A los siete años, en lugar de ir a la escuela, criaba cabras y ovejas en un pueblo del norte de Portugal, sin agua ni luz eléctrica. A los trece, tras la muerte de su madre, debió hacerse cargo de la casa y de los cuidados del abuelo, del padre y de su hermano mayor. Se casó y emigró a Argentina, donde vivió hasta 1993. Madre de un exmilitante del ERP y abuela de un nieto de madre desaparecida, María responde a las preguntas de su sobrina, quien busca sacar a la luz y hacer memorable la historia de una mujer en la que se intuyen demasiadas mujeres a la vez.

Por María Soledad Pereira

Desde hace poco más de una década visito a mi tía con cierta regularidad. La vine a ver por primera vez en el año 2000, en la  casa de São João do Estoril una localidad costera a 30 kilómetros de Lisboa—, donde estoy ahora. Pasé con ella en esta misma casa —de un barrio llamado Galiza— los últimos meses del 2001. Juntas vimos el derrumbe de las Torres Gemelas y el comienzo de la guerra de Irak en 2003. Ese año yo había decidido estudiar lengua y cultura portuguesas, y me había mudado a Lisboa. No vivía con mi tía, pero la frecuentaba. Después volví a Buenos Aires y siete años más tarde, en mayo de 2011, en el lugar de siempre, nos volvimos a ver. Esa vez charlamos mucho. Quizá, más que las veces anteriores. Y fue durante ese breve período —entre una charla y otra—, cuando me pregunté, una y otra vez, cómo, con qué recursos, cuando se carece de casi todo, llega una mujer a formar su carácter y defenderse y vivir, de adulta, todas las vidas que le han tocado.

Porque María, intuí en ese entonces, es muchas —demasiadas— mujeres a la vez. Mirarla a ella era como mirar un destino colectivo sobre el que me hacía preguntas.

Quizá por eso, tiempo después vuelvo a verla. Ella me recibe como si me hubiese estado esperando. Yo, como diciendo: “¿Viste que no pasó tanto tiempo al final?”.

Sin embargo, algunas cosas han cambiado desde la última vez. Porque ahora y desde hace tres semanas, María está postrada recuperándose, después de una caída, de una cirugía de fémur.

Que los huesos se achaquen y se rompan es usual a determinada edad y, en muchas ocasiones, las consecuencias de dichos achaques son previsibles, además de tristes. Sin embargo hay algo que me tranquiliza: mi tía no suele ser la regla. Así como se la ve, sola y medio descangayada, derriba estadísticas, altera pronósticos, acorta tiempos de recuperación y me pregunta, desde la cama después de saludarme y sonreír y ser, contra toda previsión, la de siempre en la voz y el espíritu en alto, si ya almorcé, si no me gustaría comer algo, que en la heladera hay de todo. Fíjate: hay queso, hay leche, hay carne, José compró.

—Hacete un sándwich, vos al final nunca comés nada.

Yo no comeré nada, pienso, —pero vos, tía, no cambiás más.

***

Sabelotodo, hiperactiva, autosuficiente, mandona. Ni estando como está —en cama y con pañales—, aunque sin perder la actitud, hay que reconocer —tres almohadas detrás de la espalda le mantienen parte del cuerpo en posición vertical—, María deja de dar órdenes.

Son las nueve de la mañana.

—Dormiste bien —digo.

—Qué vas a desayunar —dice ella—. Hay leche, cereales.

—Te estoy preguntando si dormiste bien.

—No, no dormí en toda la noche. Me dolía la cintura. Un dolor que estaba como apagado, pero que anoche, no sé, me empezó de nuevo, de golpe, fuerte, y no me dejó dormir. Mirá, andá a desayunar, no te quedes sin comer.

***

 Ni la edad —a punto de cumplir 85— ni ninguna otra cosa le impide a mi tía participar en el coro del centro de jubilados, ir a clases de natación, salir de picnic o tomarse una vez al año vacaciones de bajo presupuesto. Tampoco le impide hacer la limpieza y las compras, cocinar queques —un tipo de magdalena portuguesa— en dos patadas o llevar, cada vez que sale, bandolera y anteojos de sol —Ray-Ban, dice ella— comprados por dos mangos en alguna feria de por ahí. Ahora, bueno, desde hace tres semanas, se lo impide una pierna —la izquierda—  rota. Pero esto es algo, digamos, circunstancial.

