En un hostal se escuchan infinidad de historias de viajeros, de soñadores  que han recorrido el mundo y que casi siempre vienen escapando de algo: de la rutina, del aburrimiento, del aplastante solemnidad de las oficinas. El periodista José Ignacio Apoj trabajó durante varias semanas en un hostal  de La Candelaria, en Bogotá, y cuenta para Revista Sole la experiencia atendiendo huéspedes muy particulares.

 

Por Jose Ignacio Apoj

Pasé la noche del 31 de diciembre, como cada año, en la casa de mis padres en Montevideo. Comí asado, tomé un par de whiskys, saludé a tíos y primos y me fui a dormir. Algunas horas después, en la cálida madrugada del primer día del 2013, despaché una valija enorme y un bolso mochilero, abracé a mis padres y a mis hermanos, miré con alegría y entusiasmo la sala de embarques y me subí a un avión. Llegué esa misma tarde a Bogotá, contento y asustado, atendiendo con nostalgia anticipada los detalles de la Calle 26, la inocente tristeza del Parque Salitre Mágico, algunos transeúntes andando despacio, sin apuro, seguramente procesando la resaca de los festejos. Miré por la ventana pensando que todo sería mucho más fácil, que los gerentes de los canales de tv me llamarían, que los editores me leerían. Pensaba -si no, uno nunca hace estas cosas- que todos me querrían.

Sin embargo pasaron los meses, ocurrieron muchas cosas y ninguna y entonces el 1 de mayo empezaba mi primer turno como recepcionista nocturno de un hostal en La Candelaria. Las cosas no habían sucedido como había imaginado, tenía que trabajar en algo y me tocaba empezar a hacerlo, nada menos, que el día en el que la mayoría de los humanos de todo el mundo no lo hacen.

La mañana siguiente, caminando por el centro de una Bogotá que se despabilaba más sucia que de costumbre me pregunté, con más énfasis pero como tantas veces este año, qué estaba haciendo. Hay que vivir el momento, pensé, me dije, quise convencerme sin estar demasiado convencido. No me quedaba otra. Y me dejé llevar.

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Las primeras veces uno agradece y hasta se alegra por el interés, después aprecia la curiosidad pero responde ya sin tanto entusiasmo y, al final, sólo desea que no se lo vuelvan a preguntar: “¿De dónde eres? ¿Argentino?” Los huéspedes del hostal, sobre todo los colombianos, notan el acento diferente y no dudan en indagar sobre la nacionalidad del recepcionista de la noche, sin imaginar o considerar la posibilidad de que, en un rinconcito del continente, hay otro país donde se habla tan parecido a como hablan los porteños.

La segunda pregunta de rigor es qué hago acá. Cuando cuento que Colombia siempre me llamó la atención, que siempre me atrajo, que a pesar de todo me parecía -y me parece- un país picante, trabajador, de oportunidades, me quedan mirando con el ceño fruncido. Entonces empiezo a ensayar la respuesta más común, la esperada, la opción por default: “Me enamoré de una colombiana y me vine”. Y ahí sí llegan las miradas cómplices, la guiñada, el alivio. No hay tiempo para reflexiones demasiado profundas en la intensa tarea de recibir, ingresar, sonreír y alojar a tantas personas de tantas partes. No le puedo explicar todo a todo el mundo: hay que tener una respuesta pronta, el resumen de la Hoja de vida compacto y armadito. No hay tiempo para profundizar: aunque el hostal sea un lugar de charlas y encuentros, el vértigo de mi tarea se devora los matices.

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Hay cinco o seis pares de ojos, la mayoría claros, de una intensidad delatora de bienestar, de prosperidad, que brillan y se abren con frecuencia. Están-estamos-escuchando a Federico, el más ilustre de todos, hijo prodigio, aunque sea el más grande, de los habitantes del hostal. Yo, como recepcionista nocturno, alterno mis participaciones en las tertulias de la sala con el trabajo en el escritorio, que está pegadito.

En el medio, la estufa a leña. Prenderla cada noche ha sido un gran aprendizaje. Como un hábil ajedrecista, pienso con frialdad cada movimiento: dónde poner cada tronco nuevo, de qué forma insertar los troncos finos, qué grietas me ofrece -me ofrezco-l a estructura central de la fogata. Un trabajo detallista y meticuloso, que fortalece la mente y estimula la imaginación. Los médicos deberían recetárselo a los adultos mayores.

