminatorias al Mundial Brasil 2014-. En cada semáforo una cantidad de vehículos amarillos esperaban ansiosos la luz verde. Sintió una extraña sensación de solidaridad, de identidad y, sobre todo, de seguridad al pertenecer a un grupo mayoritario, a un gremio visible.

En Medellín la cifra de taxis supera los 20 mil.

Foto El Espectador. 

No es para menos, Medellín es una de las ciudades con mayor número de taxis en Latinoamérica, en proporción con el número de habitantes. La cifra supera los 20 mil autos, según cifras publicadas por un diario local a principios de año. La sobreoferta de taxis se debe, en gran parte, a la falta de políticas que regulen y organicen el transporte público en la ciudad; a la piratería (carros particulares), al transporte informal, a los carros gemelos (debería salir un vehículo de circulación para chatarrizar, pero en cambio siguen funcionando dos). También entra en juego la dudosa asignación de cupos, que muchas veces funciona como un negocio para pagar favores políticos. Estas irregularidades hacen que se aumente la competencia, y que los taxistas deban trabajar -por ejemplo como Guille- durante más de 15 horas diarias sin contar con las mínimas condiciones de seguridad social propias de un trabajo digno.

El rebusque. No da la liquidación

Eran casi las 11 a.m. cuando Sandra empezó a sentir angustia y cierta frustración al mirar el único billete de 5 mil pesos que nadaba solitario en la cajita del dinero. Decidió entonces probar suerte en el acopio de la Clínica Saludcop. Lo primero que notó fue que la calle no era plana y que para correr el carro el esfuerzo era mucho mayor. Una ambulancia salió de la clínica afanosamente y el médico alterado, al ver que los taxis obstruían la salida, miró a Sandra y le gritó:

-"¡Ustedes si que estorban!"

Después del regaño, la taxista cerró el auto y se bajó a comprar agua.  Este gesto no fue bien recibido por sus colegas. Uno de ellos le gritó: -¡Mona! ¿Usted está trabajando o no?

- ¡Claro!, no estoy haciendo pues la fila? -respondió segura.

- Entonces, ¿por qué cerró el carro? -preguntó el colega levantando sus manos

Sandra entendió que para ellos era un acto de desconfianza.

Para arreglar el asunto, la taxista se quedó conversando con sus colegas sobre el tema de los acopios.

- Vea mona, en algunos acopios usted no se puede parquear porque hay acuerdos con las empresas; por ejemplo en el Éxito, en Clofán, en Saludcop de la 80, en el Pablo Tobón. Claro que en este acopio siempre somos los mismos. Pero fresca, cuando quiera viene que aquí la dejamos coger carrera.

Y sí, salieron dos mujeres humildes, tímidas y muy respetuosas.

-Señorita, me lleva por favor a la 30 con la 45.

-¿Ustedes saben llegar? -preguntó Sandra.

- No, nosotras somos de Sonsón -un pueblo del Oriente lejano- pero eso es por La Milagrosa, aquí cerquita -dijo una de ellas.

La taxista pidió un momento y le preguntó al del 786 dónde le daba la dirección.

Al parecer Sandra no entendió las indicaciones de su colega, además Ayacucho estaba cerrada, de modo que llevó a las sonsoneñas de excursión por el centro de la ciudad y ellas ni sospecharon que la taxista estaba perdida. Venían embelesadas conociendo la capital. Una de ellas le decía a la otra: -Mirá ese palo de mangos tan tupidito... ¡Ay, que rico que estuvieran maduritos para subirse a cogerlos!

La carrera marcó $6.800 pero Sandra les cobró 5 mil.

Las mujeres al bajarse le pidieron que esperara un momento porque no estaban seguras de haber acertado con la dirección. Al cabo de unos minutos se devolvieron. –Señorita, mi Dios le pague, aquí sí era.

El repunte internacional

Luego llegó la tercera, la cuarta y la quinta carrera. Todas de 5 mil. Cada carrera era una historia. Que la mona que peleó con el novio y ya no sabe si va a ir a la celebracion de sus quince años; que la niña que está furiosa porque no puede verse el partido de fútbol... No hay otra persona que aprenda a escuchar tanto como un taxista.

Iba pensando Sandra en todas las historias que le contaban, cuando le puso la mano un hombre alto, de unos 50 años, con bermudas, gorra y chanclas.

- ¡Hello! Please, llevarme a Santafé.

