¿En qué momento papá Dios dijo:
Universo fórrate de una telaraña. Para que todo lo oscuro y lo pesado,
lo que ha hecho daño hasta hoy caiga sobre esa telaraña
y se desplome? Pastora Mira García

Por Mariana Posada / Foto: Pertti Pesonen

De las tantas veces que Pastora Mira García se levantó a las 6 de la mañana, la del 2 de octubre de 2016 fue distinta. No se parecía a las demás. Ese día tenía un sabor diferente a esos en los que tuvo que salir de su cama igualmente, pero en búsqueda de alguno de sus hijos o de su anterior esposo.

Recordó, aún en la cama, cómo esa semana se había dedicado a empapelar el pueblo. De cada poste colgaba un afiche de grandes letras azules. SÍ. Y una contundente frase: “y paremos esta guerra ya”. También pensó sobre cómo habló con tantas personas. “La guerra no es la mejor herencia que le podemos dejar a nuestros hijos”, era el mensaje. Tres de cada setenta personas lo razonaban. Su corazón… agridulce.

Se terminó de levantar con la expectativa de que los colombianos cambiaran su pensamiento. Continuó su camino fuera de la habitación, mientras en su cabeza rondaba la idea de la fuerza del clero. Un clero que marca. Un clero que convence. Un clero que decía No y que tiene bastante seguidores en San Carlos. El municipio al oriente de Antioquia que, en tiempos de guerra, (sobre) vivió con impensables cifras: 1200 –muertos–. 247 –desaparecidos–. 74 –mutilados por minas antipersona–. 80% –población desplazada–.

Decidió entonces que sería buena idea ir a ver a su gente salir de la misa de 8 a.m. Se ubicó frente a la iglesia. Una torre alta. Muchos ladrillos que conservan su color. Tres puertas para evacuar. Pudo leer la intensión de los votos. Algunos pasaban por su lado alegres: “Ya, es hoy”. Pero también se encontró con personas que le daban solo los buenos días y bajaban la mirada. Luego de notar miradas esquivas, Pastora, frente a la iglesia dijo: “¡Ay Dios mío!, haz algo…”

Con esa misma frase, ella ya había estado en ese templo años atrás. El 10 de mayo de 2001 su hija, Sandra Paola Montes Mira, fue desaparecida por las AUC. La querían para sus filas. Tras un año de tortura la mataron por su rebeldía, pues no quiso pertenecer a ese grupo armado ilegal que tanto daño había hecho a su familia. Pastora y su huérfana nieta de seis años buscaron respuestas de esto hasta el 2008. Ese año la encontró en una fosa, luego de haber buscado en 17 más. A estos 17 desterrados les dio digna sepultura… los vistió y les decoró sus tumbas con flores pintadas a mano de vivos colores.

Luego de la salida de misa, fue en busca de su equipo. El comité del Sí. El lugar de encuentro: un antiguo hotel que en la década del 90 fue refugio para los grupos paramilitares que azotaban la región. Hoy es un museo donde las víctimas y sus familiares tienen espacio para la reparación simbólica. El lugar se encuentra empapelado de obras realizadas por sus pobladores. Resalta entre ellas una de un rostro de mujer hecho a lápiz. Lloraba en rojo. El artista, para ser más específico, pone entre paréntesis: “Lágrimas de sangre”.

Del antiguo hotel salieron para diferentes puntos en el pueblo y así entregar el último mensaje a los electores. Jairo, Carlos, Mary, Nora, Ángela, Martha… “Los borrados por el Sí”. A ella, Pastora, le tocó el más cercano al Coliseo Julián Conrado, donde más personas estaban inscritas. La edificación blanca y azul se ubica entre las carreras 18 y 17 y las calles 19 y 19a. La esquina de Colanta, el lugar de ella, se halla en la intersección de la calle 20 con la carrera 18.

Estar allí era vivir la vida del puercoespín en el invierno. Tocaba compartir aquel “nido” con distintas posiciones. Guardando la distancia exacta para no herir al otro. Convivieron durante el día en una esquina de escasos cuatro metros cuadrados. Su fachada naranja con las persianas metálicas blancas eran refugio de dos discursos distintos. El de Pastora era: “Recuerde la llavecita que llevamos hoy,
–y ponía su mano en el hombro del otro mientras expresaba con sus manos el movimiento de una cerradura– para asegurar la puerta… y que nunca se abra. O para permitir que sí se haga”. Y así le habló a cada una de las personas a las que se acercó.