—Hasta que me recupere —dice ella.

Aunque no sabe cuándo se recuperará del todo, sabe que el proceso de recuperación será lento, como otros procesos que supo vivir. Y de los que finalmente se sobrepuso.

O casi.

***

María nació en la propia casa y por parto natural el 1 de enero de 1928 en Vale de Espinho, un pueblo pequeño y montañoso del norte de Portugal, en el que no había luz eléctrica, ni agua potable, ni ninguna otra clase de lujo básico.

—Mi papá trabajaba en el campo —dice—, y nosotros, mi hermano y yo, lo ayudábamos. Yo trabajé desde los seis años. A partir de los seis, ya andaba en la sierra con las cabras y ovejas, ahí comenzó mi vida. Había que guardarlas, darles de comer. Yo hacía los quesos, hacía todo.

María, sin embargo, también quería aprender a leer y entonces un día su prima Leopoldina la llevó a la escuela. Cuando la profesora la vio, le dijo:

—Leopoldina, ¿quién es esa chica?

—Mi prima.

—¿Y quién es esa prima?

—Es María, la hija de mi tío Tozé, mi prima.

—¿Y qué es lo que quiere?

—Venir a la escuela.

—¿Pero cuántos años tiene, Leopoldina?

—Tiene nueve.

—Ah, entonces ya no puede.

Mientras María habla, puede verse que esa pérdida, aunque decantada ya, todavía le pesa. Sin embargo no protesta —en ningún momento de los cinco días que pasaré en su casa de São João do Estoril la oiré protestar— ni suspira largo, tampoco hecha culpas. Al contrario.

—No es que la profesora no me quisiera —dice—, es que si no entrabas a los siete, ya no entrabas.

Y ella no entró y siguió haciendo lo que hasta entonces había hecho.

Tiempo después, tras la muerte de la madre, debió hacerse cargo de la casa y de los cuidados del abuelo, del padre y del hermano, dos años mayor.

—A los trece, cuando mi mamá murió —dice— yo me quedé solita con ellos tres. Tenía que atenderlos —porque en aquel tiempo no era como ahora, la mujer debía ocuparse del hombre y yo me ocupaba—, tenía que cocinar, hacer todo el trabajo de la casa y además ayudarlos en el campo. Así me fui criandosiempre solita, hasta los dieciocho cuando me casé.

Solita dice que se quedó y que del mismo modo se fue criando, y también dirá “solita” después, varias veces y ante circunstancias diferentes. Y es raro. Porque ella sola —lo que se dice sola— no estaba, aunque todo haga suponer que así era como se sentía.

—Yo viví toda mi vida solita, sin saber leer ni escribir. Viví la vida entera con mi papá, con mi abuelo. Solita fui para Argentina, solita, siempre solita.

En 1946 se casó y enseguida vinieron los hijos. Una nena que murió a los pocos meses de nacer, y dos varones: José y Tibiro. Siete años más tarde, en 1953, y ante la perspectiva de un mejor pasar —la del sueño sudamericano— el marido emigró a Argentina.

—Él se fue y estuvo allá dos años y medio, y después me mandó ir a mí, y yo fui.

Finalmente la familia entera se instaló en Campana, en la provincia de Buenos Aires, donde el marido había podido hacerse de un trabajo estable y también de una casa. Cuando María llegó, empezó a trabajar de tejedora. Tejía para una fábrica y el marido trabajaba en Dálmine, y Dálmine les había dado una casa. Al tiempo pudieron comprar un terreno y fueron construyendo de a poco. Primero hicieron dos piezas, después la cocina, el comedor, el baño. Se mudaron y los chicos iban a la escuela, y ellos trabajaban.

—Hasta que a Tibiro le dio el ataque.

María dice “hasta”, dice “ataque”. Como si en ese punto hubiese un corte, un cambio. La vida cambió de repente. Como había cambiado antes y volvería a cambiar después.

Tibiro, el mayor de los hijos, tenía veinte años cuando un ataque de epilepsia lo mató.

