Hace cinco meses Rafa se cansó. Se levantó temprano, despertó a su esposa y, con lágrimas en los ojos le dijo: “nos vamos para Colombia”. 

Por Mauricio López Rueda

Hace tan sólo ocho meses, Rafael Rojas y su esposa Cleofina Sandra Pérez trabajaban con entusiasmo en canciones para el primer álbum de su hija Ana Vanella. 

La joven, de apenas 14 de años de edad, ya había puesto a rodar en las redes sociales su primer videoclip, ‘Un regalo de Dios’, y soñaba con producir uno más: ‘Baby’, otra canción compuesta por ella con la ayuda de sus padres, y en la que su hermano Rafa, de 10 años de edad, toca los timbales.

Vivían en Carora, capital del municipio de Torres, en el Estado de Lara, en una casa antigua pero de buenos cimientos, donde además tenían un estudio de grabación con consolas, micrófonos e instrumentos de todo tipo. 

Rafael y Cleofina se conocieron hace más de 39 años, cuando él, un joven músico admirador de la Billos Caracas Boys y de Los Melódicos, hizo realidad el sueño de formar una orquesta. La bautizó Rafa y Sus Diamantes, y Cleofina, una hermosa india de cabello lacio, fue su primera trompetista y voz secundaria. 

Los inicios fueron duros, pero de a poco se fueron consolidando en Corora y otras ciudades del Estado de Lara. Con frecuencia los invitaban a fiestas y a inauguraciones, y con el dinero que ganaron lanzaron su primer álbum, ‘Rafa y Sus Diamantes Volumen I’. 

Temas como ‘La Canillona’ y ‘Dame tu caramelo’ gozaron de buena aceptación entre el público y alcanzaron a estar en los listados de “más pedidas” de las emisoras locales. 

Rafa y Cleo se casaron y continuaron dándole vida al sueño musical. Contrataron más músicos, ofrecieron más conciertos y sí, tuvieron hijos. La vida era buena para ellos. 

Sin embargo, en los recientes cinco años Venezuela cambió. La trepidante crisis humanitaria también alcanzó a Carora, y Rafa y Sus Diamantes perdieron la alegría de sus melodías. 

Con Ana Vanella de nueve años de edad y Rafa Jr. de apenas cinco, la prioridad era conseguir alimentos y medicinas para cuidarlos. Conseguir leche era como conseguir oro, y los esposos debieron tomar decisiones difíciles: seguir batallando con la música, buscar trabajo o irse del país. 

Esperaron y esperaron, ilusionados en que ya todo iba a cambiar. Pero nada cambió. Las marchas se multiplicaron así como los moribundos en las afueras de los hospitales y las tumbas en los cementerios. 

Hace cinco meses Rafa se cansó. Se levantó temprano, despertó a su esposa y, con lágrimas en los ojos le dijo: “nos vamos para Colombia”. 

La subió a ella y a sus dos hijos en un camión con los instrumentos: tambores, ukuleles, maracas, guitarras, trompetas y vihuelas. 

Ellos ingresaron por Cúcuta, mientras que él se sometió al infierno del desierto guajiro e ingresó por Maicao, después de caminar más de 10 horas, evitando a la Guardia Nacional, a los contrabandistas y a los narcos de la frontera con Maracaibo.  Casi muerto llegó a la calle 13 de Maicao, allí le dieron comida y agua, y entonces, con renovadas fuerzas, inició su viaje hasta Medellín, donde ya lo esperaba su familia.  Alquilaron una pequeña alcoba en Manrique Jardín. Allí se arrumaron junto a sus instrumentos. Se dieron aliento. Se repitieron una y otra vez: “Todo va a mejorar. Acá nos irá mejor”.

Pero no les fue mejor. Las tres primeras semanas salieron a buscar trabajo, con los niños de la mano. Nadie les ayudó, y entonces Rafa se vio obligado a vender algunos de sus instrumentos para poder pagar el arriendo y comer. Escogió una trompeta, de su esposa, que en el mercado cuesta cerca de 2 millones 500 mil pesos. Bajó hasta Amador con Carabobo, y entregó su tesoro por menos de 200 mil pesos en la tienda El Padrino. 

Por suerte, alguien los conoció y los llevó al centro comercial Oviedo, donde por fin les dieron una oportunidad de trabajar. Los dejaban tocar en los almuerzos y cenas, y les pagaban 150 o 200 mil pesos. 

Rafa y Sus Diamantes estaban de nuevo en el camino. 

En todo caso, la situación no mejoró lo suficiente y semana a semana, Rafa bajaba hasta El Padrino a vender sus instrumentos. Vendió las maracas, la guitarra, los ukuleles y las vihuelas. 

Musico(1)

Pero cuando se vive con amor y valentía, las historias suelen tener finales felices. 

En Oviedo, mientras tocaban en la hora del almuerzo, un músico reconocido que ha tocado con Maelo Ruiz y Diego Galé se les acercó y les preguntó por su vida. Después de escucharlos les dijo: “Mis amigos, hagan lo posible por ir a Perú. Allá los estaré esperando. No se preocupen, yo les conseguiré hospedaje y les adelantaré un sueldo para que sobrevivan los primeros meses. Pero lo mejor, es que me comprometo a refundarles la orquesta”. 

Ese día, Rafa y Cleo no pararon de llorar y, cuando llegaron a Manrique Jardín, se abrazaron a sus hijos y agradecieron a Dios. 

La semana pasada, Rafa, a quien ya no le queda ropa decente que ponerse, bajó por última vez hasta El Padrino. Llevaba su última vihuela. “Señor, esta viruela o cuatro mexicano, tiene mucha historia. Ha estado conmigo desde que fundé mi orquesta, hace 39 años. No me trate mal por favor”, dijo Rafa con rostro de súplica. 

El hombre tras el mostrador se acomodó las gafas y revisó el fino instrumento de cabo a rabo. Y sin mueca de piedad, soltó: “Le doy 120, y 30 mil más por las correas”. Rafa no refutó. Asintió silencioso y recibió el dinero. La vihuela fue acomodada en un estante lejano, y el gran músico venezolano se quedó mirándola, como despidiéndose, luego se guardó los billetes, se persignó y dijo para sí mismo: “Con esto ajusto para los pasajes”.