Un destino a la vez conocido y nuevo, de culturas diversas, con historias escritas durante años de colonización española y de vida republicana.

Por Dairo Correa Gutiérrez

Hace días fue el retorno. Ahora, tras largos y agotadores desplazamientos por la geografía andina y el pacífico suramericano, aparece una sensación de vacío y nostalgia. Ecuador fue un destino a la vez conocido y nuevo, de culturas diversas, con historias escritas durante años de colonización española y en el transcurso de la república moderna, de cotidianidad urbana en grandes ciudades y repleto de vivencias en los espacios rurales montañosos y las planicies costeras y selváticas.

Agreste y colorido, el país ofrece contrastes entre las grandes obras de ingeniería, la monumentalidad de su legado arquitectónico, los imponentes paisajes volcánicos, los lagos en tierras frías y los valles limitados por enormes cordilleras. Una población predominantemente de rasgos indígenas, anclada en sus costumbres y su idiosincrasia, se hace notoria en cada rincón visitado. Otros grupos sociales, como los afrocoecuatorianos, son representativos en antiguos lugares de explotación de materias primas para el mercado internacional. El mestizaje, a su vez, es un fenómeno asociado especialmente a la zona portuaria y a sectores de ingresos económicos medios y altos que se asientan en la capital del país, en el centro y en el pacífico. Las viejas migraciones de europeos son lejanas en el tiempo y los nuevos foráneos que llegan a vivir al territorio son inmigrantes venezolanos que suman millones de personas, muchas en extrema pobreza.

50263520 10156213422632473 4548688902713507840 o

Ecuador es uno de esos países del que todos tenemos alguna referencia. La geografía aprendida en la escuela nos enseñó a ubicar la línea imaginaria que divide el mundo.

Cajas

Ecuador es uno de esos países del que todos tenemos alguna referencia. La geografía aprendida en la escuela nos enseñó a ubicar la línea imaginaria que divide el mundo, y con ella, a identificar el sitio donde se encuentra en el contexto internacional. Ecuador es un pequeño espacio territorial si se compara con sus vecinos Brasil y Perú, pero tan complejo como cualquier lugar. De conflictos sociales álgidos, con proyectos políticos en disputa, de problemáticas ambientales y evidentes desigualdades sociales entre sus habitantes. La temporada de fin de año resulta ser adecuada para visitarlo dada la llegada de un corto verano que facilita apreciar la diversidad de su geografía y permite descubrir en toda su belleza ciudades patrimoniales como Quito y Cuenca, a las que se suman espacios urbanos llamativos como Ibarra y Guayaquil. De trayectos cortos entre ciudades y sitios de interés ecoturísticos, arqueológicos y religiosos, el país se conoce con relativa facilidad, aunque siempre quedan mágicos espacios por transitar entre sus islas o en las selvas profundas.

Recuerdo que planear el viaje a Ecuador no fue difícil. El camino entre Medellín y el Puente Rumichaca, en la frontera colomboecuatoriana, es una ruta ya realizada previamente. Tulcán, al otro lado de la frontera, era el límite del mundo conocido. En adelante, con la ayuda de un mapa, simplemente ubiqué los desplazamientos terrestres, los puntos de mayor interés para permanecer por varios días y los lugares particulares que buscaba recorrer más tranquilamente. La idea consistía simplemente en moverme entre el mundo andino y la costa. Caminar, tomar fotografías, ver rostros nuevos, escuchar otras voces y sonidos, aprender lo más posible y descansar, hicieron parte de mi rutina en este corto viaje. 

QuitoPanorámica de Quito, capital de Ecuador. Foto: Dairo Correa Gutiérrez.

