La civilización originaria, la que daba preponderancia a la razón, a la libertad de opinión y de pensamiento, pero también a la disidencia, sin que una ni otra fueran excluyentes, se perdió entre el humo de tantas guerras.

Por Reinaldo Spitaletta/ Foto Diego Represa

¿De cuál civilización me habla, caballero?

¿De la que echó a pique la fuerza de la razón y la reemplazó por la razón de la fuerza? ¿O de aquella que me dice que hay que morir por las ideas del poderoso, que se reducen a su capital y fortunas? ¿O tal vez a la que bombardea e invade territorios en busca de petróleo y con transnacionales que reconstruyan luego lo que ha sido arrasado a nombre de la libertad y la democracia?

¿A cuál civilización se refiere, mi estimado presidente? ¿A la que sacrifica ciudadanos en guerras inútiles, suponiendo que haya guerras útiles? ¿A la que envía drones a asesinar opositores? En asuntos de civilización me parece que hay muchas bombas y cañones y acorazados, y que, no sobra decirlo, en varias de ellas el nombre de Dios se usa para faenas de borrado y destrucción masiva.

No sé si usted llama civilización a aquella que creó ideas ilustradas (tal vez para que otros murieran por ellas), ideas de progreso que hicieron progresar a unos cuantos, o a la que declaró la tolerancia como un logro de la razón y los pactos sociales. Porque ahora la civilización parece ser la que deja los campos y ciudades de los invadidos con sangre y muerte; con la memoria en ruinas; con la historia de antiguas civilizaciones vueltas pedazos a punta de aviones y soldadesca.

No sé si usted, mi apreciado primer ministro, se refiere a la civilización como aquella que vendió negros a miles, creó campos de exterminio, apabulló culturas nativas, irrigó montes con el agente naranja, cubrió de napalm a muchachitos desnudos, borró ciudades (y más que a estas, a la gente que ya no pudo escuchar más a los pájaros) con bombas atómicas. No sé si la civilización (y, claro, sus procesos civilizatorios) tenga que ver con la ocupación de territorios, con el desplazamiento de millares de desterrados, con el despojo y la expoliación.

La civilización puede ser la creación de una aberración, como el denominado Estado Islámico, mi apreciado presidente del mundo. Diseñado e ingeniado por los dueños del planeta, por ustedes, en la guerra de Irak y el derrocamiento de Husein, al principio aliado de ustedes y después caído en desgracia, como les ha pasado a tantos títeres y peleles engordados y cebados por el imperialismo, ¿o no? Y después, los apoyaron para desestabilizar a Siria, y más tarde, los financiaron, junto con Turquía y Arabia Saudita, y ahora, esos mismos monstricos y “frankensteins” concebidos por la civilización aterrorizan precisamente a la civilización.

Sí, duele París, y duelen los muertos en Siria, y los muertos en el Líbano, y los muertos por el terrorismo de Estado y por los otros terrorismos en tantas partes. ¿Acaso hay un terrorismo civilizado y otro no? Que le digo, señor primerísimo ministro, que duelen el hombre que cae de las torres gemelas y la mujer colgada de una ventana del parisino teatro Bataclan, donde murieron tantos muchachos.

Tantos dolores de aquí y de allá, me han puesto a escuchar a Georges Brassens y su canción Morir por las ideas, y les digo, señorísimos presidentes y ministros, que he llorado. “Resulta que se muere por unas ideas que no tienen futuro el día de mañana (…) / Los charlatanes que predican el martirio / normalmente, por otro lado, se demoran aquí abajo”, y también resulta que, en medio del dolor, he reído, como en toda tragicomedia: “Y si aún bastaran algunas hecatombes / para que finalmente todo cambiara / para que todo se arreglara / después de tantas revoluciones / de tantas cabezas cortadas / ya tendríamos el paraíso sobre la tierra…”.

Con todas estas miserias del mundo, volvemos al preclaro Voltaire y su Tratado sobre la tolerancia, obra maestra que, pese a tantas sangres derramadas, o precisamente por ello, hay que seguir leyendo. “En París la razón puede más que el fanatismo”, decía en su alegato a favor del protestante Jean Calas, un inocente sometido a suplicio y muerte, como parte de un recorrido por la historia de los abusos, las persecuciones y las infamias.

La civilización originaria, la que daba preponderancia a la razón, a la libertad de opinión y de pensamiento, pero también a la disidencia, sin que una ni otra fueran excluyentes, se perdió entre el humo de tantas guerras. Hoy, los civilizados son irracionales. Y los “incivilizados”, todavía más.