Por unos segundos Sandra pensó en Santa Fe de Antioquia, en el Barrio Antioquia, hasta que el gringo al notar la confusión de la taxista le dijo: -Shopping center.

Ahh! Off corse -respondió Sandra con fluidez.

 -Mirar near mirror, i dont pay all. Mucho dinero

¿What?

La taxista no entendió nada, hasta que miró el taxímetro. Sin arrancar la carrera del gringo ya marcaba 19 mil pesos. Con razón estaba alegando, se dijo.

-Sorry Mr., i forget apagar taxímetro.

Estában tomando la Avenida Las Vegas, cuando Radamel Falcao, la estrella de la Selección Colombia, anotó el tercer gol después de la resurrección -en el primer tiempo Colombia perdía 3-0-. La anotación encendió la euforia de la gente en las calles y los taxistas que no tenían otra forma de celebrar empezaron a pitar. Sandra se unió al festejo y empezó a pitar. Inmediatamente el gringo se acercó al asiento de la conductora y con voz suplicante y haciendo un gesto con sus manos, como apagando fuego, decía: 

-¡Calm down ! Calm down! Please!  Ustedes colombianas ser ruido so much!

¡Calm down, Calm down!

- Mr. Pero si Colombia hacer gol. We are happy.

Después de todo, la taxista entendió por qué los colombianos rendimos pleitesía a cualquiera que hable raro y tenga visa. El gringo le pagó la carrera y le dejó una propina de casi el doble, fueron en total 35 mil pesos.

-You are a excellent taxi driver -dijo el gringo sonriendo por primera vez.

Yes I know, I have a long experience, thanks mr! Good lock

 

En la noche, otra ciudad

Sandra hizo una lista de los lugares donde sus colegas le habían sugerido no ir después de las 10 de la noche: Niquitao, La Vercruz, la Iglesia Metropolitana, El Popular y otros barrios periféricos de la ciudad.

Y se propuso ir a todos.

En una esquina cercana a la Metropolitana, aparecieron cinco "mujeres", como salidas de una fiesta de Halloween. Una conejita Play Boy, una capitana de barco con el ojo izquierdo parchado, una colegiala desgreñada que dejaba ver debajo de su minifalda una nalga de silicona; otra muy joven que lucía una pinta playera de colores fluorescentes cuyo sostén apretaba dos bolas gigantes de silicona que le llegaban hasta el cuello. Se quedaron mirando la taxista, pero pronto la ignoraron, no era potencial cliente.

Sandra hizo un giro en contravía y recorrió el barrio La Paz. Una escena hermosa apareció ante sus ojos. Un par de mujeres con sus niños al lomo arrastraban dos carros de perros por las desoladas calles del sector, seguidas por dos pequeños que afanaban el paso para no quedar atrás. Otros hombres, vestidos de overoles, recogían las basuras mientras un borracho se adentraba al hotel Titanic con unas robustas niñas semidesnudas.

¿Quién recoge toda la basura cuando llega la noche? Quién recoge a los borrachos de las cantinas cuando ya se han bebido el último peso? Quién lleva a las prostitutas a sus casas cuando se cierra la feria del amor?  Algunas de estas tareas son para los taxistas.

En una discoteca un joven sale apresurado y le pregunta a Sandra:

-¿Está libre?

-Sí, claro -responde Sandra

-Ya estoy mamado a esta hora (eran casi las 11 p.m.). Perdón que te pregunte, ¿cuánto llevas en este mundo?

-En este mundo 30 años; manejando taxi un par de semanas -dijo Sandra sonriendo.

Veinte minutos le bastaron a Mauro Taborda para narrar sus 29 años de vida. Hubo tiempo hasta para contarle a la taxista sus sueños, sus miedos, sus mayores alegrías...

-¿Sabe qué mona? Yo voy a ser el mejor diyéi de Colombia. Voy a crear una empresa que se llame Mauro Taborda Animaciones. Y mi bebé, ese man también  va a llegar lejos en la vida.

Al bajarse le dijo a Sandra: -Mona, que Dios la bendiga. Estuvo tentado casi hasta a abrazar a la taxista pero esta se despidió cortésmente:

-Mauro, que Dios te ayude a lograr tus sueños, y gracias por la propina.

A las pocas cuadras, un joven de chaqueta negra levantó la mano. -Retroceda por favor que vamos para Manrique -dijo.