Finalizaba diciembre cuando inicié el viaje. La primera parada del camino, luego de una noche viajando, fue Popayán, aún en Colombia. Hacía años no recorría la ciudad, y lo grato es encontrar su centro histórico básicamente igual, con sus casonas coloniales pintadas de blanco en sus fachadas, iglesias monumentales, pequeñas plazas y museos. La primera vez que caminé Popayán, hace algunos años, la gente aún comentaba sobre el último terremoto que arrasó con gran parte del centro y destruyó edificios antiguos. Los años han ido borrando esas historias y Popayán recuperó sus características urbanas y ha crecido en infraestructura. La ciudad nueva, de estilo moderno, sigue extendiéndose por kilómetros y sobresalen unos edificios nuevos, funcionales, que son espacio para residencias, comercio, industria y oficinas gubernamentales. Como el resto de las ciudades capitales de departamento en Colombia, el caos vehicular resulta ser asfixiante. A veces, ni por el centro histórico ni por la ciudad nueva, se podía avanzar con tranquilidad. Desde muy temprano las calles se saturaban de personas, todas con su propio afán. Cafeterías, almacenes, iglesias, centros comerciales y parques, estaban colmados de habitantes. Era el final de la Navidad y la alegría se evidenciaba. El verano permitió la llegada de los cielos azules, de pocas nubes, con poco frío y escasa humedad.

Popayán tiene un extenso pasado. Para los historiadores colombianos, la ciudad, sus élites, su estructura económica y política, son un referente obligado. La región fue zona principal durante el proceso de conquista española proveniente de Perú, y allí se asentó uno de los espacios centrales en el universo colonial. Popayán, desde el siglo XVI, conformó un centro urbano de primer nivel, de amplias relaciones con Quito, con Cali, Antioquia y Santa Fe de Bogotá. La misma ciudad refleja ese importante pasado: una traza urbana a partir de calles rectas que demarcan las cuadras, es un signo de la planificación española. La presencia de la iglesia, a partir de edificaciones tipo templos mayores y menores, conventos, colegios y capillas, muestra la influencia del mundo hispánico católico.

Desde Popayán se manejó en gran medida la economía aurífera de la Nueva Granada, y siendo una sociedad esclavista, el modelo de la gran hacienda dio prestigio a linajes de familias que luego, en el proceso de la independencia colombiana, tomaron sus armas en los diferentes bandos, y una vez la separación de España, tuvieron fuerte protagonismo en el gobierno del Estado. Por Popayán y sus rincones se vivieron los grandes episodios del país: las guerras civiles, las disputas por la definición de la ciudadanía, las tensiones por el papel de la religión en la sociedad y cientos de conflictos sociales como bien se ilustran durante las últimas protestas estudiantiles. En su entorno, el mundo indígena y el de las comunidades negras ha afrontado diversas problemáticas y acciones de violencia. Y desde Popayán se desplegaron procesos de colonización de las selvas tropicales, hacia el Caquetá, el Putumayo y el Pacífico. Con los años, también Popayán se vio disminuido con la separación de varios territorios que pasaron a constituir otros departamentos, como sucedió tempranamente en el siglo XX con el Valle del Cauca, cuya capital Cali, desplazó el desarrollo económico hacia el norte.

Los días en Popayán fueron antesala para seguir el rumbo hacia Nariño y la frontera en el municipio de Ipiales. Siempre he pensado que el trayecto entre ambos lugares ofrece uno de los paisajes más bonitos de Colombia. Se da un contraste enorme entre las pequeñas colinas saliendo de la ciudad y las grandes montañas que se ascienden hasta llegar a Pasto, capital de Nariño. Por momentos pareciera que se está transitando por las inmediaciones de Santa Fe de Antioquia, entre las montañas de bosques de tierras áridas, pero luego todo cambia y se cruza el túnel que da acceso a la ciudad moderna de Pasto, fría y caótica.

En Pasto no me detuve, como si lo hice unas semanas después luego del Carnaval de Negros y Blancos. El punto de llegada fue directamente la terminal de Ipiales, en la madrugada, donde se despierta a la realidad de la inmigración cuando cientos de personas cruzan hacia ambos lados de la frontera. Turistas en una pequeña medida, pero un gran flujo de inmigrantes es lo más notorio. Están las personas que vienen del norte, básicamente de Venezuela, familias completas en muchos casos. Bastante doloroso observar niños, mujeres y hombres jóvenes que van en búsqueda de la simple supervivencia. Es dramático encontrar venezolanos caminando la carretera a Tulcán porque no tienen dinero para tomar transporte, y avanzan en la inclemencia del sol y el frío. Ya van años de la misma situación y es muy lamentable.

