La Esperanza, una vereda escondida de El Carmen de Viboral (Oriente antioqueño), era habitada por 130 familias antes de que los paramilitares desaparecieran a 19 personas, entre ellos a Hernando Castaño. Antes del 9 de julio de 1996 el temor más grande entre sus habitantes era ser picado por una serpiente o ser lastimado por un toro, hasta que llegó el ruido de la guerra.

Por Carolina Betancur

El momento

“¿Por qué se van a llevar a mi esposo?, miren todos los niños que tengo y tengo dos meses de embarazo, ¿ustedes por qué se llevan al hombre que trabaja?, ¿por qué se están llevando a los campesinos?, ¿por qué no van y buscan a los de fúsil? Vayan a esos montes y enfréntense con los que están armados. Pero, ¿qué armas tiene mi esposo? ¡Mírenlo! Tiene las manos sucias de trabajar el campo, peinilla terciada, lima, botas, ropa de trabajo. ¿Por qué se están llevando a los campesinos?”.

Flor Gallego no supo cómo ni de dónde le salían esas palabras que lanzaba como flechas, y a la vez como súplicas, hacia los cinco hombres vestidos de civil que le apuntaban con sus fusiles mientras esperaban a su esposo para llevárselo. Aunque ninguno musitaba palabra, sus miradas le hacían pensar a Flor que de ahí nadie iba a salir vivo.

Estaban en el corredor de la casa, una finquita puesta en el alto de una montaña en la vereda La Esperanza de El Carmen de Viboral, en el Oriente antioqueño. Hernando Castaño, su esposo, acababa de llegar de trabajar el campo acompañado de un muchacho que le ayudaba. Hernando estaba sentado en una banquita de cemento tomándose una limonada con su hija mejor Seleni, de un año, cargada en sus piernas.

Flor estaba sentada en unas escalitas al lado de la puerta de la cocina, dándole agua de panela con quesito a su hijo Juan Diego de tres años, mientras lo tenía sentado en sus piernas.

Wilder, de cuatro años, y Claudia, de cinco, habían aprovechado que la escalera de madera que utilizaban para subir al zarzo se había partido para inventar juegos con los palos viejos, y allí estaban hasta que escucharon el grito que los hizo detenerse:

¡Quietos pues!

Todos miraban a los tipos que no dejaban de señalarlos con sus armas. “La forma en que ellos nos miraban lo llenaba a uno de pánico. Nos apuntaban con frialdad. Mejor dicho, sólo les faltaba apretar el gatillo”. Aún así, Flor seguía hablándoles. La voz entrecortada, las piernas temblando y un frío que ya le iba llegando a la nuca. Las miradas se cruzaban a veces: la de ella suplicante y angustiada. La de ellos, imperturbable.  “¡Qué va!, todos aquí son unos guerrilleros, ustedes guardan armas de la guerrilla”, dijo uno de ellos, el único que habló. Con voz firme, fuerte, agresiva.

“Nosotros no somos guerrilleros, acá no hay nada. ¡Mírenme! No somos guerrilleros, somos campesinos”, dijo Flor aún con el temblor en las piernas y con una sola seguridad: eran paramilitares. Él no dijo más.

El miedo que la invadió no se comparó con el que sintió cuando a los siete años una víbora le clavó los colmillos en la pierna izquierda o cuando, ya de casada, y en dos ocasiones, un rayo se le metió al cuerpo, la hizo retorcer en el suelo, le reventó dos dedos y llenó de huecos la casa.

Uno de los hombres entró a la casa para husmear y desordenar. Desde afuera sólo se oían cosas caer: ollas, cuadros, porcelanitas, mesas, tablas, los bultos de grano que había en la cocina. El hombre tiró lo que se le cruzaba en el camino. “Todo, todo quedó en el suelo”. Otro de los tipos recorría los alrededores de la finca con la mirada vigilante como esperando no ser visto, mientras con su radio decía que ya estaban en el lugar indicado, “y otro montón de palabras raras que yo no entendí”, recuerda Flor. Los otros tres se quedaron apuntándole a la familia sin conmoverse con las palabras de la mujer.