—A él le daban ataques —dice María—, pero como se le pasaban enseguida seguía trabajando. A los 16 le dio el primero. Después, a los veinte, él tenía una novia y un día me dijo que irían al río. Era el río Paraná. Iba a ir con la novia y con una tía de la novia. Yo le preparé un cesto con carne para hacer un asado en la isla, le preparé las bebidas. Después de comer, ellos fueron a dar una vuelta en lancha y él se sintió mal, se acercó al agua para mojarse la cabeza, se cayó al río y se ahogó.

Silencio.

María no se quiebra tan fácilmente, pero ahora se le humedecen los ojos.

—Andaban la marina, los bomberos, todos buscándolo hasta que lo encontraron. Después de tres días lo encontraron pegado a la raíz de un árbol, yo ya no llegué a verlo. Estaba en descomposición, y no lo vi.

Agarra algo de la mesa de luz, una billetera, y busca. Saca una foto y me la muestra. Es igual al nieto.

—Se parece a Andrecito —digo.

—Se parece, se parece.

—¿Y cómo fue el después?

Del después ella hablará más tarde. Ahora dice “antes”. Dice que dos años antes de la muerte de Tibiro a José, el menor de los hijos, le dieron una puñalada.

Digo:

—¡¿Una puñalada?!

Ella me explica:

—José había discutido con un chico. Discutió por una chica. Porque la chica lo quería más a él que al otro, el otro se enfureció y le dio una puñalada en los pulmones. José estuvo al borde de la muerte.

Tibiro murió, José estuvo al borde.

—Y yo, hija, a todo esto, sobrevivía —dice—. Después de la muerte de Tibiro estuve cuatro años sin saber por dónde andaba. Uno se va resignando, pero la mágua (tristeza) es tuya y hacia acá —aprieta la mano como conteniéndolo todo—. Queda la angustia, el dolor, la pérdida. Se toca el corazón.

***

Son las ocho y cuarto de la noche. Es martes, pero es lo mismo. Alguien abre la puerta, despacio. Dice “doña María” y entra.

—Es Bela —dice mi tía.

Isabel López —Bela— vive en el piso de arriba y es quien a diario —después de llegar de la escuela donde trabaja de maestra jardinera— le prepara a María la cena. Pero no sólo eso: Isabel viene, le pregunta cómo está, cómo le fue hoy en el hospital. “¿Le fue bien, vecina?”, dice. Y mientras pone la sopa al fuego y espera a que se caliente, saca la ropa seca de la soga y la dobla y la guarda.

Hoy, para poder entrar, Isabel debió tocar tres timbres en la casa de doña Ivone, la señora de la planta baja.

—Toqué la campaínha, y nada —dice—. La toqué tres veces seguidas. Ella tenía la televisión muy alta. De repente siento pum pum y allá la veo venir.

Doña Ivone, además de llevar el pelo atado, prolijo y tirante, y hablar apenas lo justo, es sorda. Si no fuese porque ahora tiene en su poder uno de los juegos de llave de la casa de María —un papel en la entrada indica que para comunicarse con ella hay que tocar en el piso de doña Ivone— este último detalle (la sordera) quizá no vendría a cuento. Pero viene.

Isabel dice:

—¿Quiere la sopa bien calentita, no, vecina? —Y va y trae el plato a la habitación y se lo acerca a María, que para esto ya se cruzó sobre las piernas una mesa plegable—. A ver, fíjese cómo está. ¿Quiere un pancito?

—Está buena  —dice María, después de llevarse una cucharada a la boca. Y agradece y le pide a Isabel que ponga a hervir un poco de agua.

—Hágame el favor,  Bela, es para la bolsa de agua caliente. Y el hielo, ah, no se olvide del hielo.

Hielo para la parte recién operada. Agua caliente para la rodilla de la misma pierna. Con la caída, la prótesis de la rodilla izquierda se movió y ahora hay que desinflamarla.

—¿Te gusta la canja? (canja, que en portugués se pronuncia cansha, es caldo de pollo).

—No sé —digo—, nunca probé.

—Si querés, hay. También hay fruta. Si querés helado, abrís el freezer.

En la casa de mi tía uno podría morirse de cualquier cosa, menos de hambre.

