En este texto el autor reflexiona sobre la polarización, las violencias y las inequidades en que vive sumida Colombia.

Por Reinaldo Spitaletta

Hay una peligrosa mentalidad en Colombia, desde hace lustros, tal vez desde las nefastas calendas de los capos mafiosos de los 70, 80 y 90, o desde antes, de dirimir conflictos a punta de violencia. Habría que establecer mediante trabajos interdisciplinarios de investigación de dónde proceden no solo las intolerancias políticas, sino, sobre todo, ese ánimo contumaz de borrar de la faz del mundo al contrincante. De desaparecerlo, o declararlo como un “falso positivo”. De despojarlo de todo, incluso de lo más preciado: la vida.

Es una mentalidad de emergentes. Y, más que todo, del lumpen, que hoy todo se lo ha tomado por asalto: la política, las fiscalías, los organismos de seguridad estatales, la seguridad privada, las tierras y un largo etcétera. Si un médium convocara a Voltaire a observar un país como este, de barbaries y desgreños, el gran filósofo palidecería y echaría por la borda su Tratado sobre la tolerancia, por ejemplo.

Habrá que revisar mucho la historia para medio entender de dónde proceden tantas ansias de matar, de robar tierras, de masacrar, de perpetrar atentados. Y de mentir. El asesinato es otra de las variables que hay que considerar. ¿Es el nuestro un país de asesinos? En cualquier caso, es un país con una carga de inequidades, de desprecio de las élites hacia los humillados, hacia los excluidos.

Es deplorable que una manifestación como la del domingo 20 de enero, en la que desde distintas ópticas políticas se quería repudiar el horrendo atentado contra los cadetes de la Policía y, de paso, reivindicar la necesidad de la paz, de incluir en la demostración el rechazo por la sistemática ola de crímenes contra líderes sociales, tenga, de un lado, una utilización politiquera oficial, y, de otro, desvergonzadas muestras de vulgaridad y violencia. De intolerancia e incivilidad. ¿Cuáles son las raíces de nuestra barbarie? ¿Todavía estamos bajo la férula de antiguas violencias, como la liberal-conservadora?

¿Cuándo la confrontación de ideas, la dialéctica de los discursos, la argumentación, la episteme, en fin, degeneraron en la imposición de un solo punto de vista, de una concepción excluyente? Procedemos de guerras y “guerritas” civiles, de diversos choques armados, de execrables alianzas entre poderosos para seguir rigiendo a su anchas y cabalgando a su antojo sobre los hombros de los desposeídos. Concordatos y doctrinas únicas. Dogmas. La negación de la razón…

Hay que seguir buscando causas y analizando efectos y otras irracionalidades, como la reciente del Eln contra los cadetes. Por ahora, qué significa que un “abuelo”, en una manifestación contra el terrorismo y por la paz, la emprenda a insultos contra un joven que en el respaldo de su camiseta tenía una leyenda: “No a la guerra de Duque y Uribe”. Y, lo más ultrajante, que le grite que si no se la quita “te pelamos”. Este término lumpesco, de la jerga de bandas criminales y el paramilitarismo, significa, en buen romance, matar. Otros dos manifestantes golpearon al muchacho, que, para algunos, se erigió en el “héroe” de la jornada.

También en Medellín, a un desplazado por la violencia, que colgó en un puente dos pancartas que decían “No más cortinas de humo, a Colombia se le respeta y a los líderes sociales también” y “No más muertes de cuenta del Estado”, lo abuchearon, le gritaron “guerrillero”, “no más Farc” y profirieron insultos contra él. Hubo otro energúmeno que la emprendió contra un grupo de manifestantes que no pensaban como él: “¡Bala es lo que hay, plomo es lo que viene, no más impunidad, no más negociaciones!”.

Todo ese veneno, destilado en las marchas contra el terrorismo, de seguro está emparentado con degradantes estilachos de hacer política, o politiquería, y en comportamientos deleznables, como aquel del “te doy en la cara, marica”. Una brutal cultura de dirimir a bala las diferencias ideológicas, divisa que la mafia promovió hace años, es vista con simpatía por sectores de la sociedad. ¿Qué tal que estos intolerantes que pelaron el cobre de la ordinariez en las marchas hubieran estado armados?

Hay que persistir en las protestas contra todos los terrorismos, contra los crímenes de lesa humanidad, por la conquista del bienestar para los que siempre han estado al margen del progreso y de una vida decente. Claro, puede ser solo un buen deseo, porque, en la práctica, faltarán muchos años de luchas y alcances culturales para cambiar un país en el que pululan la criminalidad y numerosos atentados contra la dignidad y la vida.

Quizá nos falte mucho para que las palabras del poeta (Carlos Castro Saavedra y su Camino de la patria) nos certifiquen como una sociedad civilizada: “Cuando se pueda andar por las aldeas y los pueblos sin ángel de la guarda. / Cuando sean más claros los caminos y brillen más las vidas que las armas” (…), podremos decir que tenemos patria.

Crime