Historias de quienes pretenden volver a su tierra después de haber sido desplazados por el conflicto armado.

Por Daniel Rivera Marín/ Fotos Jesús Herrera

En El Prodigio —corregimiento de San Luis azotado por una violencia descomunal— recordé el nudo de maletas que había siempre debajo de las camas de las casas de la niñez, y recordé cómo empezó todo para mí, por qué fue que mamá una noche de 1992 —la imagen es borrosa— empacó todo presurosa y huimos dejando atrás lo que parecía un futuro parado en la roca.

El caso es que cuando a mi papá, Berardo Rivera, dos sicarios de Pablo Escobar le pegaron un tiro en la espalda, mis familiares me mintieron. Contaba yo cuatro años y vivíamos en Envigado, el municipio en el que El Patrón era eso, el patrón: el dueño de la casa. Habíamos llegado un año atrás después de que mi padre perdiera su trabajo en Aguadas, Caldas, donde nací. Con una indemnización no muy grande decidió que había que montar un negocio: un montallantas, del que recuerdo neumáticos enormes y una máquina roja que no sabía muy bien para qué servía –años después me enteré de que con ella se sacaban las llantas de los rines–, sus manos negras de grasa. Todas las mañanas, de camino a la guardería, lo veía.

Fue un sábado perdido de 1991. Cinco días antes mi padre había contratado a un hombre para que le ayudara porque el negocio empezaba a ir mejor –por fin dábamos con una–. Mi madre, que ha sido en todos estos años una profetisa extraña asistida por un sexto sentido que poco falla, le dijo que el muchacho, pese a tener una esposa con cinco meses de embarazo –hijo que, según dijo, no sabía si el padre alcanzaría a conocer—, no le daba buena espina. Y esa fue la frase que Berardito necesitaba: lo contrató.

Nadie recuerda qué fecha era, pero era un día soleado, eran más de las dos de la tarde. Mamá entró al montallantas, saludó a mi padre de beso y le pidió el teléfono fijo. Mientras hablaba sonaron unos tiros, papá se asomó para comprobar qué pasaba y fue en ese momento cuando mamá escuchó un ruego lacónico: “no, no, no”. Ahí, sin pesarlo, con la bocina del teléfono, mamá le pegó al sicario en la cara mientras le gritaba “perro hijupueta, ¿vos crees que nos vas a matar?” Y después, con su derecha fuerte, le propinó un par de trompadas. El asesino reaccionó, la tumbó y salió corriendo con su revólver 38 largo en la mano –mamá hoy cierra los ojos y dice que solo recuerda la boca del revólver que se movía para todos lados mientras el hombre era zarandeado por los puños que le daba en la cabeza, en la cara–. Desde adentro mi padre dijo “mija, me hirieron”.

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Después de San Luis inicia el viaje de regreso –regreso es visitar otros cinco municipios antes de volver– por la autopista Medellín-Bogotá. San Francisco está a poco más de una hora. Y lo mismo: hay que alejarse de la vía por una carretera que, según el mototaxista que nos lleva, tiene ciento diez curvas que él contó. Así son los pueblos de este departamento: supervivencia improbable, atravesar el monte y llegar, fundar, crecer e intentar seguir con la idea de que eso es la vida, estar lejos de todo a como dé lugar.

Justo en la entrada para San Francisco, sobre la autopista –vivir aquí, al lado de la nada, por donde pasan los carros, en donde nadie se detiene, o lo hace solo por breves momentos, donde unos pocos hacen vida, donde la mayoría escapan hartos, vivir aquí, digo, es el tedio– hay una pequeña tienda en la que los habitantes de la vereda La Piñuela, de Cocorná, que está dos curvas adentro, esperan los buses que van para Medellín. A La Piñuela llegamos en un bus de Coonorte que le para a quien le ponga la mano en la carretera. Éramos ocho personas con el conductor y el ayudante. A excepción de un hombre campesino, que vestía sombrero y poncho y llevaba un costal con plátanos, los pasajeros miraban el celular, entre ellos una mujer ataviada con una cobija chateaba sin parar en su Blackberry. Adentro, la trampa de estos días: no descansar, estar presos todo el tiempo conversando lo irrelevante, pendientes de los correos que llegan desde el trabajo, la necesidad de estar conectados, la zozobra de perder contacto digital y caer en las garras del mundo, de lo real, de lo momentáneo. Afuera, las montañas, y a lo lejos el río Magdalena: una gran serpiente de plata que finge, en la distancia, no moverse.

 

 

En la pequeña tienda viven Carlos Alirio Peláez, su esposa Ana Bertha Zuluaga y su hijo Elkin Peláez, al que doña Ana Bertha le sirve justo ahora un desayuno como solo se sabe en estas montañas: arepa con quesito, calentado de fríjoles, chorizo frito que ella misma hizo, aguacate, chocolate y buñuelo –en Antioquia el amor se mide, parece, por la cantidad de comida que se sirva al comensal. Si es una familia de varios hijos, al hijo que más se le dé de comer, seguro, es el más querido–.