Ahora Isabel está levantando el plato.

María pliega la mesa y yo le alcanzo, de arriba de la cómoda, una gomita para el pelo.

—Me lo tengo que atar —dice—, si no.

Después seguirán el hielo, la bolsa de agua caliente, los remedios.

—Para la cabeza —me explica ella, mientras saca de un neceser una tableta—, estos son para que funcione bien la cabeza. Estos para el corazón. En el 99 me operaron del corazón. Estuve catorce días en el hospital, me hicieron un cateterismo. ¿Sabés lo que es un cateterismo? Es cuando una vena del corazón se te tapa y ellos te la destapan. Estos son para los dolores, estos otros para la presión.

—¿Y los tomás todos juntos?

—Todos juntos —dice y se ríe. De la cara que debo estar poniendo yo, supongo.

Después  se mete  en la boca las cuatro pastillas que ya despegó y, con el agua que le acabo de servir, se las toma. De un saque.

—¿Dónde estábamos? —pregunta mi tía ahora que Isabel se ha ido y volvemos a quedarnos solas.

—Estábamos en que a José le habían dado una puñalada, en que estuvo al borde de la muerte.

Dos años después, cuando se hubo recuperado del todo, José empezó a trabajar en Dálmine.

—No quiso estudiar —dice María—, no quiso terminar el secundario entonces fue a trabajar, el padre lo ayudó. Trabajaba en la fábrica y era delegado gremial. A los veinte años se casó y en el 73 nació Andrecito, el hijo. Después vino lo peor, aquella guerra grande donde murió tanta gente.

—¿Hablás del proceso?

—Del proceso, sí.

José había ingresado en el ERP —el Ejército Revolucionario del Pueblo—, y con la llegada de los militares empezó a correr peligro.

—A José se lo llevaron y a los ocho meses se llevaron a Liliana, la mujer, entonces yo me quedé con el nene. A ella la fueron a buscar a la casa. En pijamita, así, como estaba, se la llevaron y la mataron. Es una historia tan grande, hija.

Dice esto último como si ya no fuese capaz de abarcarlo todo en el recuerdo o como si de golpe empezara a desconfiar de mi grabadora.

—¿Estás grabando? —pregunta y se detiene un rato y piensa—. Bueno, cuando pasó lo de José, yo enseguida fui a la Embajada de Portugal y el embajador me  ayudó y escribió una carta. La carta decía que la Embajada se hacía cargo de la seguridad física del ciudadano tal. Después yo fui y saqué fotocopias y las repartí por todas las comisarías.

Trato de imaginármela.

Con un hijo preso, una nuera desaparecida, un nieto sin nadie más en el mundo que ella.

Ella con casi cuarenta años menos. Ella sola. Ella analfabeta. Ella lista para lo que fuese, aunque fuese lo peor.

—Cuando lo secuestraron a José —dice—, lo llevaron a San Nicolás, y yo fui, y  me lo dejaron ver. Pero al otro viernes —el día de visita—, cuando volví, me dijeron que ahí  ya no estaba, que lo habían llevado a Banfield, y yo les pregunté adónde, y me dijeron que no sabían.

Aunque ellos no supieran, María se fue para Banfield, pero al hijo no lo encontró. Hizo un hábeas corpus porque él tenía que aparecer vivo o muerto. Y José apareció. En San Nicolás, de donde nunca había salido. Ocho meses pasó en San Nicolás hasta que lo trasladaron a Sierra Chica, donde estuvo un año y medio.

—Sierra Chica quedaba a quinientos kilómetros de mi casa —dice María—. Yo salía los jueves a la noche, agarraba el tren, después cambiábamos de tren, ya no me acuerdo dónde, y tomábamos un colectivo. Sierra Chica quedaba allá arriba y, a nosotros, el colectivo nos dejaba acá abajo —junta los dedos y se toca la palma de la otra mano—. Teníamos que correr porque sólo nos permitían estar una hora. Y corríamos. Y antes de entrar nos revisaban. A Andrecito con seis años también lo revisaban. Porque yo iba con él, íbamos todas las semanas.