Los últimos minutos

Flor ya tenía listo al niño por el que habían llegado preguntando: un bebé que un vecino le había entregado días antes luego de que un grupo de paramilitares se llevaran a sus papás y nadie más se hubiera querido quedar con él. Con un fusil apretándole el pecho y otro la espalda, Hernando cargó al bebé y alzo el bolsito con los pañales de tela, la ropita, el tetero y unos frascos de medicina. “Tranquilo niño, que ya se lo van a llevar para donde el papá. Tranquilo niño que va a estar bien. Tranquilo niño que se va a aliviar”, le decía Flor y el niño lloraba, la miraba, lloraba.

Hernando caminó hasta la mitad del patio aún con las armas sobre pecho y espalda. Seleni lloraba. Juan Diego lloraba. Claudia estaba perpleja. Flor lloraba. Wilder salió corriendo hasta el patio y se lanzó sobre las piernas de su papá, lo apretó con fuerza: “Papi, yo me voy con usted. Papi, yo me voy, yo me voy”, suplicó el niño con atragantado de lágrimas. Pero uno de los hombres lo agarró de la cabeza y lo tiró a un lado, “usted, chino, no va por allá”, gritó.

Flor no se pudo mover, el momento había llegado. Ella no podía hacer más que ver cómo se llevaban a quien había sido su novio once años y esposo durante seis, según ellos, por ser guerrillero. En ese momento respirar se le volvió un lío, el corazón repartía los latidos fuertes y adoloridos por el cuerpo y las lágrimas caían   una a una en ese suelo que antes había sido testigo de días soleados y felices.

“Mija, hasta luego, cuídese mucho”, dijo Hernando ya resignado y sin poner resistencia a su destino. “Que le vaya muy bien y que la virgen me lo acompañe”, susurró Flor ahogada y sin aire suficiente para hablar más fuerte. “Fue lo único que le alcancé a decir”.

De fondo el radiecito que Flor tenía sintonizado en Radio Católica Mundial, daba inicio al Santo Rosario de las 4:00 de la tarde, el viento y las nubes ya anunciaban las lluvias esperadas de julio.

La partida

La Esperanza está a siete horas de El Carmen y a una hora de Cocorná por la autopista Medellín – Bogotá. Esta vereda cafetera era habitada por 130 familias en esa época de desapariciones y asesinatos. En esa tierra, donde sólo vivían Gallegos, Cardonas, Castaños, Hernández, Quinteros, Mejías y Muñoz, antes “el miedo más grande era que a uno le saliera una culebra mientras caminaba, o que si pasábamos por un potrero el toro nos podía cachar, o que las quebradas se crecieran”. Hasta que llegaron los sonidos de las balas, los helicópteros y los pasos de extraños armados. Ese martes 9 de julio de 1996 Hernando Castaño se sumaría a la lista de un total de 19 campesinos desparecidos por paramilitares.

Cuando los hombres se dieron vuelta y bajaron por el caminito estrecho rodeado de árboles, marcaban el ritmo de los pasos de Hernando con un fusil clavado en su espalda. Flor sintió rabia, impotencia. Dos días antes se habían llevado a su hermano Juan Carlos y antes a María Irene, una prima hermana. Horas después de perder a su esposo, Flor recibió la noticia de que a su otro hermano, Octavio, también se lo habían llevado.

La ausencia

La lluvia impulsada por el viento obligó a Flor a entrar a su casa con los niños y el trabajador de su esposo. Todos lloraban. El Rosario ya se había acabado pero ellos apenas iniciaban sus oraciones. Arrodillados en medio del desorden, temblando, con la ilusión de escuchar un toc- toc y que al abrir la puerta Hernando estuviera allí. La noche se hizo larga. No pudieron dormir pasando el susto. Recordando.  Esperando.

Al día siguiente, Flor bajó al pueblo a poner la denuncia con la ilusión de que eso fuera suficiente para verlo llegar al otro día. Pero él no llegaba. Dos días después, Flor se levantó, preparó el desayuno, les sirvió a los niños, le sirvió a su esposo, pero él no llegaba. Tres días después los niños lo llamaban, preguntaban por él, “esos señores malos se lo llevaron”, decían. Salían al corredor y le gritaban para que volviera. Pero él no llegaba.