Durante todo el viaje, desde la misma Medellín y en cada poblado del Ecuador que recorrí, encontré venezolanos rebuscando su sustento. Las palabras son insuficientes para describir su realidad. Y de otro lado estaba el flujo migratorio desde el sur hacia el norte. Son otros inmigrantes, los que van a Estados Unidos con la firme decisión de atravesar la frontera de México y transformar su vida en ese país. Su camino, está por demás decirlo, es tan difícil como el de los venezolanos. Basta con recordar el paso por la selva chocoana y su tránsito por Panamá, una de las peores experiencias que puede tener un inmigrante.

Seguí la ruta hacia Tulcán, el primer municipio de Ecuador. Su terminal de transportes es pequeña, nada diferente a las colombianas, pero de inmediato uno observa las pequeñas diferencias con el uso del dólar como moneda. Algunas cosas también se pueden pagar en pesos colombianos. El acento de las personas demarca otro cambio. Los productos del comercio, el nombre de las marcas de alimentos y los elementos de aseo personal, son diferentes. Confieso que soy curioso con los empaques de las cosas y me gusta mirar varias veces los objetos, aunque sé que en el fondo son lo mismo que ya conozco con otro nombre. Otras aspectos si son extraños, como algunas comidas y la sazón de platos que traen diferente sabor. No obstante a la ausencia de las arepas paisas, su reemplazo por el pan y la falta de unos buenos frijoles no podré acostumbrarme, como tampoco lo haré a un buen arroz chino “a la colombiana”, que fue imposible de encontrar en Ecuador.

Ibarra, en un pequeño valle cercano a volcán Imbabura, fue la ciudad siguiente en el recorrido. Con un centro histórico bien delimitado, de calles amplias y edificios civiles suntuosos, Ibarra terminó siendo un lugar acogedor, fácil de caminar, de un clima menos frío que la frontera colomboecuatoriana. Con una larga historia, Ibarra se relaciona con el poblamiento indígena prehispánico, incluso con presencia de comunidades incas en expansión poco antes de la conquista española del siglo XVI. Precisamente por la existencia de grupos sedentarios de indígenas, la ocupación de los conquistadores tuvo en Ibarra un capítulo especial tras la fundación de la ciudad, el reparto de la población nativa y el establecimiento de rutas comerciales hacia Pasto - Popayán, hacia Quito y también con destino al Pacífico, que albergó a africanos traídos como esclavos para labores mineras y agropecuarias. Producto de las dinámicas comerciales, aún se preserva el antiguo tren que une la ciudad con el puerto, ahora destinado al turismo de pasajeros.

Quito 2Iglesia colonial en la ciudad de Quito.

Acostumbrado a convivir en medio de una guerra civil por décadas, me es extraño visitar un país donde las personas no se estén matando de forma descontrolada por motivos ideológicos, políticos o económicos. La sensación de seguridad y tranquilidad en Ibarra, en sus mercados, en sus calles y parques, es bastante agradable. Sin afanes se recorren sus iglesias, se escuchan aún las historias sobre la independencia ecuatoriana que en la zona tuvo uno de sus episodios principales, y se reconstruyen los cambios urbanos que han traído antiguos terremotos cuando ha sido necesario reconstruir la ciudad varias veces.