Los cinco o seis pares de ojos ahora son sonrisas y más tarde carcajadas. Es Federico. Sesenta años, varios meses acá, en el hostal, su refugio y trinchera para librar la cruel batalla de la que todos somos testigos: recuperar a su hijita del secuestro virtual de sus exsuegros colombianos.

Pero hoy no es noche de drama, sino de aventura. Federico se viste de narrador y nos lleva de viaje. Lo cuenta todo. Creemos- de eso se trata entregarse a una historia. Sus años de jugador de fútbol en equipos menores de Sudamérica. La vida en Estados Unidos. Su escapada a Bolivia, lleno de dolor y de sueños, cuando sus amigos no se presentaron en la estación de trenes de Buenos Aires y partió, sólo, con su bigote y sus libros. Quería conocer el mundo. Jugaba bien, de volante central, “con mucha intuición y picardía para anticiparme a rdetglos enganches”. En Bolivia lo contrató La Paz F.C, donde pudo debutar en primera; a la mañana siguiente del estreno le mandó una carta a su madre con la foto, su foto, en la portada de un diario local.

Federico cuenta que era práctico, corajudo e intuitivo, como un típico cinco uruguayo.  Los militares que manejaban el equipo lo querían. Pero entonces, como en las películas, apareció una sueca tan linda que lo obligó a panearla, de arriba hacia abajo, boquiabierto. Se besaron. Hicieron el amor. Tres días después le dijo al Coronel Valderrama, miembro de la directiva, que se iba de viaje, que se iría a mochilear por y con la sueca. “¿Vale la pena?” Preguntó Valderrama, un gordito petiso y macizo. Federico sonrió, y se apareció al otro día con ese hermoso ejemplar de la especie humana. La sonrisa franca, los dientes lustrados, las piernas-suponemos- interminables. Valderrama, atónito, tuvo la respuesta sin necesidad de tener una respuesta: sí, valía la pena. Federico y la sueca se fueron juntos por Bolivia, cruzaron a Perú, bajaron a Brasil, llegaron a la Bahía hippie y sicodélica de los 70’s. Volvieron a subir. Estaban en Panamá. Ella: tengo novio, es italiano, me voy. Él lloró, hizo el bolso, emprendió el camino de regreso. En el camino conoció a un rasta ecuatoriano, le contó su historia, el rasta le recomendó probarse en 18 de octubre de Guayaquil. Llegó (¿llevó el currículum  a la sede? ¿Llamó a un dirigente? ¿Esperó al técnico a la salida de la práctica?), lo probaron, firmó.

El apasionado de la vida, el que vivió en Estados Unidos, en Brasil, en El Salvador, en Colombia, en Bolivia; el que tiene amigos en la campiña noruega, el que tuvo una novia parisina, el que pasó un verano en Berlín, el que fue entrenador de fútbol en el ascenso guatemalteco; el que en un partido entre periodistas -sí, también fue periodista- e históricos cracks italianos, durante el Mundial del ’90, en el último minuto le picó una pelota a Dino Zoff y lo dejó parado, inútil, mirando como uno más habiendo sido el mejor uno de todos, hasta que ese delirio histórico se estrelló contra la lógica, el travesaño; el que manejó vans turísticas, fue mochilero, intelectual de bares, astrólogo y hippie y hoy tiene un programa de fútbol en una AM sin cartel en la entrada en Panajachel, Guatemala: Ricardo Federico B cautiva al público con la indiscutible elegancia y versatilidad de sus historias.

Todos lo pasamos bárbaro escuchándolo. ¿Y si es un actor? Me divierto solo pensando en la teoría de que el huésped de oro del hostal, ese que enseguida se aprende los nombres, tiene palabras exactas para todos los visitantes (consejos para viajar, recomendaciones de lugares) y sabe cosas que pocos saben, detalles ínfimos pero significativos cosechados en su próspera vida de trotamundos como que en Cuenca, Ecuador, se habla muy parecido a como se habla La Paz, en realidad está interpretando un personaje contratado por la dueña del hostal. Un actor infiltrado entre los huéspedes para hacer su estadía más placentera.