En el transcurso de la mañana recibió llamadas de las personas de las veredas. Históricamente la Alcaldía ha enviado buses para que quienes viven en zonas alejadas, voten. Ese día Pastora recibió en su celular la llamada de docenas de campesinos solicitando el transporte. Sin embargo muchos campesinos con intención de voto no pudieron llegar a las mesas. Se quedaron a la expectativa El Jordán, Samaná, Puerto Garza…

A esas mismas veredas de El Jordán, Samaná y Puerto Garza, luego de la desmovilización de las AUC, Pastora se lanzó con machete en mano junto con un reducido grupo de mujeres valientes, a las montañas que esconden las más altas cascadas, en busca de cuerpos, de fosas, de respuestas. Repartieron mapas de su municipio para que las personas marcaran anónimamente. Sur. Norte. Oriente. Occidente. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Quién? ¿Por qué? La cartografía de la violencia.

Luego de no poder darle solución al problema del transporte, decidió darse un descanso e ir al parque a tomarse un tinto. Se sentó entonces en una mesita y le dijo a la chica de la cafetería, con esa dulzura que le caracteriza, que le trajera un tinto, por favor. “Dos de azúcar, concentrado. Gracias”. A respirar… mientras.

Al terminar su descanso se encaminó al coliseo del pueblo. Eran las 3:30 p.m. Hora de votar. Lo dejó para el último momento de la jornada pues se había inscrito como testigo de votación y no quería pasar dos veces por aquel arco en ladrillo que daba la bienvenida. Cédula, tarjetón, lapicero en mano… “¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera?”. Una equis grande, negra, sobre el recuadro del Sí. La fiesta de la democracia.

Se quedó para continuar con su labor de testigo. En un principio solo en su mesa, pero la necedad le ganó y comenzó a hacer recorrido por las demás mesas para sondear los resultados. En la suya había ganado el No. Se fue haciendo boca de urna. ¿Cuánto fue? Se dio cuenta que iban por debajo. Salió del recinto y se encontró con su amigo Diego, quien estaba por el No. “Listo, mi amor. Vamos a ver qué puede pasar”, le dijo ella.

La esperanza de la reconciliación comenzaba a tornarse difusa. Sintió que el sueño que tuvo su hijo Jorge Aníbal Montes Mira, un 20 de julio, con apenas cuatro años, podría ser frustrado. El soñaba con hacer una torta tan grande donde las FARC y El Ejército pudieran comer juntos y así no matar más personas. Catorce años más tarde el chico que luchó por encontrar, junto con su madre, el cuerpo de su hermana Sandra, sería secuestrado. Quince días más tarde fue ejecutado. 18 de mayo de 2005, fecha del deceso del chico que con cuatro años veía la paz y la democracia en forma de pastel.

En el café Las Palmas, justo en frente del sitio de votación –la esquina de la calle 18 con carrera 19– se encontró con su grupo para seguir desde un pequeño televisor el conteo a nivel nacional. Transcurrió el tiempo entre debates sobre cuál sería el rumbo del país, y así se fueron hasta las 7 p.m. Resultado total: el No ganó con el 50,23%, mientras que el Sí, que logró superar el umbral, solo obtuvo el 49,76%. En el municipio el No ganó con el 53,01%, mientras el Sí alcanzó el 46,98%. 307 votos diferenciaron a los 2697 por el No, de los 2390 por el Sí. Reñido, como el resto del país.

Ya al final del día, en la mesa del comedor de su casa con Liliana y Adriana, las dos hijas que le quedaron y sus tres nietos, se encontraban tristes por los resultados. Pastora les despertó los deseos de seguir adelante. Al son de sus chasquidos vocalizaba: “pa` lante, pa` lante”. Lo que hicieron los resultados de aquel plebiscito fue oxigenarla, “eche pues pa` lante, mijo. Vamos a ver el plan b”.

Al irse a dormir a las 11:00 p.m., pudo cerrar los ojos y pensar… “Gracias papá Dios”. Podría morirse en ese instante y, entre las cobijas, sentir que todo su trabajo ya estaba consumado.