Esta vez fue Sandra quien empezó a indagar.

-¿Sale de trabajar?

-Sí, es que me tocó esperar al patrón que es un parcero mío -respondió mientras miraba a Sandra a los ojos. De su boca salía un olor a tufo.

-¿En que trabaja?

-Seguridad privada.

-En alguna empresa o… ¿me habla de la otra seguridad?

-No es una empresa, es un parcero mío.

-Entonces están armados siempre?

-Si, claro, aquí llevo el arma.

Para Sandra esa carrera fue eterna. Terminó en una calle cerrada de Manrique, un populoso sector de la ciudad.

Pasadas las 12 de la noche la taxista tomó la vía hacia Niquitao. En una esquina, una mujer morena, con el pelo parado, descansaba recostada en la acera, mientras el hombre que la acompañaba, de unos 100 kilos de peso y ropa sucia como de mecánico,  se disponía a parar el taxi.

-¿Está libre?

-¿Para dónde van?

-A ella la llevamos al barrio Las Palmas, arriba de El Salvador, y a mí a Santa Cruz.

-¿Hay mucha loma? Sandra le tenía miedo a las pendientes, porque depronto se devolvía el carro.

-El hombre soltó una carcajada. Mire, ¿usted ha visto un Cristo con las manos abiertas que hay arriba en la punta de la ciudad?  Allá cuelgo yo la ropa.

Sandra pensó que era broma, pero resultó cierto. Jamás pensó que un taxi pudiera subir una calle que por poco llegaba a ser una pared. Además, los asfaltos en mitad de la calle...

-¿Pero cómo se les ocurre poner un policía acostado en semejante loma? -preguntó Sandra realmente enojada.

-Pues para que los pillos que bajan en las motos frenen un poquito, respondió el hombre

Mientras el gordo terminaba la frase, unos jóvenes en motocicleta hacían piruetas en los asfaltos.

Sandra dijo irónicamente:

-Ahhh sí, ya entendí, los asfaltos son para que se diviertan los pillos.

¿Mona, sabe qué? Yo no me le iba a montar en su taxi. Ahhh, es que una mujer manejando?  Pero no me pregunte por qué.

Pagó 20 mil pesos y se bajó. 

Sandra reflexionó sobre por qué, empezando la noche, otro hombre había bajado la mano cuando se percató de que la taxista era mujer.

Un borracho salía de un bar meneandose hacia los lados. Sandra no quiso pararle.

En cambio, sí le paró a una joven que apareció en una esquina del barrio Castilla como salida del Polo Norte, cubierta hasta las uñas. De todas las historias que escuchó durante mas de 17 horas de trabajo, esa fue la más hermosa. Quizá porque Sandra sintió que era su propia historia. Una joven del municipio de Caucasia -Bajo Cauca antioqueño- que siempre soñó con ser professional, un día decidió empacar sus maletas y sin un peso en el bolsillo se montó en un bus y se fue a buscar su sueño a la capital. Se gana la vida en un call center y ya está buscando universidades.

El cansancio venció a Sandra. La mano derecha estaba tensa y le dolía. Sus piernas estaban pesadas. Se dirigía hacia su casa cuando en el puente de Coca Cola escuchó que alguien le gritó:

-¡Quibo, Sandra, usted es que no descansa?

Era Jorge, el de la 438, un colega del acopio del Hospital General

-Ya voy a dormir. Saludes a Guille!

-¡Ah, sí, pillada! -gritó con tono pícaro.

 Al llegar a su unidad el portero salió a recibirla.

-¿Cómo le fue, mona? -preguntó Jaime

-Venga contemos juntos la plata -le propuso Sandra

Los billetes arrugados sumaban 106 mil pesos (unos 53 dólares).

-Jaime, cuánto da 106 mil menos 93 mil?

-Ahh, 13 mil -dijo Jaime después de contar con las manos.

-13 mil me hice hoy. Bueno, no está tan mal para ser el primer día.

Al entrar a su habitación se miró de nuevo en el espejo. Se veía exhausta y su camiseta, que en la mañana era blanca, tenía un tono amarillento. El lado izquierdo de su cuerpo estaba más oscuro que el derecho. En la mesita de noche, al lado del ángel Gabriel que descabezaron sus tres gatos, la extaxista descargó  las llaves del carro, la manga que le regaló Guille y los 106 mil pesos.