La guerra nunca pudo aniquilar el fútbol en este país africano. Las canchas eran zonas desmilitarizadas; la confrontación entre equipos que desarrollaban una batalla intensa, pero en esencia amistosa, servía de defensa contra los horrores desatados por doquier.

Por Henning Mankell

La primera vez que visité Angola no estaba plenamente consciente del país en que me encontraba. Era 1987 y vivía en el extremo noroeste de Zambia, cerca de la frontera angoleña. Estrechos caminos de arena serpenteaban a través de la interminable vegetación; a menudo me perdía cuando viajaba hacia algún pueblo distante. Si me detenía a preguntar cómo llegar a algún lugar y me respondían en portugués, entonces era vital volver rápidamente hacia el lado derecho de la frontera imaginaria. Angola, tan profundamente herida por su prolongado periodo colonial, se sumergió en una violenta guerra civil luego de independizarse de Portugal. Los guerreros del líder rebelde Jonas Savimbi, tristemente célebre por su indiscriminada violencia, estaban en todas partes. Toda una generación de angoleños no supo nunca lo que era vivir en un país donde reinara la paz.

No obstante, también había algo mágico en esa tierra más allá de la frontera imaginaria: el futbol, también omnipresente. En los campos de grava y en las playas arenosas, en las aceras y en las plazas de las ciudades, hordas de jóvenes jugaban con pelotas hechas de los más sorprendentes materiales: una playera o una vieja red de pesca; un bolso de mujer relleno de papel y hierba. La guerra nunca pudo aniquilar el fútbol en Angola. Las canchas eran zonas desmilitarizadas; la confrontación entre equipos que desarrollaban una batalla intensa, pero en esencia amistosa, servía de defensa contra los horrores desatados por doquier. A quienes juegan fútbol juntos se les dificulta más salir a matarse.

Muchos de los jugadores de fútbol de Angola han emigrado de su país, principalmente a Portugal, para ganarse la vida. Aun así, no han renunciado a su ciudadanía, y cuando se les llama para que vistan los shorts negros y las calcetas y camisetas rojas de su selección nacional, no dudan en hacerlo. De cariño les dicen los "antílopes negros".

El 8 de octubre de 2005, Angola llega al estadio Amahoro de Kigali. En ese momento, lo que sorprende es que si logra vencer a Ruanda por un solo gol, calificará parar la Copa Mundial de Alemania 2006, colocándose arriba de Nigeria. Es una angustiosa espera para todos los angoleños que se sientan con la oreja pegada a la radio. Luanda permanece inmóvil, Huambo, Lubango, Lobito, Benguela, Malanje, cada ciudad, cada pueblo está reunido alrededor de los aparatos de radio. Quizás incluso en la sabana los antílopes se yerguen con las orejas en alerta.

Al final de la primera mitad hay un empate a cero. El juego continúa sin un solo gol. Parece que todo terminará mal para Angola. Cunde el nerviosismo entre los jugadores. Todos concuerdan en que Angola está jugando muy mal. Es un equipo al borde del colapso, que pierde pases y cuyos jugadores no se entienden entre sí. Quedan 10 minutos. Los angoleños, desesperados, están casi al borde de la inconciencia. Entones, el remplazo de último minuto, Zé Kananga, hace un pase transversal a la vez sorprendente y brillante. Fabrice “Akwa” Maieco está en el lugar correcto. Con un cabezazo inicia la jugada perfecta para el único gol del partido; el balón rebasa al portero de Ruanda, bota en el césped y después vuela hacia la red.

Habría que vivir mucho tiempo en África para entender el significado de esta victoria. Por supuesto, nadie imaginó que Angola pudiese haber llegado muy lejos en aquel torneo[1]. Pero se tuvo una gran victoria, una que no trajo consigo una copa brillante. Este triunfo existe, antes de todo, en el corazón y la mente de los angoleños. Haber pasado a las finales de la Copa Mundial de fútbol contribuyó enormemente a la confianza de un país asolado por la guerra y la pobreza. El país, maltratado durante tanto tiempo, resurgió de nuevo.

 

Este texto fue publicado inicialmente en la revista National Geographic, en víspera del Mundial de Alemania 2006.

 

[1] El de Alemania ha sido el único mundial de fútbol de mayores al que ha asistido la selección de fútbol de Angola. Allí enfrentó a Portugal, con quien perdió por un gol a cero; empató a cero goles con México, y en su último partido empató a un gol con Irán.