En 2012 miles de personas entraron en pánico ante la inminente llegada del fin del mundo, supuéstamente pronosticado por los Mayas para el 21 de diciembre de ese año. ¿Qué ocurrió ese día? Usted ya sabe el final de esta historia, pero tal vez no lo que ocurrió durante los últimos 60 días en Mérida, Yucatán, antes de la fecha temida. Entonces debe leer esta crónica.

Por Efraín Bárcenas

Llegué a Mérida un día soleado de fines de octubre de 2012 y creí que me iba encontrar con una ciudad de locos ante la proximidad de la fecha fatídica. Creí que iba a ver gente desesperada, anuncios apocalípticos por doquier, gente estresada, tensa, malhumorada…

Lo que encontré, en cambio, fue una auténtica sorpresa. Me encontré prácticamente con un oasis de tranquilidad y cultura en esta ciudad de mexicana: una ciudad limpia, pacífica y ordenada, que transpira arte a toda hora, y en donde el fantasma de la profecía Maya solo se atribuye al afán de atraer turismo por parte de las autoridades estatales, y de los mismos turistas, como yo.

Arte, cultura y tranquilidad; no caos ni desesperación. Interesante, ¿no?

Uno encuentra cultura en su centro histórico, en los barrios aledaños, en los municipios cercanos y, obviamente, en los que están más allá de la periferia, como en donde están enclavados Chichén Itzá, Uxmal, Izamal y Mayapán. Aquí, según vi, los yucatecos no tienen tiempo para preocuparse de la cuenta larga de sus antepasados, sino más bien, de las cuentas de restaurantes, hoteles, hostales y demás.

Como muchos saben, el 21 de diciembre de 2012 terminó un ciclo de 13 baktunes del calendario de la cuenta larga de los Mayas; es decir un ciclo de 5,125 años, fecha que algunos interpretaron como la profecía Maya del fin de los tiempos.

En el 2012 el interés mundial estuvo centrado sobre el área Maya en general y Chichén Itzá, en particular, que es el epicentro de la cultura Maya en la actualidad. Por ello, decidí que sería interesante ver cómo se vivirían en Mérida, Yucatán, los últimos 60 días del 13 Baktún; cómo se vivirían esos últimos días en la que, sin lugar a dudas, en el 2012, fue la ciudad del fin del mundo.   

"No creo que vaya a pasar nada", me dijo un taxista local el primer día que llegué a Mérida, mientras me paseaba por las calles del centro en busca de alojamiento.

"Eso es más bien un asunto del gobierno para traer más turismo a la ciudad". 

Y palabras más, palabras menos, me dijeron lo mismo una docena de yucatecos, entre ellos, un ex estudiante de turismo, una vendedora de artesanías, una guía de turistas, un campesino, un profesionista y hasta un funcionario del área cultural del municipio, a los que cuestioné sobre el tema de las profecías Mayas mientras estuve en la ciudad.

Sin embargo, no todos los que estuvieron aquí pensaban exactamente lo mismo.

Llegué a las 10 de la mañana del jueves 18 de octubre, y a pesar de ser temprano ya se sentía un calor húmedo y bochornoso en la ciudad. Lo primero que hice, luego de conseguir habitación, fue ubicar el Teatro Felipe Carrillo Puerto, en donde ese día, a las 5 de la tarde,  continuaría un ciclo de conferencias denominado "Mitos y realidades de la cultura Maya", iniciado a principios de esa semana, y al que me interesaba acudir.

En el trayecto, me sorprendió la avenida Paseo de Montejo, una ancha avenida de un kilómetro de largo, bella, arbolada y pacífica, una copia en pequeño de "Los Campos Elíseos", de Paris, con una treintena de mansiones y palacios de principios del siglo XX, que ahora son ocupadas por instituciones públicas y bancarias,  habilitadas como museos, o simplemente están deshabitadas.

Por las noches, y sobre todo los fines de semana, sería para mi normal ver esta avenida muy atractiva, con grupitos de gente reunida en torno a las mesas de cafeterías, restaurantes y bares, acompañados de ritmos musicales, mientras se escuchaba el rítmico traqueteo de las calesas -carruajes de madera blancos, bellamente adornados y jalados por un caballo- paseando a los turistas por la ciudad.

Después de esta observación me ubiqué en la plaza central de Mérida, bajo las sombras de frondosos laureles, y de inmediato hice un interesante descubrimiento: al norte, sur, oriente y poniente de la plaza me encontré con cuatro edificios históricos, uno en cada punto cardinal, y en cada uno, prácticamente un museo o algún tipo de exposición.

Más tarde descubriría que arte y cultura serían la constante en esta ciudad del sureste de México, que tiene una población de 800 mil habitantes. Música, pintura, danza, arquitectura, teatro y literatura. Las bellas artes en un pequeño espacio de tierra, y casi todas al alcance de la mano.

