Los refugiados oficiales en Líbano rondan los 882.000, pero en realidad son más de un millón entre refugiados no registrados por Naciones Unidas y trabajadores temporales que se han quedado en el país. Los peor parados son los refugiados palestinos que han llegado de Siria: reciben menos fondos humanitarios y no tienen derecho a trabajar en este país.

Por Ivan M. García. Fotografías de Pablo Tosco

El centro comercial Al Waha se levanta en lo alto de una colina en Al Qalamoun (Trípoli). Su entrada es amplia, con seis puertas de cristal y grandes piedras de mármol. Está rodeado de pinos frondosos y a lo lejos, más allá de la falda de la montaña, asoma el Mediterráneo. De las puertas aparece ruidosa una motocicleta blanca –Akkad Six Stars, es la marca- piloteada por un muchacho de unos 12 años que con la destreza que otorga la inconsciencia desciende rápido por la escalinata de acceso al edificio. Un grupo de niños persiguen al motorista en divertida comparsa y dejan las puertas a medio cerrar.

El complejo, abandonado hace unos años, está ocupado ahora por 130 familias que han huido del conflicto en Siria. “Viven en los locales comerciales. Algunas pagan un alquiler, otras no, según quien sea el dueño de la zona que ocupen”, dice Rabab Sabbah, una refugiada que colabora de manera voluntaria con Oxfam.

La organización provee cada día ocho mil litros de agua potable y lleva a cabo labores de higiene y saneamiento. “Tratamos de que tengan un lugar determinado para el aseo y mantengan los alrededores del centro limpio. De otro modo, las diarreas y enfermedades como la leishmaniasis se propagarían muy rápido”, señala la mujer.

Al Waha se abre en un patio interior de forma hexagonal en cuyos soportales se suceden los locales comerciales ocupados por familias sirias. Hay ropa tendida en cuerdas que van de una columna a otra. Alrededor de éstas hay también trazados mil y un empalmes de cables eléctricos. Los niños corretean entre alfombras de mimbre y colchones que se airean fuera de las tiendas. Las mujeres han dejado granos y especias secándose al sol en palanganas de plástico. Desde los pisos superiores caen ramas de grandes hojas verdes y asoman un buen número de antenas de televisión por cable.

Un aroma de guiso se desliza por uno de los pasillos del edificio. Justo en éste un chico repara una lavadora y varios hombres atienden un puesto de verdura. Al lado de la circunstancial parada de hortalizas se encuentra el local donde viven Abu Yassef y su esposa. “Somos como una gran familia. Nos apoyamos en todo lo que podemos. Bastantes problemas hemos tenido ya en Siria”, apunta este hombre recio y de semblante grave. “Pero es duro: nos falta el agua y el vale de Naciones Unidas para intercambiar por alimentos no es suficiente. Sobre todo para comprar verduras, en Siria todo era más barato. Además, la asistencia médica era gratuita y la educación también.”

La cuestión clave es que el Líbano no ha organizado nuevos campos de refugiados por el temor de que se conviertan en pequeños barrios, como pasó con los asentamientos palestinos que se formaron tras el éxodo de 1948. Así los 882.000 refugiados que viven en este país (más de un millón si se suman los que no están registrados oficialmente) lo hacen en su mayoría en barriadas humildes de la periferia de grandes ciudades. De hecho, el 80% de todos los exiliados sirios – casi dos millones y medio repartidos en Jordania, Líbano, Turquía, Egipto e Irak- no vive en este tipo de campos.

El informe Under pressure (Bajo presión) de World Vision denuncia que esta situación está dando lugar a una serie de problemáticas como la subida del alquiler en las comunidades que han acogido a los sirios. La ONG señala que viven hacinados en pisos, locales en desuso o garajes a precios insultantes que llegan a superarse en un 400%. El estudio hace hincapié además en la subida de los precios de los alimentos básicos porque “ha aumentado la demanda pero no el suministro”. Por descontado, también menciona el cada vez más elevado riesgo del surgimiento y propagación de enfermedades derivadas de la ausencia de agua potable y falta de higiene, ya que los servicios libaneses se han visto saturados por la afluencia de exiliados en estas barriadas.