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En este hostal, como en cualquier  sitio,  existe gente de todo tipo. Son los menos, pero cada tanto llega algún adicto al deporte. Otros, muchos más, tienen el vicio del tabaco. Cada semana se presentan, expuestos en un mundo de interacción y sin paredes, como Gran Hermano, decenas de adictos a la comodidad, a la holgazanería. Cada quien tiene su rollo. Pero hay uno que es compartido por todos. El vicio unánime: Facebook, la biblia ambulante del onanismo. En las pantallas de las computadoras del hostal, en las tabletas, en los smartphones, siempre está encendida la red social de la autoayuda compartida, los videos inútiles, la venganza en forma de pérdida de tiempo contra la rigidez de las oficinas, el flirteo incesante.

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El barrio es sucio, huele mal, y es tierra de nadie después de las diez de la noche. El barrio es interesante, tiene bares donde tener lindas charlas con pintores mexicanos o exiliados monetarios españoles y alegra los ojos con el andar constante de los interminables grupos de universitarias; acá, en la capital, tanto más urbanas con sus boinas, sus libros, su sensualidad extra porque sí, estudio cine y soy colombiana, de un país difícil, y además soy linda, y ustedes, los extranjeros, lo saben.

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Los japoneses, un mundo aparte. O, mejor dicho, de un mundo aparte. Pienso en la siguiente escena: una nave especial ultra moderna, quizás hecha por Toyota, llega en la mitad de la noche y se aparca, flotando, sobre Monserrate. Por un tubo de luz, con las mochilas en las espaldas, empiezan a descender los nipones. Escupidos por la nave madre. Para obtener datos precisos sobre los humanos, observarlos, estudiarlos, mientras se mezclan entre nosotros. Lo disimulan bien con sus intransigentes rutinas: pasan la mitad del tiempo en la cocina, y la otra, absortos,  frente a sus pantallas. En el medio, el intercambio básico en su inglés imposible para preguntar los datos imprescindibles.

Los japoneses, hijos de una nación rica y próspera, son los más precavidos con el dinero. Se quejan –a su modo, con sonrisas y re preguntas- por los precios de las habitaciones, cocinan siempre para no gastar en restaurantes. Van en transporte público al Aeropuerto. Habría que hacer una muestra fotográfica con las caras de los pasajeros mirando a los japoneses (con cara de japoneses).

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Se va la noche, con solo algunas pocas horas de sueño, y empieza otro día con la llegada de Robert, un americano cuarentón que se escapó de un pueblo de Idaho donde, dice, todos los días eran iguales: trabajar, ir al pub, tomar cerveza, comer hamburguesas, cerrar la noche en lo de alguna puta o yéndose de una a dormir. Robert me cuenta, en alto voltaje y sin parar, por qué está de vuelta en Bogotá. Son las 6 a.m., dormí un rato en un sillón, tengo mal aliento. Pero Robert no se amilana, y larga: Mi joven y sexy ex mujer me dejó, tomó mi dinero y está con otro/She’s a bitch/ Pero no se la haré tan fácil: tengo un buen abogado y además testigos / ¿La familia de ella? Unos cretinos /Y ella una puta; la más puta/ Casi me la hacen en Perú donde también estuve juntado con una joven latina/ She was hot/ pero me di cuenta a tiempo/ Ahora, sin embargo, no: me cagaron

I’m a stupid

Hace rato que asiento como que escucho, pero no: estoy escribiendo.

Así empiezan y así son muchos de mis días, llevando conversaciones banales con mi batería de respuestas y afirmaciones pre-seteadas (“yes”, “sure”, “aha”, “¡qué bueno!”) mientras desde mi silla frente a la computadora asiento como que escucho, pero no: estoy escribiendo.

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El alcohol me embriaga, pero ahora, como recepcionista del turno de la noche, de mal humor. Hay grupos de estudiantes que los viernes empiezan a tomar al mediodía y luego, borrachos tan temprano, pasan tocando timbre, golpeando la puerta, rompiendo botellas. También aparecen, cada fin de semana, parejas de veinteañeros que llegan al hostal tarde, oliendo a cerveza y tabaco, arrastrando la lengua y con los ojos caídos, para pedirme una habitación.

