Los libros de la Premio Nobel Svetlana Alexiévich están llenos de horror, como la vida que nos rodea, pero al mismo tiempo mantiene siempre en ellos un sol que brilla. En su visita a Bogotá la periodista y escritora hizo un lúcido paralelo entre el alma de Colombia y el de la antigua Unión Soviética.

Por Andrés Ruíz / Foto Iván Herrara – FILBO

Por primera vez el ganador vigente del Premio Nobel de literatura asiste a la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Es muy probable que en pocos meses, cuando empiecen a sonar otra vez las campanas de los candidatos al Nobel, el nombre Svetlana Alexiévich, que pertenece a la periodista y escritora bielorrusa merecedora del Premio en 2015 se mantenga solamente en boca de sus admiradores más fieles. Svetlana estuvo en Bogotá y nos mostró un lúcido paralelo entre el alma de Colombia y el de la antigua Unión Soviética.

Sus libros están llenos de horror, como la vida que nos rodea: catástrofes nucleares, guerra, muerte e injusticia. Pero al mismo tiempo mantiene siempre en ellos un sol que brilla. “Somos personas de la cultura de la guerra, no recuerdo que en el colegio o en la universidad me hayan dicho ‘ustedes tienen que ser felices’ o ‘la felicidad es esto’; nosotros, o estamos preparándonos para la guerra o estamos viviendo en ella”, dijo Svetlana, quien solo pudo aprender a contar sus historias cuando encontró que el horror es vecino de la belleza.

“Yo no sabía de qué me estaba hablando esa mujer, si de la muerte o del amor”.

En su libro “Voces de Chernóbil” esconde su voz detrás de la de cientos de personas comunes y corrientes –“la verdad no cabe en un solo corazón”– que vivieron en carne propia la explosión del reactor nuclear: 300 pueblos abandonados y miles de personas asesinadas por un enemigo invisible aun décadas después del desastre. Allí está la idea que recorre su literatura, una literatura de los sentimientos del ser humano: “A pesar del dolor, a los humanos nos mueve una enorme carga de amor y solidaridad”. Cuando una de sus entrevistadas le contó la historia de cómo perdió a su marido, uno de los bomberos llamados a apagar el incendio en la planta, y luego a su bebé, que la salvo a ella de la muerte al absorber toda la radiación desde el vientre, Svetlana dice, “yo no sabía de qué me estaba hablando esa mujer, si de la muerte o del amor”.

En esta paradoja y misterio que es el alma humana, nos dice, se encuentra la lucidez de dos pueblos –Colombia y Rusia– que han crecido en medio de la guerra. Ella nos presenta los horrores del mundo entreverados por fibras de amor y así evoca nuevos significados, una filosofía que nos hace falta y que será la encargada de acabar con las ideas que nos atrapan en ciclos repetitivos de violencia y terror.