Venezuela vive sumida en la peor crisis política y económica de su historia. Desabastecimiento de alimentos y medicamentos, hiperinflación, inseguridad, represión y desinformación. La tensión es pan de cada día en las principales ciudades, mientras sus ciudadanos anhelan desesperadamente una pronta solución. Sin embargo, aún desconocemos mucho de su realidad cotidiana. Por eso le pedimos a la periodista Dulce Pérez Colmenárez que nos contara, a modo de diario, cómo viven los ciudadanos de ese país en tiempos de la revolución chavista. 

Por Dulce Pérez Colmenárez / Imagen: Desde mi Orilla

Ochenta centímetros de largo, plumas azabache, cabeza gris, pico amarillento y mugriento. Así fue el bicho que casi cae sobre mi cabeza cuando salía de la oficina, ubicada en El Rosal, al este de Caracas.

Un brinco y un gritico como de bebé fueron mis reacciones al escuchar el golpe seco de aquella ave carroñera —cuya presión me movió hasta el cabello— que se quedó en posición de batalla, mirándome fijamente con esos ojos negros que parecían la entrada al inframundo.

Yo inmóvil, esperando algún movimiento alucinante; ella estática hasta que poco a poco, lentamente, empezó a mover sus patas. Y ¡zúas!, con con un movimiento brusco sujetó con su pico un huesito de cochino tirado en el piso, cerca de mis pies,  mientras abría sus enormes alas para volar tan rápido, pero tan rápido, que su sonido de vuelo se me quedó en los oídos por un rato.  
                                                                                                                              
Sí, obviamente salí corriendo del lugar con los brazos sobre la cabeza, con esa sensación de que me iba a picotear el pelo, hasta que entré al estacionamiento del edificio Fórum para divisar si desde el cielo me perseguía el ave rapiña. Al pasar el susto, me quedé pensando: los zamuros (gallinazos) deberían estar en La Bonanza, donde se acumula toda la basura de la Gran Caracas, pero uno de esos bichos está nada más y nada menos que en una de las zonas más pudientes de la ciudad... ¿Se habrá perdido?, ¡Algo loco de la karaquistán! Así que seguí mi camino hacia el centro comercial Lido, pasando por entre las bolsas negras de basura puestas en la mayoría de las esquinas. Al subir la mirada para divisar todo el escenario entendí que, ese día, La Bonanza se había trasladado al este de la ciudad. 

Miré el reloj, eran casi las 3 p.m., y estaba a tiempo de llegar a Campo Alegre, a unas cuantas cuadras de El Rosal, para una cita médica. Al acercarme, vi a varias personas con ropa de oficina aglomeradas en una esquina. ¿Esperando algún producto regulado? ¿A que saliera el pan de la panadería? Al rato salió un carrito verde movido por un chico que dejaba en plena acera unas cajas de cartón. 

Cuando el chico desapareció de la escena, las personas se acercaron lo más rápido posible para romper el gran tesoro y ver qué podían llevarse de los desperdicios de un restaurante chino. Casi me vengo en vomito, por lo que entré rápidamente al edificio Roraima y tomé el ascensor. Allí, con lágrimas en los ojos, pensé: mientras yo voy a un dermatólogo por un acné atípico, la gente está comiendo literalmente basura... 

Al llegar a mi casa agradecí infinitamente a Dios por tener comida en la alacena y por la posibilidad de guardar en mi bolso un kilo de arroz y de pasta para regalar en la oficina a quienes atraviesan por una situación económica más difícil. Entonces prendí la radio y escuché a la excanciller Delcy Rodríguez decir: “Yo he negado y sigo negando de que en Venezuela haya una crisis humanitaria, porque la crisis humanitaria tiene consideraciones internacionales que justifican intervenciones. Venezuela tiene desde 1999 un modelo que permite luchar contra el hambre y la pobreza".

Lo que vi esa tarde fue quizás una alucinación, como los containers verdes que adornaban la avenida Sucre de Catia (zona del oeste de Caracas) que desaparecieron hace unas semanas... Aunque la gente sigue arrojando la basura en esas esquinas mientras otros corren para ver si hay alguna presa apetitosa antes de que el camión del aseo Supra recoja los desperdicios. Pero sí, quizás es algún invento por la baja cantidad de proteínas que a muchos nos está haciendo falta y, más aún, con el kilo de carne a 60.000 bolívares, recordando nuevamente que, a la fecha, el sueldo mínimo integral es un poco más de 300.000 bolívares. 

Al escuchar este nuevo precio, abrí la ventana panorámica de mi piso nueve con vista a La Castellana, no tan lejos de El Rosal, donde un zamuro se me quedó mirando desde la azotea del edificio frontal. Me fui hacia la cocina, donde la ventana que me da hacia El Ávila me mostró otra ave de carroña más gorda y grande, balanceándose suavemente desde una antena. 

Esos zamuros que científicamente no huelen la podredumbre, pero sí se dejan guiar por su magnífica vista que detecta los objetos inmóviles, tan inmóviles que le dan un picotazo y, si permanecen quietos, quietecitos, les indican a sus compañeros que hay una buena comida para devorar. 

Así están los zamuros en Caracas: cercándonos, mirándonos fijamente como si sus ojos fueran el portal del infierno. Esperando que nos terminemos de apagar para empezar con una masiva y laboriosa faena.

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El metro de Caracas (I)