Gonzalo Arango: 45 años de muerto, 86 de su natalicio y una existencia nadaísta para la eternidad.

Por Duver Alexánder Pérez

Del municipio de Andes a la Universidad de Antioquia; del Alma Mater a robarse una calavera en el Cementerio San Pedro de Medellín; de la profanación a andar con el dictador Rojas Pinilla; de seguir al general a huir a Cali; del Valle del Cauca a la nada y de la nada al Nadaísmo.

Regresar a la capital antioqueña con un manifiesto (Primer Manifiesto Nadaísta) escrito en papel higiénico; reclutar a unos cuantos crédulos aburridos de la mojigatería y doble moral católico paisa. Sabotear un congreso de intelectuales puritanos, retar a la policía con el cabello a la altura de la cintura; quemar libros en el Paraninfo; intercambiar poemitas por sexo con las prostitutas de Guayaquil o del Raudal.

Describir a Medellín al estar a solas con ella; decirle a “Cochise” que tiene un pésimo gusto en lo que a decoración de interiores concierne; demostrarle una profunda admiración a Fernando González, el Brujo de Otraparte.

Enamorarse de una monja; ver a Dios en el cuerpo de una mujer; explicar que el amor no es el divorcio del cuerpo y del espíritu, sino sus bodas; liberarse de un “maniquí” de cincuenta kilos de vanidad, cuyos pensamientos eran tan postizos como su maquillaje.

Declarar que no escribía para la eternidad, sino para el ahora. Evitar el suicidio porque amaba fornicar y jugar billar pool. Aburrirse profundamente y pasar el tiempo deseando la mujer del prójimo. Hallar la plenitud de la existencia en el éxtasis de todos y cada uno de los sentidos.

Entender que la vida no es distinta a la poesía; criticar la bomba atómica; sentarse a hacer música con Los Yetis; fumarse un porro en el Parque del Periodista; ganarse una que otra noche en un calabozo; creer que el tiempo es efímero y el amor no.

Decirle adiós al Nadaísmo y buscar el ascenso espiritual en los brazos de una inglesa; morir en un accidente automovilístico; dejar pocas letras destacables a los ojos de los puristas y académicos literarios.

No sé si poeta, pero si eterno como él se concibió. Dedicar toda la vida a una obra, pero volver su existencia una obra viviente o mejor así, modificando la frase de su amigo Darío Lemos: “La vida es poesía, lo demás son papelitos” (…) eso fue la existencia del profeta nadaísta, Gonzalo Arango.