La calle es el lugar donde las mujeres se sienten más vulnerables.

Por Jazmín Santa Álvarez

De niñas, generalmente, nadie nos habla con claridad de los riesgos que hay en la calle. Somos muy pequeñas para entender la dimensión del exhibicionismo, el voyerismo, la pedofilia o la pederastia. Las mamás repiten hasta el cansancio que los hombres son malos, pero sin ofrecer mucha explicación.

Así las cosas, de pequeñas es normal tener que salir a la calle a hacer los mandados. En ese recorrido es cuando empezamos a entender la advertencia. En el camino a la tienda, un domingo en la mañana, es posible encontrarse con uno de los borrachos de la esquina, ese día, enguayabado, te dice, en voz baja, algo que termina siendo incomprensible, pero que sospechas que no está bien, o te topas con un viejito que te saluda amablemente, y un día te toca la cabeza y al otro día el brazo, mientras te mira de una manera extraña.

Desde cuarto de primaria, cuando tenía ocho años, tuve que recorrer siete largas cuadras para llegar a la escuela, sola. La recomendación era no cambiar nunca la ruta. Sin embargo, dos eran los obstáculos para ello. El primero era protagonizado por un loco de dos metros de alto a quien le decían el Puma.

A pesar del sufrimiento diario que enfrentaba al verlo, parado en la mitad de la calle, voleando ese cuchillo carnicero de un lado para otro, nunca dije nada para no preocupar a mi mamá. Lo peor era que desobedecía las órdenes, pero de nada servía esquivarlo, pues el Puma podía aparecer por la cuadra de arriba, o la de abajo, o por cualquier otro lado. Nunca entendí por qué nadie hacía nada, si éramos muchos los niños y las niñas que vivíamos, a diario, la misma pesadilla.

La segunda dificultad consistía en algo más complicado que correr a mil para evadir al loco. Se trataba de un señor de unos 50 años, parado en el balcón de un segundo piso. Todas las mañanas, sin falta, el hombre hacía un ruido para llamar la atención. Era imposible no atender al llamado, no mirar, y no por curiosidad sino por inocencia. Al principio no era claro lo que pasaba: él silbaba, uno miraba y él se quitaba la toalla. En medio de las rejas, algo se asomaba y lo único claro era que eso no estaba bien.

Dos años después, durante el camino al colegio, al que se le sumaron otras cinco o seis cuadras, el temor diario era que un ladrón se llevara los cuadernos, y con ellos la maleta Lesportsac que mi mamá me había comprado, no por estar de moda sino por fina, para no tener que hacer otro gasto durante el bachillerato. También existían otros riesgos, pero esos para mi resultaban una aventura. Se trataba de los hombres mayores que decían cosas que ahora resultan entendibles y que hasta podían sonar agradables al oído; o también jóvenes, perfumados, que andaban en moto y que se ofrecían a acortarte el recorrido.

Entré a la universidad a una semana de cumplir los 16 años. El desafío fue grande. Tenía que tomar dos buses para llegar a la UdeA. El primero era el bus del barrio. Se trataba de un trayecto de unos 40 minutos hasta la Plaza Minorista. Ese tiempo de viaje era un calvario. Si el bus pasaba sin puesto, al primero que había que esquivar era a Dagoberto, un vecino que tenía como deporte restregar su miembro en el hombro de cualquier mujer que fuera sentada en el puesto del pasillo o en la nalga de la que fuera parada. Yo me vine a dar cuenta de lo que pasada cuando un día una señora se rebeló, lo insultó y él tuvo que bajarse del bus.

Las otras víctimas, las que nunca habían hablado, se sumaron a los gritos: “viejo cochino, morboso, desgraciado, le voy a echar a mi marido…”. Los hombres que iban en el bus no dijeron ni hicieron nada. Mientras las señoras gritaban, yo solo pensaba en mi vecina, doña Mariela, la mamá de Dago, el borracho, el maltratador, el que terminó matándola de tristeza y de descuido.

La otra tensión era cuando el bus pasaba con puestos desocupados. Esa situación, que podría verse como una ventaja, terminaba haciéndome sudar y hasta temblar, no sé si del miedo o de la rabia. Fue entonces cuando entendí el peligro que implicaba elegir puesto en un bus. Un día me senté al lado de un señor de baja estatura y gran bigote, de traje claro, con chaqueta en el regazo; de pronto él empezó a abrir sus piernas hasta rozar las mías y seguido a eso empezó a hacer un movimiento con su mano debajo del saco. La primera vez, el viejo cochino empezó a hacerlo ya casi llegando a la Alpujarra, casi a punto de bajarse del bus.

Hubo una segunda vez. Me subí al bus, sólo había un puesto y, sin pensarlo dos veces, lo ocupé. Esa vez pasó lo mismo. El mismo viejo, con el mismo traje, con su saco en las piernas, empezó a masturbarse llegando a San Juan con Niquitao. Todavía me pregunto de dónde saqué las agallas para decirle que se bajara del bus o le hacía un escándalo. Creo que, realmente, no hubiera sido capaz. No es nada raro que cuando un hombre tiene un comportamiento sexual agresivo, las mujeres, fácilmente, terminemos sintiéndonos culpables.

Cuando nosotras usamos el transporte público, desde que nos montamos y mientras pagamos el pasaje, en un tiempo record y sin saber que lo estamos haciendo, analizamos los puestos libres de la mitad hacia adelante. La parte de atrás no existe, está vedada, porque ahí se corre el riesgo de encontrar al ladrón que solo atraca mujeres, al exhibicionista, al manoseador, al que abre las piernas hasta lograr sentir el contacto de la mujer que se le sentó al lado.

En cuestión de milésimas de segundo, las mujeres tenemos que escanear el espacio y encontrar una silla vacía al lado de otra mujer. Pero esto no garantiza que ya nos podamos sentirnos seguras durante el recorrido, una de las dos tendrá que arreglárselas con el sobador del pasillo.