Quizá, mucho tiene que ver el que Mérida fue designada la primera Capital Americana de la Cultura en el año 2000, distinción que comparte con Atenas, Grecia, ya que ésta fue designada la primera Capital Europea de la Cultura en 1985. En esa ocasión, Mérida compitió contra ciudades como Atlanta, Estados Unidos; Lima, Perú; Mendoza, Argentina; Quebec, Toronto y Montreal, Canadá, así como Santiago y Viña del Mar, en Chile.

Más tarde descubriría que arte y cultura serían la constante en Mérida, ciudad del sureste de México que tiene una población de 800 mil habitantes. 

Plaza central de Mérida, Yucatán.

O quizá ya lo trae de abolengo, y las zonas arqueológicas de Uxmal y Chichén Itzá, sean un ejemplo de ello. Quizá esto explique su exceso de arte y cultura en los alrededores de su zócalo o plaza central.

Al norte, el Palacio de Gobierno, un edificio construido en 1892 en cuyo interior se exponen poco más de 20 murales, algunos de ellos gigantescos, del muralista local Fernando Castro Pacheco, cuyos temas abordan la historia del pueblo yucateco, desde sus orígenes mayas hasta el México independiente. 

Casa Montejo.

Al sur, la Casa Montejo, una casa-museo que fue residencia de los fundadores de Mérida, los Francisco de Montejo, padre e hijo, un edificio de 1542 de estilo netamente plateresco, en cuya fachada se aprecian elementos iconográficos alusivos a la conquista y dominación de los Mayas por parte de los españoles. 

Al este la imponente Catedral de San Ildefonso, edificada en 1561, considerada como la más antigua de América construida en tierra firme, y a su lado el Museo de Arte Contemporáneo de Yucatán, prácticamente la catedral de los museos de la ciudad, con 15 salas para exposiciones temporales, dos galerías y cuatro salas permanentes; el único museo dedicado a la promoción y difusión del arte moderno y contemporáneo en toda la península.

Por último, y al oeste, el Palacio Municipal, construido en 1736, y enseguida el Centro Cultural de Mérida Olimpo, que funciona como sede de diversas exposiciones a lo largo del año. En esta ocasión, por cierto, exhibían algunos grabados de Posada (José Guadalupe) y de Picheta, un caricaturista local. 

Me impactó, en el Palacio de Gobierno, el mural denominado "El suplicio de Jacinto Canek", un enorme cuadro de 12 metros de largo por 4 de ancho, localizado en la parte alta del edificio, que muestra la ejecución de este indígena yucateco por protestar contra los abusos de los conquistadores.

Pero lo que más me sorprendió es que fue ejecutado a menos de 100 metros de donde yo me encontraba; precisamente frente a la casa de los Montejo, el 14 de diciembre de 1761. Canek es todo un símbolo de la cultura maya posterior a la Conquista. Su figura fue inmortalizada por el escritor yucateco, Emilio Abreu Gómez, en su obra del mismo nombre escrita en 1940. Canek ha sido traducida al alemán, inglés y ruso.

La resistencia de los Mayas, y el esfuerzo español por evangelizarlos, quizá explica la proliferación de templos católicos en la ciudad. Conté hasta 13 iglesias, todas con sus parques, en menos de un kilómetro a la redonda.

Catedral de Mérida.

La resistencia de los Mayas, y el esfuerzo español por evangelizarlos, quizá explica la proliferación de templos católicos en la ciudad. Conté hasta 13 iglesias, todas con sus parques, en menos de un kilómetro a la redonda; una casi en cada cuadra, como la Iglesia de la Tercera Orden, la Iglesia de Santa Lucía y la Catedral de San Ildefonso, tres bellos templos que son en verdad unas reliquias históricas.

Quizá por eso también existe un tour denominado "La ruta de los conventos", un recorrido de 100 kilómetros al sur de Mérida, que te lleva a siete templos, iniciando en Acancéh -el pueblo de la pirámide en plena plaza central- y terminando en Maní, en el convento en donde Fray Diego de Landa quemó en 1562 ídolos, altares y códices mayas.

Luego de ubicar estos monumentos históricos caminé hacia el norte por la calle 60, la que corre por el costado oriente del Palacio de Gobierno, y llegué a mi destino. El teatro Carrillo Puerto estaba a solo dos cuadras de distancia, frente al Teatro José Peón Contreras, un edificio espectacular de principios del siglo XX, que albergaría en el mes de noviembre diversos espectáculos de música y danza.

Días después pude constatar que de jueves a domingo, por la noche, dos o tres cuadras de la calle 60 se cierran al tráfico y se convierten en  bulliciosas zonas peatonales, con grupos de música en vivo y turistas de todo el mundo que se sientan en sillas y mesas al aire libre a degustar los sabores yucatecos. "En el corazón de Mérida", le llaman a esta fiesta llena de algarabía, romanticismo y sabor.