De Sierra Chica José fue a parar a Caseros. Un año más tarde, lo trasladaron a La Plata y de La Plata, a Buenos Aires, de donde salió para venir a Portugal.

—Con mi marido y Andrecito fuimos a Ezeiza y le llevamos una valija de ropa.

Esa sería la última vez que José vería al padre, pero en ese momento nadie podía saberlo. Esas cosas nunca se saben.

—Esta es la historia.

***

Acabo de abrir un cajón de la mesita de noche —el segundo—. Acabo de sacar unos ocho álbumes de fotos. Acabo de alcanzarle a mi tía los anteojos de leer.

Ahora estoy sentada en la cama, junto a ella, en esta tarde de octubre.

Ella dice:

—Esto fue en San Pablo, en la Basílica de la Aparecida del Norte.

La foto de la que habla es del 28 de junio de 2008. De la misma fecha, habrá otras.

—Mirá —dice—, acá está mi hermano, acá estoy yo.

Juntos, el hermano y ella, 56 años después de haberse visto por última vez.

—Él se fue a Brasil, yo me fui a Argentina, y perdimos el contacto. Esta es una de las hijas de él —dice y señala con el índice—, este es el marido de ella. Estos, los dos nietos de mi hermano.

—¿Y vas a volver?

—No, qué voy a volver.

—¿Y él no va a venir?

—Él ya está muy viejo, ahora va a cumplir 86. Esto, mirá, es en la casa de mi sobrina.

Es probable, pienso, y no es de ahora que lo pienso, que para mi tía los viejos —los imposibilitados, los faltos de energía y de ganas de vivir— sean siempre los otros.

—Esto es… —dice, mientras abre otro álbum y se detiene y mira— bueno, no te puedo decir dónde porque no me acuerdo, pero es un viaje que yo hice al fondo de una montaña. Mirá, esto es en la playa de Nazaré. Esto es en Braga, donde está el Buen Jesús.  Este es un castillo. ¿Dónde? Ya no me acuerdo. Y este es el Museo de Alcobaça. Quien pasa por Alcobaça nada le pasa dice como dice el dicho, con más ironía que fastidio . Aunque yo ya pasé unas cuantas veces y a mí me pasan todas.

—¿Y ésta? —digo—. Estás disfrazada, ¿de qué te disfrazaste?

—De carnaval, no sé, de cualquier cosa —falda roja, blusa azul, delantal, sombrero—. Esto es en el Algarve, en la fiesta de la Espiga. Acá, mirá, hay una muy linda: en Ría Formosa, estoy dándole de comer a una gaviota. ¿A ésta la conocés?

Es Analía, la cuñada de mi tío —mi tío, el hermano de mi papá—. En la casa de Analía —María dirá después— mi tía trabajó como empleada doméstica durante mucho tiempo.

Vuelvo al hermano, a la despedida.

—¿Y cómo fue la despedida?

—Sabés cómo son las despedidas, ¿no? Tristes.

***

La última vez que hablamos de José, María habló y habló hasta que en un momento —el momento en que él estaba en Ezeiza y lograba salir para Portugal— dijo a modo de conclusión “esta es la historia”. Y ya no habló más, y yo tampoco pregunté. Era prudente y hasta necesario hacer silencio. Sin embargo, unos días más tarde hago el intento de volver sobre el tema y vuelvo.

Escribo: con la deportación de José, se cierra una etapa oscura —quizá una de las más oscuras— y empieza otra. Nueva.

En 1980 a él lo deportaron y María se quedó con el nieto en Argentina. Un año después, y a pedido de José, ella viajaría a Portugal y le traería el hijo al padre. Sacaría un crédito bancario, compraría este piso  —este mismo donde estamos ahora: dos cuartos, baño, cocina y living comedor— y empezaría a pagarlo por mes.

—A Portugal vine en el 81 —dice— y me quedé hasta el 84. Después volví a Argentina. Volví porque allá tenía mi casa y estaba mi marido enfermo de cirrosis. Cuando yo fui, él se repuso un poco, pero después empezó a tomar de nuevo y murió.