Y están, siempre, los huéspedes excesivamente simpáticos, sobre todo si son de acá, que no tienen problema en darte la lata cuando llegan de una noche de copas. Hablan, hablan y hablan, mientras no dejan de disculparse por hacerlo. Aprendo, entonces, dos palabras claves del diccionario de colombianismos: cansones, intensos. Términos relevantes en un país donde la gracia, para mucha gente, parecer ser tomar hasta sentirse mal.

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Un negro brasilero alto y misterioso llega cierta noche. Dice que le robaron el pasaporte, que justo ahora no tiene plata pero que mañana arregla todo. Dudo. Llueve. Insiste. Es tarde. Dudo. Me habla un poco más. Lo dejo alojarse. Un error.

Una madrugada entro a la cocina a buscar agua y lo sorprendo cocinando. Gira, sobresaltado, con un enorme cuchillo en la mano. Me río. Él no. Al otro día, haciendo la recorrida nocturna por el hostal, es al único a quien encuentro despierto. Los ojos hipnotizados, la cara sin expresiones, su cuerpo y su mente volcados sobre la pantalla. Imposible no mirar: de reojo, descubro que mira un video subtitulado de Plácido Domingo. Empieza la estrofa. El brasilero la canta al ritmo de los subtítulos. Sigue así hasta que se da cuenta que lo estoy mirando, y me echa una mirada asesina. Me voy -me esfumo- y lo dejo solo en su sesión de karaoke operístico unipersonal.

Finalmente, lo previsible: una noche se acerca desencajado a Federico, nada menos que Federico, el bueno de la película. Le recrimina estar haciendo “trabajos” en su contra. ¿Magia negra, yo?, le dice Fede entre sonriente, asustado y muerto de bronca. El negro le acerca más la cara. Separamos. Luego, lo mando a hacer el bolso. Se va para siempre.

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De noche se escuchan historias. Muchas –la mayoría- son del mundo. Anécdotas globales. Acá viene mucha gente de otras partes que siempre está en otras partes: americanos que un día dejaron todo y se fueron a Brasil, tienen novia venezolana y ahora están viviendo en Ecuador; francesas hijas de chilenos que luego de rodar por lo largo y ancho del planeta se juntaron con un español y se fueron a vivir a México; italianos que vivieron en China y ahora residen en Sudamérica. Una Keniata hija de una india y alguien de Sri Lanka (¿cuál es el gentilicio?) que ahora vive en Australia y que cuenta, como dato importante de su país, que todos los nombres utilizados en la película El Rey León son en swahili, una de las dos lenguas de su país.

El fuego de mi estufa los congrega. Gente de mundo. Beka, una inglesa de 25 que ya vivió en Francia y Alemania y ahora tiene un piso en La Candelaria me cuenta cómo su amigo periodista, que también era de Londres pero ahora vive en Abu Dhabi, una noche se encontró casualmente con el famoso entrenador de fútbol Rafa Benítez en un bar para extranjeros. Entre copa y copa, el entonces DT de Liverpool le dijo al amigo de Beka  que se iba de los Reds. El amigo de Beka, acalorado por los tragos, enrojecido en el cuello y los antebrazos por la furia del sol emiratí, aguantó la sonrisa como pudo, tragó saliva y confirmó. ¿Me lo estás contando a mí? ¿Lo puedo hacer público? Rafa dijo yes dos veces. Un mail breve y entusiasta salió volando del I phone del amigo de Beka. Fue primicia, y una aceptable anécdota para compartir, luego, en torno a una estufa leña en una noche de camaradería en un hostal de Bogotá.

Después, más tarde, aun frente al fuego, una suiza que acababa de pasar un tiempo en Los Ángeles contó que le contaron que muchas chicas de LA no los dejan “bajar” a sus novios. ¿Y eso? Dice que le dijeron que es una consecuencia directa de una sensibilidad creada –o aniquilada, en este caso- por la gran industria pornográfica. Sabedoras del poder delator de los primeros planos, las LA girls quieren evitar que sus ocasionales amantes, e incluso sus parejas estables, detecten sus imperfecciones en cualquiera de esos primerísimos primeros planos.