Desde Ibarra viajé a Quito con gran facilidad y poco costo. Asombra la red de carreteras de Ecuador con las que sus habitantes han podido superar grandes dificultades del terreno montañoso y escarpado del país. Y sorprende aún más encontrarse con la ciudad capital, más extensa de lo imaginado. El corazón político del Ecuador, la urbe de Quito, evidencia las transformaciones urbanas de América Latina. Con uno de los mejores centros históricos que he recorrido en el continente, la ciudad vieja tiene un legado patrimonial perdurable y permite tener las mejores clases del pasado colonial y republicano de Ecuador. En sus viviendas, edificaciones religiosas y civiles, en las plazas, museos y monumentos, está plasmado el devenir del tiempo, la cotidianidad de generaciones de ecuatorianos, los cambios en las estéticas y valores de la población.

Me alegró caminar el Quito viejo, ascender sus laderas, ingresar a los conventos y capillas, apreciar el arte pictórico y escultórico en sus variadas etapas desde el siglo XVI. Observar a los pobladores, muchos aún con sus costumbres tradicionales, es mágico. Indudable en Quito el papel de la Iglesia Católica, desde el periodo Colonial, en la definición de costumbres y ritmos de vida. La introducción de la hispanidad supuso gran violencia sobre los indígenas y el uso extremo de las imágenes religiosas de santos e íconos católicos para transmitir un nuevo orden social impuesto tras la conquista. Reflejo de ese momento histórico, la ciudad tiene, a mi juicio, el templo más hermoso que he conocido. Se trata de la Iglesia de los Jesitas, tan vieja como Quito misma, supremamente decorada y ejemplo máximo del esplendor de esta orden religiosa. El convento de San Francisco y su plaza, la Catedral del Voto Nacional, el Cementerio de San Diego, el antiguo hospital y la Calle de la Rotonda, son entre otros, sitios ideales para recorrer.

En Quito todo es un aprendizaje. Desde su modelo de transporte que pronto incorporará un tren subterráneo, hasta los cambios que ha traído la modernidad. La ciudad se ha extendido en todas las direcciones, incorporando antiguas haciendas coloniales, ubicando nuevos barrios suntuosos y otros asentamientos de sectores populares. Es interesante vagar por la Alameda, el parque del Ejido o viajar a La Mitad del Mundo, a las afueras del Quito metropolitano, lugar que reconstruye aspectos de la investigación científica y geográfica. No deja de ser todo un espectáculo desplazarse al volcán Quilotoa con su laguna o al volcán Cotopaxi y su nevado, ambos a pocas horas del centro de la ciudad. Si se está con suerte, el verano deja apreciar un paisaje abrumador, imponente, que alberga gran variedad de especies de flora y fauna muy características de los andes suramericanos.

Mi permanencia en Quito coincidió con el fin de año. La festividad popular en las calles de los barrios de la ciudad es muy cercana a las tradiciones colombianas, con música y reunión en familia, pero se distingue por el uso de disfraces y por la quema del muñeco del año viejo en el que se representa a personajes que se quieren dejar atrás. La alimentación en la ciudad tiene tanto la variedad de platos del país como la preparación de comidas rápidas universales. Cervezas y licores locales son también una opción para conocer los sabores locales.

Mitad del mundoCiudad Mitad del Mundo.

A mis días de verano en Quito siguió el viaje a Guayaquil, la ciudad más grande del país, a orillas del río Guayas. De un clima caliente y húmedo, la ciudad portuaria ha realizado una importante obra de adecuación de su malecón al lado del río, construyendo un paseo peatonal que comunica la zona financiera, el barrio tradicional Barranco y la ciudad histórica con su centro de comercio, hoteles y edificios representativos más ligados a la vida republicana que al antiguo pasado colonial. En tanto zona abierta al intercambio con otras naciones por ser un puerto de alto tráfico, Guayaquil tiene otro ritmo de vida en sus habitantes. Es una ciudad liberal, cosmopolita, de mayor apertura a las ideas. Su rol en los procesos históricos de la independencia ecuatoriana y disputa de proyecto de nación, le han dado gran protagonismo a los guayaquileños y a sus elites en todo el país.