El caso es que Carlos y Ana Bertha se fueron en 2003 para Cartagena después de que un grupo, que ellos nunca reconocieron muy bien, envió un panfleto que decía que se tenían que ir en cuatro horas, agarrar lo que tuvieran y largarse, porque la orden era que la vía, quinientos metros adentro, por lado y lado, tenía que estar desocupada. Y ellos, obedientes, desalojaron en menos de cuatro horas, llamaron a unos familiares de Bertha que vivían en la costa y arrancaron con solo la ropa que tenían puesta. Carlos Alirio dice “volvimos porque este es el mejor vividero”. No hay otra verdad, cualquier otra es para él pura mentira.

Carlos Alirio es un campesino genuino: su acento es arrastrado, las eses dan tumbos entre los dientes: suelta las palabras masticadas, una masa que exige tiempo para adquirir forma. Y repite: “acá es el mejor vividero”.

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Mamá escuchó el “estoy herido” de papá y corrió, lo recogió, vio el cuerpo del trabajador tirado en el piso, inmóvil, muerto, y pensó en su esposa y el hijo de cinco meses en el vientre que no llegó a conocer. En la ambulancia se dieron cuenta de que el tiro había entrado por la espalda y salido por la axila. En casa, con una tía desmayada, me contaron lo sucedido: al papá le pegaron una pedrada, y con esa verdad me quedaría, por lo menos, cuatro años. Recuerdo que tiempo después, cuando veía a papá caminando por la casa sin camiseta, le buscaba la cicatriz en la espalda –una pequeña cruz– y decía “ahí está la marca de la pedrada”. 

 

El libro fue editado por el

Fondo Editorial de la Universidad Eafit,

con el apoyo de la Alcaldía de Medellín. 

En la ambulancia papá y mamá no se imaginaron que nunca volverían a nuestra casa de Envigado, que el atentado y la pelea con los sicarios nos significaba otro destino, el tercero, porque a mis cuatro años ya habíamos vivido en Aguadas (Caldas), en la vereda Santa Emilia de Belén de Umbría (Risaralda), en Envigado (Antioquia), y ahora vendría Armenia (Quindío), y no por mucho tiempo. En el hospital creyeron que papá tenía perforado un pulmón y trataron de drenarlo, pero no. La bala entró como dirigida por una mano invisible y protectora, entró y salió sin causar daños mayores. Mientras tanto, en la sala de espera, un hermano y un tío de mamá –David y César– le prohibieron volver a casa porque seguro la estaban buscando para matarla.

Solo hubo tiempo para una rápida recuperación en el hospital, arreglar un trasteo, conseguir casa en Armenia. Estábamos huyendo –escucho historias de los huidos, de los que corren por sus vidas, por oportunidades, sin un rumbo muy concreto– y la única referencia que teníamos era una tía que vivía desde hacía un tiempo en la capital quindiana. Íbamos ciegos, como tantos.

El mejor vividero es este, dicen los que vuelven, los que de tanto andar no tienen otro destino que el andado, que el pasado más conocido. ¿Cuál es el mejor vividero? No hay, porque hay veces en las que la vida es destrucción pura y bruta, y esas veces, parece, se concentran con persistencia sobre unos pocos que en lugar de creación luminosa encuentran la pared blanca de la imposibilidad. 

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En el barrio La Boquilla de Cartagena, los cerdos, que vienen a ser los perros de las montañas antioqueñas, solo que los marranos terminan en la sartén, comen porquerías en las cunetas y beben agua podrida en los caños, se pasean perezosos en las tardes calurosas mientras los negros se abanican en las puertas de las casas, las mujeres se reúnen en las tiendas a saborear el último chisme que sacude las paredes de los ranchos de tablas y los niños corretean, descalzos, una pelota que espanta a los cerdos. Por sus calles, Carlos y Ana Bertha salían cargados de bolsas de agua, gaseosas y cervezas directo a la playa para quitarles la sed a los turistas que llegaban del interior. La familia siguió haciendo lo que sabía: vender. Pasaron de una tienda bien ubicada en una carretera, bajo la sombra de una casa que ellos mismos adecuaron, a la arena caliente de las playas de Cartagena adonde las mujeres llevan sus nalgas para que reciban todo el sol posible.

Cinco años, más de lo que dura el gobierno de un presidente, más del espacio que hay entre dos mundiales de fútbol, lo que dura una carrera profesional, lo que demora un niño en aprender a leer y escribir con soltura en el moroso sistema educativo colombiano. Cinco años estuvieron por fuera en lo que podríamos llamar el exilio, huyendo de un ejército del que ellos no sabían mucho, de un recuerdo que se les sobrevenía cada tanto: un vecino al que encontraron sin cabeza tirado en una cuneta y que, dijeron, le quitaron todas las uñas antes de asesinarlo para que cantara nombres, les diera dedo a los guerrilleros que vivían en La Piñuela. Después aparecerían más: unos con los genitales cercenados, otros sin piel, tantos sin cabeza. Y entonces solo queda huir. El miedo y correr.

