En Barcelona hay crisis. Las crisis matan a los más pobres. No hay nada de que alegrarse. Aunque el periódico La Vanguardia haya titulado unas semanas atrás, con letras grandes, que están saliendo de la recesión. La crisis está en la calle, o en los bares…

Por Martín Almuna  

Barcelona es multicultural, Barcelona es cool, en Barcelona la crisis no es como en España. Son cosas que se escuchan en la calle.  “La realidad de un pueblo se mide por sus bares y los bares de Barcelona son cool”, me dijo el joven pakistaní que me vendió una cerveza a un euro en la calle. Con 23 años esa era su fuente de vida, ganar veinte céntimos por lata hasta que la policía lo detuviera y perdiera todo. Aun así estaba deslumbrado por las luces de la gran ciudad. 

“La realidad de un pueblo se mide por sus bares”, esta frase me quedó zumbando en la cabeza.

Aunque el presidente Rajoy anuncie sonriente en el diario El País que “lo peor ya pasó y ahora toca crecimiento e integración”, la crisis está en la calle. O en los bares, según mi amigo vendedor de cerveza. 

Estoy tomando una caña en un bar de Poble Sec. Después de varias  birras el mozo me comienza a tratar distinto. Ya sin la distancia que se trata a los gringos ─sí, me había hablado en inglés primero, o en algo que él consideraba que era inglés. Cosa que nos suele pasar a los argentinos rubiones─ me invita una caña: “Cortesía de la casa”.  Acepto desafiando el mandato de mi madre, quien siempre me advirtió que no aceptara tragos de nadie, que esa es la manera de ponerle la pichicata para meter a los pibes en la “drogadicsión” ─No sé, perdón mamá pero a mí nadie jamás me regaló droga─. El caso es que el mozo se parece mucho a mi tío Luis, quien vive en Catán, un barrio del conurbano bonaerense─. El caso es que el mozo no llega a medir más de un metro sesenta, es rellenito, está pelado y tiene un bucle en medio de la cabeza como Oaky.  Lleva un pulóver escote en V azul y como no tiene remera le salen del pecho unos pelitos canosos. Cada vez que levanta algo de la mesa se limpia las manos en la panza manchando todo el pulóver. No es cool.

En la barra hay dos o tres tipos sentados que de vez en cuando comentan el partido que a esa hora están transmitiendo en la tele del bar. Juega el Espanyol contra el Real Jaén, como el LCD está colgado muy alto no lo sigo porque me hace doler el cuello, pero finjo que me importa. El mozo se acerca a mi mesa, se sienta conmigo y se destapa una cerveza. Me comenta algo del gol del uruguayo Stuani que impidió la derrota del Espanyol, su club. Creo que piensa que soy uruguayo. Como me felicita y me invita otra cerveza no digo nada, al fin de cuenta soy rioplatense y me gusta mucho la música de Uruguay. Hablamos un rato del Mundial 2014, de que el verdadero grupo de la muerte es el que nos tocó a nosotros, a los uruguayos. A mí me divierte la situación, le pido dos cervezas, una para él y otra para mí.

España tiene el segundo puesto en la Unión Europea ─superada sólo por Polonia─ en contratación temporal precaria. Una tasa promedio  de desempleo  del 27,2 %, y una deuda pública que representa el 92, 3 % del PBI.

Un hombre con el pelo amarillento, como manchado por nicotina, con una campera dos tallas más grandes de la que debería ser su número, me felicita por Stuani desde la  barra. Me dice en catalán algo de Peñarol que no entiendo si es a favor o en contra. Se levanta y apuesta las últimas monedas en una de las tres máquinas que hay en el bar, de esas tragamonedas que en Argentina suelen estar en los bingos. Cada vez que baja una palanca el tipo se pasa la mano por la cabeza, de atrás para adelante, y luego a la inversa, como engominándose. Con la otra mano, como llamando a la suerte, pasa dos dedos por la pantalla de la máquina; y la suerte no viene. Y las frutillitas del juego no se alinean y el tipo me mira con los ojos rojos y me dice: “No tengo más chance, Stuani”, levanta el  cierre de la campera gigante hasta perderse en ella y se va.  