La economía ecuatoriana se ve reflejada en Guayaquil, lo mismo que la industria y el modelo agroexportador. En las cercanías de la ciudad se encuentra una amplia infraestructura para la producción y almacenamiento de materias primas, y de paso se extiende una amplia red de carreteras que fácilmente comunican con otros lugares de la costa pacífica y el interior del país. Desde la terminal de transporte, que es un edificio bastante grande, se puede viajar a poco costo a los balnearios costeros. En enero el calor y los días soleados son perfectos para los destinos de verano. Fue así como viajé hasta Playas, un pequeño pueblo a una hora de Guayaquil, tranquilo y perfecto para comer productos de mar y pasar una tarde cálida y silenciosa.

Tras mi corta permanencia en Guayaquil, continuamos el viaje a Cuenca. Ubicada en una planicie andina, esta ciudad representa otro de los legados históricos de Ecuador. De arquitectura colonial y republicana, bien conservada, y destino turístico de primer nivel en el país, Cuenca hace parte del patrimonio de la humanidad. El conjunto de iglesias, conventos, edificios residenciales y gubernamentales, llaman la atención. El uso de la piedra pulida es distintivo de Cuenca, y se emplea en la Catedral y otras obras arquitectónicas de gran belleza. Al igual que Ibarra, Quito y Guayaquil, Cuenca se estableció en zona habitada por indígenas que fueron incorporados a las dinámicas occidentales tras procesos de aculturación en los que la religión católica tuvo un rol principal.

50826264 10156213411882473 7479585383051689984 oParque Natural Cajas.

En Cuenca la existencia de cafés, pequeñas plazas públicas, mercados locales y oferta hotelera, le permiten al viajero una estadía amena. Desde la ciudad se va con facilidad a balnearios termales y se llega, a menos de una hora, a un destino de gran belleza: el Parque Natural Cajas. Ubicado en la zona de páramo, Cajas ofrece un paisaje agreste, de contraste entre las montañas y decenas de pequeños lagos, ideal para transitar. En mi caso, la lluvia impidió un recorrido amplio y me obligó a regresar pronto a Cuenca en búsqueda de un mejor clima, porque el frío y la humedad agotan fácilmente. En Cuenca tuve la ocasión de presenciar parte de un desfile tradicional de principio de año a la vez que compré algunos productos de textiles típicos.

El tiempo en Cuenca fue breve, y desde allí inicié el retorno a Colombia, pasando primero por Quito y luego desplazándome hasta Tulcán. En esta segunda ocasión, pasé por el cementerio de Tulcán luego de dormir sentado en la terminal de transportes de la ciudad. El cementerio, único en el mundo por el trabajo que hacen con los pinos, estuvo abierto desde muy temprano. Turístico y muy frecuentado, el cementerio es una parada obligada. Luego, el desayuno y el paso fronterizo. Rumichaca, como siempre, estaba colmado de inmigrantes. En ambos lados de la frontera, para el colombiano hay un buen trato, y creo que debe ser de los pocos espacios de tránsito internacional donde no me he sentido discriminado por mi origen. No me miraron de manera sospechosa buscando en mi equipaje kilos de cocaína.

Para finalizar mi trayecto estuvo el desplazamiento de Ipiales a Pasto, ciudad última donde permanecí durante dos días. Por fin me tocó ver a Pasto en verano al menos por unas horas. La capital de Nariño no ha cambiado mucho desde que la visité hace un par de años. Aún no finalizan las obras viales que demolieron parte del casco histórico, el avance del comercio sigue deteriorando el patrimonio urbano, el caos vial parece ir en aumento. Con todo, la urbe es un lugar agradable, tranquilo y seguro. Desde allí, sólo con la parada en el Bordo, Cauca, regresé por la Troncal Occidental hasta Medellín. Los últimos recuerdos del viaje terminaron siendo las imágenes del paisaje nariñense en un día de sol. Son impresionantes las formas de las montañas, casi verticales, áridas unas veces y exuberantes otras. Por ahora, montañas y atractivos rurales de Nariño y Cauca, son lugares en espera de poderlos atrapar, a futuro, en cientos de fotografías.

QuilotoaLago Quilotoa, en los andes ecuatorianos.