Ituango ha sido uno de los pueblos colombianos más afectados por el conflicto armado. Algunas de las peores atrocidades de la guerra han ocurrido en este municipio del noroccidente del país. Este libro, contado desde la experiencia de algunos sobrevivientes, busca hacer memoria sobre lo que allí ocurrió. 
 
Por Rafael Alonso Mayo
 
“¡Estás loca!”, le dijo una compañera del Hospital San Juan de Dios de Ituango a Reina Dolly Ramírez Valdivia, luego de que ella le contara que había tomado la decisión de irse a trabajar como promotora de salud al corregimiento de El Aro. En realidad parecía una idea descabellada, conociendo la historia trágica de este poblado, el abandono histórico en el que ha permanecido y las dificultades actuales para llegar hasta el lugar.
 
Sin embargo, Reina aceptó irse para El Aro, sabiendo aún de la precariedad en la que viven sus habitantes, del mal estado de la escuela, del acueducto, del alcantarillado y de la pobreza asustadora que nunca se fue.
 
Reina, digámoslo, lo tomó como un reto personal, uno más desde que decidió convertirse en promotora de salud, hace ya 31 años, luego de darse cuenta de que quería y podía apoyar a las comunidades y que tenía el liderazgo para hacerlo. Había trabajado durante 11 años en la vereda Altos de San Agustín y por 12 años en la vereda Pascuitá, porque desde siempre ha amado el campo y a su gente. Allí había ayudado a gestionar la construcción de una escuela, de un puente, de un jardín infantil, de varios pozos sépticos y trabajado en labores de promoción y prevención de enfermedades. Con su labor Reina se convirtió en un puente entre las instituciones y la comunidad.
 
Entonces sintió que era la oportunidad de hacer lo mismo en El Aro y en febrero de 2014 empacó las maletas y se fue.
 
A fines de los años noventa y principios del dos mil Ituango padeció una guerra sin cuartel entre paramilitares y guerrilleros que dejó decenas de muertos. 
 
Dice ahora, sentada en la sala de su casa, en el casco urbano de Ituango y en medio de una noche lluviosa, que en El Aro había muchos niños a los que nunca les habían aplicado una vacuna. Ni siquiera las más básicas. Que las personas, como suele decirse en lenguaje médico, “no tenían unos hábitos saludables”. Los pequeños estaban con bajo peso, en un estado de desnutrición casi crónico, porque hasta entonces no había un funcionario de salud de tiempo completo que acompañara su crecimiento. Es que en El Aro, cuenta, no se conseguía ni una bendita pastilla para un dolor de cabeza y cuando algún vecino se enfermaba, tenía que ser llevado de urgencia por el camino de herradura hasta Puerto Valdivia, en una jornada que podría tardar mínimo seis horas.
 
Pero además, confiesa Reina entre la tenue luz que ilumina la sala de su casa, que en un principio fue duro, porque 17 años después de la masacre las personas vivían con la misma tristeza y pesar por lo que les había ocurrido a sus vecinos y porque El Aro seguía como si nada hubiera cambiado desde aquella época: muchas de las casas que fueron incendiadas por los paramilitares permanecían en ruinas y abandonadas entre los arbustos, y la gente no se atrevía a contar sus historias y a desahogar los dolores que le produjo la infamia de tener que abandonar el pueblo, obligada por los asesinos.
 
“Era como si El Aro se hubiera detenido en el tiempo”, confiesa Reina, con su hablar pausado y ese trato maternal y comprensivo con el que ha sabido ganarse el aprecio de las comunidades a donde llega.
 
Sin embargo, con el tiempo, pudo más su deseo de ver a los niños saludables, con sus vacunas al día y a las madres alimentando con leche materna a sus recién nacidos y no con aguapanela.
 
Con el paso de los meses, su trabajo silencioso pero firme, como aquella planta que germina y es cuidada con paciente cariño, empezó a mostrar resultados. Poco a poco retornó la confianza entre las personas y hacia ella, porque “cuando pasa una tragedia de esas, la gente desconfía de todo el mundo”, explica.
 
Al cabo de los meses la comunidad se volvió a reunir, a dialogar, a ponerse de acuerdo. Ahora, hasta los niños se alegran cuando llega la promotora de salud y Reina siente una satisfacción inmensa, algo parecido a la felicidad.