A la protagonista de esta historia la robaron en su casa. Ella conoció al ladrón, él le devolvió sus pertenencias y hasta se hicieron amigos. Hablaron durante largo rato acerca de la vida, de la muerte y de Dios, y éste le prometió que no le volvería a pasar nada.

Por Alejandra Agudelo. Ilustración Francisco Javier Viveros

 “La negra” es una perra abandonada que me acompaña todos los días a trotar por un bosque de una vereda de Santa Elena, un corregimiento ubicado en las afueras de Medellín. Hoy no llegó a nuestra cita matutina. Y me dice el vecino, quien le ofrece caritativamente dormida y comida en su casa, que no va desde hace tres días.

Y yo tengo todo que ver en esto… Miren por qué.

Una noche de un viernes de finales de mayo, entré en  mi cabaña y descubrí que había sido víctima de un robo. Vivo sola en una casita de madera ubicada en medio de árboles de pino, a unos 20 minutos de la carretera principal de una vereda de Santa Elena. Al entrar en mi habitación observé que toda mi ropa estaba tirada en la cama y en el piso. Revisé todo y confirme que los ladrones se habían llevado todas las cosas de valor, excepto aquellos electrodomésticos pesados. Se llevaron el computador, la grabadora, la cámara fotográfica, algunas  joyas, y otros artículos personales…  Pero me dejaron la estufa y la nevera.  

Pese al desconsuelo que da mirar el rebujo, la puerta del balcón forzada y abierta de par en par, los espacios vacíos de los cofres y del closet, comencé a reflexionar sobre cómo este hecho delictivo  había sido premeditado. Días antes, en horas de la madrugada, me despertó un ruido, como si una o varias personas cruzaran el puente que separa una pequeña quebrada de mi casa. Posteriormente, sentí que descargaban algo sobre mi puerta  y cuando bajé a inspeccionar -armada con mi linterna y con mis tres gatas salvajes detrás- automáticamente cesaron los movimientos y el silencio retornó.  Este era el anuncio.

Sin embargo,  aislada de la ciudad, las reacciones no suelen ser tan inmediatas. Decidí tranquilizarme y dormir.  El domingo siguiente hice un recorrido por la vereda y les conté a mis vecinos lo que había sucedido.  ¡Vaya sorpresa! todos coincidieron en que el mayor sospechoso era un joven de la zona que en esta historia se apodará “Alias X”, quien, a juicio de varios de ellos, dirigía a un grupo de jóvenes  que se dedicaban a hacer  “daños” en el sector. Con la información de los vecinos llegué hasta su casa, un rancho de madera lleno de niños.  Su tío jugaba cartas en una mesa improvisada ubicada en la entrada del humilde lugar. Llegó una señora que se presentó como la madre del joven y solo con preguntarle por él me respondió: “Mi hijo es un muchacho sano. Yo revisé el armario y no encontré nada raro”.

-En ningún momento dije que su hijo fuera un  ladrón. Por favor, entréguele mi tarjeta por si conoce a quienes lo hicieron- le dije.

Esa misma noche “Alias X” estaba en mi casa.  Es un joven de unos 20 años de edad,  jefe de una “banda” de ladrones bajamente peligrosa de este sector (los altamente peligrosos tienen otro modus operandi). Vestía una chaqueta de cuero, jeans y tenis de marca. Hablaba con un acento montañero, -“¿busté como supo de yo?” “¿Por qué fue a mi casa?” “¿Por qué habló con mi mamá?”… Se veía muy asustado.  Nunca me miró a los ojos por más de tres segundos. Sus ojos divagaban en el cielo oscuro por los efectos de la droga.  Su voz era temblorosa y sus manos nerviosas arañaban su cara llena de cicatrices, una de las cuales recorría su frente hasta el  cuello.

Le pedí su ayuda para recuperar las cosas.  Le dije que tenía la certeza de que “sus amigos”  en esencia no eran malos. También, y con más énfasis,  que yo amaba esta cabañita  y que por  nada del mundo quería irme de allí.

Me dijo que sus “amigos” venían siguiéndome hace días, que sabían que vivía sola, que ya habían intentado entrar pero que alguien bajó y desistieron. Que ellos andaban “enfierrados” pero que podía estar tranquila porque no me iban a hacer daño.