Monedas para llamar a Siria

Saif Dawour encontró una noche un osito de peluche tirado en una esquina de Al Jalil (Baalbeck), el antiguo campo palestino levantado alrededor de unos barracones militares en el 48. “Estaba muy sucio. Lo traje a casa y, cuando los niños dormían, mi mujer y yo lo lavamos una y otra vez”, cuenta el hombre. Al día siguiente era el cumpleaños de su pequeña. “Ella se despertó y le dimos el osito. Lo primero que preguntó fue si él estaba a favor del Ejército Libre Siro (ELS) o del régimen de Bachar al-Assad”.

Saif, su mujer y sus tres hijos, dos niños y la pequeña del peluche, viven en una de las estancias del antiguo acuartelamiento. Tras la puerta, un minúsculo cubículo donde el poco espacio que hay lo ocupan una lavadora y una nevera. Ninguna funciona; pero las utilizan a modo de armario para guardar la ropa. Hay también una olla de metal, dos bidones de agua y un colador con verduras recién lavadas. La vivienda como tal se abre espacio tras este cubículo, aunque sigue siendo pequeña para cinco personas. Es una habitación húmeda, de unos quince metros cuadrados, con una sola ventana y una puerta al exterior que permanece cerrada. Los colchones cubren casi todo el piso y hacen las veces de cama, sofá y espacio para comer. Un viejo armario está situado en uno de los extremos, no tiene cajones y tampoco cabe en él toda la ropa, por eso de las vigas de madera del techo cuelgan pantalones, camisas, camisetas… La familia dispone también de un ventilador y una televisión grande y pesada.

“En Damasco trabajaba para una compañía petrolera croata. Un buen empleo, vivíamos muy bien. Pero aquí llevo buscando un trabajo desde que llegué y no encuentro nada. Sólo necesito tres dólares al día. Sólo eso para que podamos vivir un poquito mejor”, masculla entre dientes Saif, mientras busca a tientas su paquete de cigarrillos sobre la alfombra. Junto a este hay un cenicero repleto de colillas y ceniza y varios vasos servidos con té hasta el borde que nadie ha bebido aún.

“El alquiler cuesta 100 dólares al mes, quedan diez días para el pago y no tenemos con qué. El subsidio de la UNRWA se ha retrasado y no sé cómo vamos a pagar este cuarto”, reconoce. La UNRWA es la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos. Éstos suponen el 10% de los exiliados que han llegado a Líbano tras el conflicto sirio, según la ONG local Najdeh. Pero ni mucho menos recibe la décima parte de los pocos fondos recogidos por Naciones Unidas para esta respuesta humanitaria. Así que los palestinos son los peores atendidos. La situación no tiene visos de mejora si finalmente la ONU rebaja un 30% los fondos destinados a los refugiados tal y como ha previsto este organismo.

Saif y su familia a pesar de haber nacido en Siria conservan el estatuto de refugiado porque descienden de familias que abandonaron Palestina durante la nakba del 48. Eso implica, entre otras discriminaciones, que hay trabajos que no pueden ejercer en Líbano por el mero hecho de ser exiliados palestinos: todo tipo de ingenierías y profesiones liberales como la abogacía y el periodismo.

“Mis hijos me piden dinero a cada rato para hablar con sus amigos en Siria. Yo no tengo qué darles. Hay días que me dicen ‘papá, hoy no comemos, pero danos algunas monedas para llamar a Damasco’. No sé qué hacer”, se lamenta el hombre mientras niega con la cabeza. “Mi mujer toma unas pastillas porque padece crisis nerviosa. Por las noches se hace la dormida, pero yo la oigo llorar. Sólo duerme bien cuando toma esas píldoras. Creo que las voy a tomar yo también, así dormiré todo el día y todo pasará más rápido. Estoy muy cansado. Además, no hay nada que hacer. Ni como voluntario he podido encontrar trabajo”.