Durante esos tres años —del 81 al 84— y también después, María hizo, en síntesis, de todo. No bien llegó a Portugal, empezó a trabajar de cocinera en el Polisuper —una red de supermercados portugueses—, que en ese tiempo ofrecía comida para llevar. María trabajaba en el local que, aún hoy, está a metros de su casa. Un año y ocho meses más tarde, cambió el Polisuper por la vivienda particular del Presidente de la Cámara Municipal de Sintra, donde limpiaba y también cocinaba. Después entró como cocinera en el restaurante de la Avenida José de Oliveira en Lisboa, donde estuvo hasta que compró el café —un café diminuto como muchos otros cafés portugueses— que está pegado a la puerta de la casa.

—¿Lo compraste vos?

—Sí —dice—, y lo tuve dos años. Yo solita con José —dice “solita”, dice “con” José—. Era café, cerveza, comida, todo. Antes de volver a Argentina, lo vendí.

Desde los 80 y hasta el 93, cuando volvería definitivamente a vivir en Portugal, María viajó entre los dos países con cierta regularidad. Uno la ve, se la imagina, yendo y viniendo y trabajando en varios lugares a la vez, y es como si de ella dependiera  —hubiese dependido— porque así es la vida, el bienestar del hijo y también del nieto.

—Cuando mi marido murió en el 86, yo me quedé en Argentina dos años más. En ese tiempo fui a trabajar a la casa de Analía y también a lo de la abuela de Roberto, el marido de Analía. Trabajaba desde las ocho de la mañana hasta el mediodía. De ahí me iba a limpiar la oficina de Don Luis, el padre de Roberto. Después pasaba a una carnicería, donde limpiaba también, y volvía a lo de Analía a cuidarle los chicos hasta las nueve de la noche. Trabajaba todos los días, en cuatro casas, para pagar mi casa.

Y María la pagó.

En el 90 ya había saldado el crédito. Y en el 93, después de poner en venta la casa de Campana y de arreglar su jubilación, volvió a Portugal. Justo el día en que el nieto, Andrecito, se casaba por primera vez.

—Andrecito se fue a vivir con la mujer y yo me quedé con José. Después José conoció a una brasilera y también se fue.


Pero acaba de volver. 


De nuevo en el nido materno, José está igual a como se había ido: solo.

***

En el suelo, encima de las dos mesas de luz, sobre una silla, hay bolsas de pañales, botellas de agua mineral, un termo con leche, un radio-reloj despertador, el estuche de los remedios, y sobre la cómoda están las estatuillas de la Virgen y de San Antonio y los portarretratos con fotos familiares. Contra una pared, un par de muletas canadianas. A un costado de la cama, la mesita plegable. Arriba, el celular, el control remoto. Todo esto está —estuvo— en este cuarto, en el mismo sitio, desde el día en que llegué, pero hoy lo veo distinto. Hoy es sábado, un sábado de sol y cielo azul y 27 grados de principios de octubre. Yo estoy a punto de irme y es como si la despedida inminente acentuara el contraste entre este adentro —para el que mi tía parece no estar hecha— y aquel afuera.

Le digo a ella que se cuide, que tenga paciencia, que cualquier cosa que necesite le diga a José o a la señora Claudia.

Mañana a las diez —como todas las mañanas a las diez—  la señora Claudia llegará, puntual y silenciosa, y hará la limpieza de la casa y pelará papas y zanahorias para el almuerzo y, si es necesario, planchará. Y el lunes —como todos los lunes— vendrá a la tarde la fisioterapeuta y también vendrá el martes y el jueves. Y a las ocho de la noche de todas las noches Isabel López, la vecina del piso de arriba, estará acá para la cena.

De ánimo a mi tía la noto bien y eso, en parte, me alegra. Es buen síntoma, me digo. Sin embargo, pregunto:

—¿Y de ánimo, tía, cómo te sentís? Porque mal no se te ve.

—¿Alguna vez me viste mal?

—Nunca.

Nos reímos y nos damos un abrazo y, mientras le voy diciendo que cuando llegue a Buenos Aires la llamo.

—Al celular —me recuerda ella.

Está de buen humor. Por suerte. Digo:

—¿Cómo hacés, me querés decir?

—Es que yo nací así, hija.

—Así cómo.

Con ojos algo cansados, pero con brillo, el brillo de siempre, me mira y dice:

—Así.