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El 90% de los hostales de Bogotá se encuentran en La Candelaria. Un barrio en el que, según me cuentan, hace cinco o seis años casi no existían hostales: por aquel entonces en general los extranjeros, exceptuando a los israelitas y otros aficionados al turismo barriobajero (drogas, fiestas, putas) sólo venían a la capital cuando tocaba por trabajo. Iban de la oficina al hotel, estaban el tiempo justo y necesario y se iban. Hoy, en cambio, el barrio está lleno de pieles rosadas y ojos azules que estudian mapas. Los roban todos los días, les (nos) piden monedas a cada paso. Para ellos, para los mendigos, soy también un gringo: el vértigo de su tarea se devora los matices. Sólo tienen tiempo para recitar, una y otra vez, sus historias de dolor y sufrimiento y su devoción por Dios. Ay, Dios. Un tema recurrente en los colombianos. El misterioso inquilino del departamento del último piso que no se deja ver nunca, no responde las cartas que le dejan debajo de la puerta y saca poco y nada la basura, pero en quien los vecinos, igual, confían ciegamente.

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Llegan soñadores de todas partes. Entre quienes gustan de exponer apenas escarbar aparece, casi siempre, la pancarta latinoamericanista, la denuncia social, el discurso anti yanqui. Me aburre escuchar la misma historia una y otra vez. Monsanto, la miseria del capitalismo, las caóticas consecuencias de la mega minería. Los franceses leyendo a Galeano, tan comprometidos y solemnes. Los vegetarianos omnipresentes, como en otros ámbitos los carnívoros: la tribu mayoritaria.

No es que no tengan razón: es que ya lo escuché y vi mil veces. ¿Llegará el día en que un huésped empiece a discursear con las maravillas del consumo? ¿Habrá alguna tertulia nocturna en la que se hable mal de Evo Morales? Los hostales: una extensión de las facultades de ciencias sociales, su apéndice vacacional.  Sitios políticamente correctos.

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Jóvenes, casi todos, y con ganas de divertirse. Imposible no pensar, todo el tiempo, en quién está disponible, con quién es posible, con quién no. Y en la dramática dinámica del cotejamiento, un elemento juega un papel básico, iniciático, fundamental: las miradas. Cuando hubo un par, y luego una sonrisa, se entiende que puede suceder. El recepcionista, para qué negarlo, cuenta con varios puntos de ventaja desde su pequeño ámbito de control y poder. Pasan mujeres hermosas. Muchas corresponden las miradas, o las inauguran. Pero si no se actúa rápido la cosa queda ahí, en la fugacidad y el cosquilleo de los ojos encontrándose: las operaciones de seducción y conquista aquí funcionan con el vértigo y la velocidad de las transacciones en Wall Street. Un minuto de dubitación, un descuido, significan quedarse con las manos vacías, dormir solo, lo que aquí equivale a perder un millón de dólares.

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Llegan soñadores de todas partes. Comparten una forma de pensar, esta sí, más interesante: casi todos los que andan por acá vienen escapando de algo. De la rutina. Del aburrimiento. De la aplastante solemnidad de las oficinas. Son personas que abren los ojos y sonríen con inocencia cuando escuchan historias sobre otras vidas, otras escapadas, otros viajes. Es el mundo sin fronteras de los backpackers. Llueven historias sobre la leña que alimenta este fuego: viajar. Está el noruego que cruzó toda Venezuela y luego bajó, por los llanos, hasta el Amazonas. Ríos, serpientes, picaduras de aspecto aterrador y la llegada a Manaos, la ciudad de esa gran ópera cuya casi imposible construcción inspiró a Herzog para hacer Fitzcarraldo. Y está, también, el argentino que dio la vuelta a Europa a dedo, con 400 dólares, y la pareja de suizos que vienen remontando Sudamérica desde el sur de Chile, y los amigos italianos que cruzaron el océano en velero. Imposible no querer seguir viajando.

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Cierto artista callejero, el más militante y solvente de todos los progresistas del hostal, aquel que opina y asevera, cada vez que se presenta la oportunidad en cualquier charla, sobre la libertad, la igualdad, el imperialismo, las guerras, América Latina, la maldad de la iglesia y el absurdo de las instituciones, se acerca cansado una mañana para hacer el check out. Abro la caja para buscar cambio: descuento que me pagará cash con lo poco que tiene, pero me extiende una tarjeta de crédito emitida por un reconocido banco español. “Dos cuotas, por favor, así no les duele tanto a mis viejos”. Contengo la risa.  El cierto artista callejero se arma un tabaco, el último, y se retira. Lleva prisa: el remise que pidió para el aeropuerto ya lo espera en la calle.