Canciones palestinas para un gato sordo

Sawthan Alshami lleva un año viviendo en el barrio de Wadi Zeina, de mayoría palestina, a las afueras de Beirut. Es un vecindario humilde, de edificios bajos, con la pintura descorchada y de balcones casi a pie de calle. Está ubicado en una pendiente que termina en la playa, jalonada por chiringuitos y cabañas de verano. De camino a su casa hay una mezquita con ropa tendida en sus pequeñas ventanas. Es la vieja mezquita del barrio que ahora acoge a cinco familias. “Viven aquí gratis”, dice esta mujer que trabajaba como tutora de una guardería en Yarmok (Damasco). El interior está divido con grandes tablones y láminas de cartón en espacios para cada familia. Éstas comparten dos letrinas, a pesar de que no hay agua corriente en el lugar.

Sawthan vive con su marido y sus tres hijos –dos chicas en plena adolescencia y un niño- en un local comercial que alquilaron al poco de llegar. La ropa recién lavada está colgada fuera de la tienda, en una cuerda que va de un árbol al marco de la vidriera del local. Junto a la colada hay una mesa y una silla de plástico. “Esta es la habitación de invitados”, bromea la mujer.

El alquiler sube a 150 dólares por mes. “¡Es lo que nos costaba mantener a este gato en Siria!”, exclama la mujer señalando al animal que, asegura, es sordo. “Por eso no tiene nombre”, bromea de nuevo. La mensualidad les da derecho a habitar un espacio de unos 20 metros cuadrados en el que han tenido que separar la cocina –en realidad, una bombona de gas y un mueble con vasos y platos- del resto de la estancia con telas colgadas del techo. “No hay agua potable, así que la tenemos que hervir para cocinar. Y tampoco hay baño, hemos montado algo parecido a un aseo aquí fuera”, explica Sawthan sin perder la sonrisa.

La peor parte, como lamentablemente ocurre a menudo en estos contextos, se la llevan los menores. “No podemos enviarlos a la escuela, sólo el transporte cuesta 100 dólares al mes”, reconoce la madre. Y es que la escolarización es otro de los grandes problemas. Por un lado, en Siria era gratuita, así que en Líbano supone un gasto inalcanzable para muchas familias de refugiados. Por otro, la diferencia en los programas escolares y el hecho de que en Líbano éstos se impartan en inglés y francés y no sólo en árabe, como en Siria, no ayudan a la integración de los niños y adolescentes.

“Nunca en la vida pensé que terminaría viviendo en una tienda”, dice Nadiya la primogénita, que estudiaba música en Damasco. “Cantaba y tocaba varios instrumentos; pero aquí me paso el día metida en la tienda. A veces salgo con mi madre a hacer algún recado; pero la verdad, no hay mucho por hacer aquí. Otros días voy al mar, pero regreso enseguida”, añade la joven que quiere ser periodista para “algún día contar esta historia”.

Los padres y abuelos de Sawthan abandonaron Palestina en el 48. Su generación nació y vivió en Siria y ahora ellos, palestinos nacidos en el exilio, se han visto obligados a un nuevo éxodo. A la pregunta de si se plantean la posibilidad de que Líbano sea su nuevo hogar la mujer niega rápido con la cabeza. “No, no, no. Nunca, en absoluto. Siria ha sido nuestro hogar y es a donde queremos regresar. Pero ahora todo se le ha ido de las manos al Gobierno, no tiene sentido que siga actuando así. Este régimen debe llegar a su fin, pero para ello lo que necesitamos es una salida diplomática. Ya se ha derramado mucha sangre”.

Nadiya y su hermana permanecen apoyadas en la vidriera del local hombro con hombro. Cuchichean algo al oído y empiezan a cantar. Es una canción tradicional palestina cuya letra habla de un pueblo sin tierra y de una lucha eterna. Uno de sus versos dice:

“Madre, no nos vamos a rendir; a pesar de los golpes y heridas no dejaremos de ser personas”.