En esos cinco años los Peláez durmieron en el mismo cuarto, víctimas del calor al que no estaban acostumbrados y de los zancudos que hacían con ellos el festín de cada noche. Para dormir tranquilos y escapar de los dientes de las ratas que en las noches salían como fieras a ruñir lo que encontraban, incluso las paredes muchas veces a falta de pan, Carlos Alirio consiguió cajas de gaseosa y sobre ellas puso varias esteras. Pero Ana Bertha dice que “lo más difícil fue la gente, muy grosera, muy maleducada, ¿cómo le dijera yo?, el aire muy contaminado”. Y dice indignada que todo fue muy maluco y que el barrio era muy peligroso y ellos, que ya habían vivido la guerra, no se iban a aguantar, “cómo se le ocurre, no señor”.

Y aguantaron hasta donde pudieron, y cuando se enteraron de que a Cocorná estaban volviendo familias y que lo mismo sucedía en San Francisco, en 2007, los Peláez se dieron cuenta de eso que dicen fácil, eso de que aquí está el mejor vividero, y se regresaron.

Pero no fue tan sencillo. Desde 2003, para Carlos Alirio y Ana Bertha toda empresa que emprenden, de ida y de regreso, les resulta cuesta arriba. Mientras volvían de Cartagena, a medias, porque sus dos hijos se quedaron en ese calor amándose con sus respectivas parejas, pensaban que encontrarían su casa abierta como el futuro que se soñaban, pero Mario, el sobrino de Ana al que le habían encomendado el cuidado de todo, no los dejó ni entrar, les pidió 60 millones de pesos porque esa casa ya no les pertenecía, según él. Y Carlos Alirio y Ana Bertha, sin un peso, se devolvieron como salieron: con lo que tenían puesto. Le pidieron dinero prestado a un familiar y llamaron a un abogado. 

Bertha, que habla en diminutivo, en la sala de su casa, que no es la sala sino un corredor pegado a la vía por la que pasan los camiones que hacen que todo tiemble, dice, humilde, que cuando llegó, su sobrino no quiso desocupar y a ellos les tocó meter “abogadito”, tres años luchando, pasando hambre de “arrimaditos” por ahí en cualquier casa que les prestaran, jornaleando todo el día y ella que sufre de la columna y no puede hacer mucha fuerza, pasaba las peores noches. Y con todo eso, dice, lo más duro de volver es que empezaron de cero, “iniciando el negocito a ver quién nos fiaba cualquier cosita para vender”.

Empezar como si no existiera un pasado.

Elkin, el hijo, que maneja una mototaxi y me transportará en los próximos dos días, y que es la fiel copia del padre en tamaño y en su acento, maldice a Mario por su descaro y celebra que “se fue sin el pan y sin el queso, pelao por agalludo y pícaro”. Elkin regresó en 2013 de Cartagena, donde dejó un hijo y a una banda de delincuentes con las ganas de dinero hechas. Allá lejos, porque Cartagena está a unas quince horas en bus de la puerta de su casa, Elkin fue amenazado por la banda criminal Los Rastrojos, organización criminal que surgió de los desmovilizados de las auc, que le pedían 400 mil pesos por semana por los billares que administraba. Elkin no tuvo plata y se voló. Ahora entre la tienda, los trescientos cincuenta chorizos que vende Bertha en semana a 2.500 pesos cada uno y la mototaxi pagan deudas; pero Ana Bertha sigue preocupada porque aún debe 5 millones de pesos del abogado que le ayudó a recuperar su casa.

Y todavía falta. Para los Peláez volver es empezar y no tener con qué. Aunque desde afuera se ve una tienda bien surtida con dos neveras grandes, más de diez cajas de gaseosa para surtir, bultos de panela, frituras, enlatados, escobas, papel higiénico desde el rosado hasta el que tiene cuatro hojas, la casa roída por el tiempo, cuyos colmillos entraron profundo con el abandono y las paredes están tarjadas. Adentro, en las piezas, donde hay fotografías de los dos hijos cuando hicieron la primera comunión, un Cristo crucificado y un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que ilumina hasta con la luz apagada, la pintura de las paredes se cae por la humedad, la casa cede.

—¿Y usted no me puede ayudar con el Gobierno para que nos ayuden con la casita?

—No, no señor.

***

Carlos Alirio y Ana Bertha hablaban como si la vida no tuviera secreto, o como si supieran de qué se trata todo esto, no vencidos como dijo Pessoa, sino conocedores plenos de la verdad, del mecanismo que mueve el corazón de la verdad. Esa misma sensación me dejan papá y mamá, aunque sé que después de aquella fuga de Envigado, adonde no volvimos nunca más, se la han pasado tratando de encontrar ¿el futuro? ¿lo porvenir? No sé. 

Volver es empezar sin nada, es como nacer, solo que peor.

 

La palabra cada vez se pierde más, se escapa, ha echado a andar como Caín errante y no se alcanza, no se logra, no se mide. Volver.