Al otro día, recibí una llamada de “Alias X” y me citó en el Parque Berrío, en pleno centro de Medellín.  Asistí al lugar con mi hermano. Cuando estábamos  parados  al lado de la Gorda Botero, empecé a recibir una serie de llamadas.  “No era ese el trato. ¿Por qué vino acompañada?”. Nunca pude ver dónde estaba. Transcurrieron unos 30 minutos y solo me llamaba a decir que yo había incumplido el trato. Me estaba retirando del lugar cuando apareció una mujer seguida de “Alias X”. Nos llevaron a una prendería donde por 300 mil pesos me devolvieron parte de las cosas.  Me prometió que al día siguiente me devolvería el resto de los objetos.

Efectivamente cumplió su promesa. De nuevo “Alias X” me  visitó en la cabaña.  Llevaba en sus manos una bolsa de plástico color blanco y rojo.  Ahí venían parte de las joyas (no precisamente las más costosas). Me dijo que nunca más iban a hacerme nada y que podía dormir con las puertas abiertas porque él había dado la orden de “cuidarme”. Le agradecí y hablamos largo rato acerca de la vida, de la muerte y hasta de Dios.  Sentí que estaba frente a un victimario que tenía mucho más miedo que su víctima.  Sentí que este ser humano que no alzaba sus ojos tristes del piso tenía miedo a morir, miedo a vivir, miedo a todo. Mi gata, “La morocha” seguro notó lo mismo, porque empezó a acariciarlo. Y él a ella.

No pretendo justificar los actos de “Alias X” y su banda. Tampoco pintar de romanticismo un hecho que hace parte del diario vivir de una ciudad que está entre las más violentas de la región.  Simplemente la oportunidad de haber conocido a este joven me da pie para evidenciar que detrás de cada victimario hay un ser humano lleno de temores, hay una historia que casi siempre está marcada por el dolor y el sufrimiento. Yo vi a sus hermanas, vi la miseria en la que “Alias X” vive. Escuché esa voz temblorosa con acento campesino; sentí su mirada de desesperanza, sentí sus manos callosas apretar las mías….  Alguien así solo puede despertar compasión. 

Hasta ahí había cerrado un capítulo de una historia con un final feliz. Pero aquí va la parte que tiene que ver con las medidas y las reacciones de mis vecinos, que a decir verdad, causaron en mí más decepción que el mismo robo.  Los dueños de la cabaña donde vivo reforzaron la seguridad cerrando totalmente la ventana del tercer piso (el ático donde duermo) de modo que ya no puedo abrirla para ver a los pájaros que me visitan todas mañanas y el agua de la quebradita que antecede el lugar. El vecino de arriba cercó su casa y ya no puedo ver sus perros que me saludaban efusivos siempre que pasaba por ahí. La vecina del lado mandó a poner electricidad a su cerca, y “La Negra”, la perra con la que arranca esta historia, se electrocutó y ya no se atreve a pasar hacia arriba a dormir y a comer donde sus amos adoptivos.  Los  vecinos nuevos  ya hicieron reunión con la Policía para tomar medidas preventivas y me entregaron una tarjeta que me dejó el comandante para que llamara a dar el nombre del culpable. Otros residentes más radicales pidieron datos de los autores del incidente para “mandarles a dar un susto a esos hp”.

Mi respuesta fue la siguiente: quité la cerradura de mi ventana porque me niego a no ver los barranqueros que se posan en los pinos todas las mañanas.  Me niego a hacerle caso a los vecinos  que me dicen que se ofrecen a darle “un susto a Alias X” (esto es herencia de las convivir y de los discursos perversos que promueven la justicia por cuenta propia). Me niego a  decir el nombre de “Alias “X” a la Policía y a quienes me han indagado, no por miedo ni  por la promesa que le hice,  sino por una profunda convicción de que la cárcel no reivindicará  ni transformará positivamente a este joven campesino. Ya  Michel Foucault  en “Vigilar y castigar”, argumentó por qué  “la prisión no reeduca a los criminales” y por el contrario “entre más tiempo  se pasa en un prisión más perverso se vuelve el ser humano”. 

¡Me niego a vivir con miedo! Prefiero andar sin nada como San Francisco, pero llena de confianza por la vida... Esa fue mi conclusión esta mañana cuando salí a trotar sin “La Negra”  por los senderos que nadie transita dizque porque atracan mucho.  Como de costumbre, me acosté en el árbol caído que se convirtió en puente y escuché ese sonido de la cascada que siempre me regala serenidad.  ¡Ah! ¿Por qué tener miedo en este lugarcito donde no llegan los “alias” y  donde a duras penas se cuelan los rayos del sol?