 

Cinco días después, llovía. Flor se asomaba desde el patio, deseaba verlo subir por el mismo caminito por el que se lo llevaron. Pero él no llegaba. Siete días después, la taza de agua de panela caliente que sirvió para él se enfriaba. Pero él no llegaba. Diez días más y las preguntas se quedaban en el aire, “¿Dónde está mi papá? Mami, recemos para que mi papá vuelva”. Pero él no llegaba. 14 días después, Flor caminaba hacia su casa. Escuchó un ruido. “¡Volvió!”, pensó. Pero él no llegaba.

Al pasar 20 días Flor bajó al pueblo para mercar. Al pasar por una estación de policía vio a un hombre parado afuera. Ella lo reconoció. Se miraron con susto. Era uno de los tipos que se había llevado a su esposo. El mismo tipo alto, acuerpado, narigón, blanco, rubio, de ojos claros y grandes, al que ella le había dicho tantas cosas, ahora estaba vestido de policía. El hombre prefirió entrar a la estación y Flor siguió su camino con el pensamiento revolcado. ¿Y Hernando? Él aún no llegaba.

38 días después, rezaban. Lloraban por la mañana, por la tarde y por la noche. Los seis se acostaban en la misma cama. Flor cerraba los ojos y sólo tenía dos opciones: soñar que él volvía o recordar el último día que lo vio. No dormía. Esperaba. Pero él no llegaba. 45 días después: “Si no es con mi papá no me lavo los dientes”, decía Juan Diego. Pero su papá no llegaba. 60 días después la comida comenzaba a escasear; vivir de las pocas costuras que le resultaban como trabajo a Flor no era fácil.

82 días. Flor recordaba el último día que lo vio, su cara bajo la gorra oscura que siempre usaba, la camiseta y el pantalón que ella le había remendado. Pero él no llegaba. Cien días después. “La vida nunca será como antes. ¿Estará muerto?, ¿estará vivo?, ¿vendrá?”. Pero él no llegaba.

Ciento cincuenta días después, en una entrevista con el periodista Hollman Morris, Fredy “el costeño”, lugarteniente de Ramón Isaza, el paramilitar más viejo de Colombia, confirmó la muerte de las 19 personas desaparecidas de La Esperanza. Luego Morris y Liliana Uribe, abogada de Corporación Jurídica Libertad, fueron hasta la vereda a dar la noticia a cada familia. Un golpe que Flor no esperaba. El sentimiento que le daba fuerza, la esperanza, se iba de a poquitos. Dolor. Lágrimas. Y en el fondo de su alma: la necesidad de seguir buscándolo. Pero su cuerpo no aparecía.

El perdón

Pasaron 18 años y hoy la verdad sigue escondida entre las montañas de La Esperanza o de quien sabe qué lugar. Desde que se llevaron a su esposo y familiares, Flor no ha dejado de participar en marchas, plantones, actos de memoria y denuncias públicas, con la intención de encontrar una versión real de lo que ocurrió con ellos.

Los cuerpos no aparecen aún. A pesar de todo ella ya perdonó. “Aunque me arrancaron parte de la vida, porque eran mis hermanos, el papá de mis hijos, mis vecinos y no guerrilleros, no guardo rencor, no les deseo el mal, oro por ellos. Los perdoné. Pero esas injusticias me motivaron a seguir buscando la verdad”.

El 18 de julio del 2014 Flor volvió a La Esperanza, como cada año en esa fecha, con otras víctimas, para hacer un acto simbólico en memoria de los desaparecidos. 19 piedritas pintadas de colores llevan el nombre de cada campesino asesinado para que esos seres queridos y desaparecidos no se olviden entre papeleos de denuncias y el paso del tiempo.

Ahora, con la posibilidad de un acuerdo de paz, la esperanza parece asomarse de nuevo a la vida de Flor. “Vamos a tener que dejar muchas cosas en el pasado, sí, pero ya es justo, no queremos más, no soportamos más”. Ella exigiría la verdad, exigiría que el Estado reconozca que tiene culpa en esos crímenes. Pediría que le devuelvan el cuerpo de su esposo y el de los demás para darles cristiana sepultura. Eso sí, “nunca los vamos a olvidar. El Estado tiene que saber que vamos a resistir y que esta lucha por encontrar la verdad es hasta la muerte”.