El mozo, que ya estaba sentado a mi lado tomando la cerveza que había dicho no poder aceptar, me cuenta que el bar está para “transferir”, que después de treinta años se lo vendió a unos chinos. De esa manera podría ayudar a su hijo con la hipoteca y él podría regresar de una vez por todas a su Galicia natal. “Y allí ver que sale”. Dice que prefiere ser realista y no ser como el Antoni, el hombre de cabeza amarilla y campera grande. Éste había trabajado durante veinticinco años como encargado de mantenimiento en un depósito que comenzó a suspender personal desde principio de año. Para no causarle mayores disgustos a su mujer, Antoni, quien no estaba muy bien de salud, prefirió aceptar la reducción salarial y fingir que nada había pasado. Había que ajustarse un poco más, si al fin de cuentas nunca le había dado todo el sueldo a su esposa; era por un par de semanas, pensó Antoni. Y desde ese día se dedica a cumplir religiosamente horario en el bar, para que en su casa no sepan que está suspendido. Así, rifando los malditos euros que le quedan, esperando un golpe de suerte que difícilmente llegará.

El tipo era director de casting en una productora importante. Como muchos de sus amigos, está en paro, sin expectativas de conseguir un nuevo empleo y con una “hipoteca de la hostia”.

En Barcelona hay crisis. Las crisis matan a los más pobres. No hay nada de que alegrarse. Aunque el periódico La Vanguardia haya titulado hace unas semanas, con letras grandes, que están saliendo de la recesión. Aunque el presidente Rajoy anuncie sonriente en el diario El País que “lo peor ya pasó y ahora toca crecimiento e integración”, la crisis está en la calle. O en los bares, según mi amigo vendedor de cerveza. El capitalismo central está mutando y en ese cambio se está cargando al Estado benefactor de algunos países europeos. Países donde antaño el denominador común era dictadura ahora es crisis: Grecia, Portugal y España. Así son los caprichos ─no tan caprichosos─ vaya a saber de qué poder imperial.

España tiene el segundo puesto en la Unión Europea ─superada sólo por Polonia─ en contratación temporal precaria. Una tasa promedio  de desempleo  del 27,2 %, y una deuda pública que representa el 92, 3 % del PBI.  Pero más allá de los resabios 15M, el movimiento popular español parece que se está comiendo un bocadillo de atún y olivas en algún bar. Muy tranquilo, como se concibe aquí ese rito.

La noche me va llevando a diferentes bares y termino en un bar chileno ubicado en el Barrio Gótico. Allí conozco a un chileno-catalán, quien me cuenta que luego de veintiocho años de laburo lo han rajado. El tipo era director de casting en una productora importante. Como muchos de sus amigos, está en paro, sin expectativas de conseguir un nuevo empleo y con una “hipoteca de la hostia”. También me cuenta que se habían organizado en un movimiento de afectados contra las hipotecas –o algo así–- y que habían logrado frenar algunos remates, pero que la prensa no le daba bola. Es que en estos tiempos el movimiento independentista es la vedette de los medios.  Nos cambiamos los correos, bebemos de la misma copa, nos juramos lealtad eterna. Nos peleamos por la estrategia del Frente Popular en 1973 y nos arreglamos con Víctor Jara. 

Cosas que solemos hacer los borrachos después de las 6 de la mañana. Yo prometo filmar un documental con su movimiento, a la semana intercambiamos correos y… nunca más nos volvemos a ver. Pero lo importante es que frente a la gran siesta del bocadillo algo está pasando. Quizá ese movimiento sea de lo de más avanzado que se puede dar, no sé. Quizá por abajo está pasando algo, no tan cool, como los bares de Barcelona.