Josefina llegó al hospital acompañada por su pareja un jueves al mediodía. Él llevaba el bolso con pañales y ella las contracciones en el útero. Él llevaba un gorrito del tamaño de una pelota de tenis y ella las estrías a punto de reventar.
 
 
La noche anterior al parto, Josefina estaba cenando en la casa de su mamá junto a su pareja. Comieron ravioles con salsa bolognesa. Lo recuerda porque el médico le había exigido hacer dieta, pero los antojos no se lo permitieron. Lo recuerda también porque al otro día, 26 de octubre de 1995, antes de  parir a su primera hija, el partero en plena cesárea le dijo: “¡Cuantos ravioles mami!”.
 
Lo cuenta y se le pone la cara roja. Pensó que al abrirle el cuerpo para hacerle una cesárea había visto los ravioles que se comió la noche anterior. La dejó tranquila escuchar al médico reírse, haciéndole saber que era un chiste.
 
Josefina llegó al hospital acompañada por su pareja un jueves al mediodía. Él llevaba el bolso con pañales y ella las contracciones en el útero. Él llevaba un gorrito del tamaño de una pelota de tenis y ella las estrías a punto de reventar. Él llevaba un chupete y ella llevaba la fragilidad del cansancio, mezclada con pelo y sudor.
 
Siete horas estuvo pujando contracción tras contracción hasta que la bebé se empezó a enredar en el cordón umbilical. Ella recuerda los gritos y la urgencia de los médicos. Así se enteró: por el grito del obstetra a la partera diciéndole que a su hija le bajaban los latidos y sintió que los de ella se aceleraban. 
 
Decidieron hacerle una cesárea, nadie se lo preguntó. Tampoco le avisaron, no tuvo tiempo de pensar, una aguja le atravesó un espacio ínfimo entre sus vértebras. Dejó de sentir la mitad de su cuerpo, estaba dormida desde la cintura hasta la uña del pie. Recuerda los ruidos de los médicos moviéndose y sus voces, la sensación de estar siendo recortada como si fueran pedazos o retazos de un cuerpo que aunque lo cosieran ya no iba a ser el mismo. 
 
Durante el embarazo consumió cantidades bestiales de publicidades en las que aparecía una mujer gestante agarrando a su bebé con una sonrisa de punta a punta. La chica de la publicidad tenía el rostro intacto, ni una marca de celulitis y su marido le agarraba la mano mientras ella pujaba. La escena perfecta, así se imaginaba ella el primer encuentro con su hija. Pero el marido de Josefina no estuvo al lado suyo durante el parto, no lo dejaron quedarse. Nadie le agarró la mano y como no supo dónde ponerlas, las juntó entrelazando los dedos y ante tanto espectáculo, lloró. Dice que fue despacito, en silencio. 
 
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-¿Y ahora por qué lloras?- le dijo el obstetra. 
 
La pregunta correcta sería por qué no llorar. Estaba sola, con el cuerpo mutilado, una beba que apenas empezaba a conocer y desconociendo casi todo de ese mundo nuevo. 
 
Josefina se ríe mientras lo cuenta, pero no sabe responderme por qué lloraba. 
 
Le cambia la cara pensando en el momento en que escuchó a su bebé llorar de manera estruendosa como ella no pudo hacerlo. Los gritos se hicieron menos intensos cuando se la tiraron en sus brazos. 
 
-¿Te la tiraron en los brazos? ¿Sin preguntarte?- le pregunté
-Si, les dije que tenía miedo de que se me cayera porque no sentía el cuerpo. 
 
Se quedó acostada con la bebé en sus brazos anestesiados y ella dura sin poder moverse. La escena publicitaria comenzó a desfigurarse. 
 
Pasó la noche intentando dormir en una habitación sola, al marido tampoco lo dejaron quedarse después del parto. 
 
“Es una responsabilidad muy grande traer una hija al mundo”, me cuenta. Pensaba en la crianza de su bebé, incluso cuando minutos antes había sido abierta y cocida, y tenía una herida atravesándole el abdomen. No sentía dolor, o sí pero no lo recuerda porque solo miraba la cuna transparente ubicada a centímetros de su cama. Sintió dolor en el cuerpo recién cuando notó que su hija se había dormido. Volvió a llorar en silencio, todavía sin saber por qué. 
 
No siempre es como la publicidad lo muestra. Es el deseo materno, que no es así para todas, es así para ella. 
 
Así pasaron las tres noches en el hospital hasta que pudo irse a su casa, antes habitada por dos, desde ahí en adelante por tres. La compañía de su marido duró hasta la mañana siguiente cuando él se levantó para irse a trabajar. Ella se despertó con él y le preparó un desayuno caminando con la espalda doblada, le costaba acostumbrarse, no había caminado torcida ni en sus momentos de mayor angustia.  Cuando él se fue, ella siguió mirando la cuna con su bebé adentro llorando y volvió a llorar sin saber por qué. Su hija tenía hambre. La agarró a upa, se la puso en sus tetas a punto de estallar pero no le salía leche. Probó con la derecha y después con la izquierda. Succionaba durante milésimas de segundo y después la mordía. Con su manito, la bebé le tiraba el pelo que caía sobre un pecho, con fuerza. Josefina se paraba, se acostaba, la sacudía de un lado a otro, le ponía el chupete, no había manera de calmarla. La bebé lloraba, y ella también. 
 
Puso a la beba en el cochecito y salió a la calle decidida a ir hasta la casa de su mamá con un bolso a medio hacer y el pijama puesto. Llegó con el pelo sucio hecho un rodete, las ojeras tan marcadas como la cicatriz de la cesárea. La reciente abuela estiró los brazos mientras le ordenaba acostarse en el sillón a dormir mínimamente veinte minutos. Lo intentó repetidas veces pero fracasó. Cerraba los ojos y escuchaba a la bebé llorar mientras la abuela le ponía el chupete y la bebé lo escupía. Josefina la acercó nuevamente a su pecho que, para ese momento, ya no podía hincharse más. La leche no salía y la bebé seguía llorando. En un momento el cansancio fue tanto que el ruido del llanto hizo dormir a Josefina. Cayó desmayada en un sillón descascarado. La abuela finalmente logró dormir a su nieta.  
 
-¿Dónde estaban los hombres?- le pregunto.
-Trabajando -me contesta-, los hombres siempre desaparecen. 
 
En ese momento Josefina se sentía muy sola. Pero ahora es distinto, estamos, nos tenemos. La bebé que no paraba de llorar era yo, la que me durmió mi abuela y la mujer que se durmió en un sillón descascarado era mi madre. Esta red de mujeres ahora es colectiva. Podemos hablar, el silencio ya no queda en el interior de una casa o en una sala de parto. Ahora somos un grito, un cuerpo descosido pero vuelto a coser. Estamos enlazadas transformando el dolor en conocimiento y empatía. Un mismo hilo conductor entre mujeres, movido por el deseo. Un hilo sororo y plural. Hilo que se hizo pañuelo. Un tejido que atraviesa la intimidad de esa casa. Cruza fronteras, continentes, espacios. Sostiene, conecta, recompone.
 
Le extiendo la mano, Josefina llora todo lo que no lloró en el parto, y yo también.  Ahora sabemos qué hacer con nuestras manos. Desarmar el hilo narrativo de las publicidades y armar nuevos discursos escuchándonos. Podemos llorar, gritar y decidir. Nos tenemos.