El Peón Contreras es un clásico teatro francés de principios del siglo XX, con cinco niveles de palcos y un lunetario con capacidad para 800 personas. Es uno de los teatros de ópera más importantes de México y es el escenario teatral más antiguo de Mérida.

Museo de Arte Conteporáneo de Mérida.

Ha sido sede de numerosas funciones de ópera, zarzuela, teatro, ballet, representaciones artísticas de la más variada índole y hasta de actos políticos, incluyendo cenas de gala en las magníficas galerías que ven hacia la calle 60, que es la principal arteria de esta ciudad.

En febrero de 1999, por ejemplo, en este teatro se realizó la reunión bilateral México-Estados Unidos, que encabezaron los presidentes Ernesto Zedillo y William Clinton, con sus respectivas esposas y secretarios de Estado. Y en el año 2000 fue sede, junto con otros espacios públicos, de los eventos realizados en la Ciudad de Mérida cuando fue designada Capital Americana de la Cultura.

Una noche, desde uno de sus palcos, me sentí como de la "alta sociedad" mientras veía la coreografía de Sansón y Dalila, interpretada por dos elementos del Ballet Clásico de Yucatán.

Una vez localizado el teatro Felipe Carrillo Puerto, retorné a la plaza central para hacer tiempo mientras iniciaban las conferencias.

Comenzaba a atardecer y ya empezaban a llegar al centro histórico los triciclos de vendedores de elotes, frituras  y "marquesitas" - una especie de crepas, rellenas de queso y mermelada de fresa o cajeta-, dejando en el ambiente un cálido aroma a panecillos horneados y miel.

Al mismo tiempo y como todos los días, según me percaté durante mi estancia en la ciudad, continuaban llegando alrededor de la plaza o frente a la catedral, los llamativos autobuses llenos de turistas -europeos, canadienses y norteamericanos- para iniciar, sorprendidos, un pequeño tour por las calles empedradas del centro histórico de la ciudad.

A dos meses de que concluyera el 13 Baktún, pensé, Mérida está en calma, ocupada en realizar algunas de sus "actividades cotidianas", como puede ser la organización de una puesta teatral, la presentación de una obra musical, la difusión de una muestra pictórica o simplemente la presentación de un baile dominical.

Noviembre no fue la excepción y en la ciudad se estimaba que para la tercera semana de diciembre se convertiría en otra Torre de Babel, lo que en realidad sí ocurrió, solo que a medias.

***

El ambiente en Mérida comenzó a cambiar una semana antes del 21 de diciembre, con el inicio de actividades del Festival de la Cultura Maya, que emprendió el gobierno del estado a partir del 14 de diciembre, y que terminaría una semana después.

Su programa, lleno de conferencias, presentaciones de libros, mesas redondas y decenas de actividades artísticas y culturales en relación a la cultura Maya, además de otros eventos que congregaron en esta ciudad a importantes grupos de líderes espirituales de todo el mundo, le dieron a Mérida el tono preciso del fin de los tiempos.

Sin embargo, para el jueves 20 de diciembre, a veinticuatro horas de la fecha esperada, Mérida mostraba pocos signos de actividad turística. 

Casa museo en el Paseo Montejo.

Así lo apunté en mi cuaderno de notas:

"A las 12 del mediodía salgo a la calle y camino por el Paseo de Montejo y el panorama que me encuentro me sorprende. El Paseo de Montejo está casi solo, como si fuera un día normal. Veo gente que va a hacer sus compras, a los bancos, a caminar... El cielo se ve despejado y el sol cae a plomo sobre la ciudad.

 A las 3:30 de la tarde camino hacia el centro de Mérida, a la Catedral, a la Plaza Central, al Palacio de Gobierno, y ahora lo que veo es mucho movimiento militar. ¡Insólito¡ Lo nunca antes visto por mí en Mérida en los últimos dos meses. Tanta presencia militar tensa el ambiente. Pero se entiende. Mañana, 21 de diciembre, el presidente Peña Nieto estará en la ciudad para realizar algunas actividades.

Un convoy del ejército llega a las 3:00 de la tarde y se estaciona frente a la Catedral. Estará lo que resta del día, y toda la noche, y quizá todo el día 21 de diciembre de 2012, porque Peña Nieto y comitiva regresará a la Ciudad de México poco después de inaugurar el Gran Museo del Mundo Maya, un evento programado para las 6:00 de la tarde.

A las 8:30 de la noche salgo de nuevo a las calles para observar la actitud de los meridenses y sus visitantes, a unas cuantas horas de que termine el 13 Baktún. El cielo se nubla y amenaza con lluvia. Minutos después solo unas cuantas gotas caen en el centro de la ciudad.

A las 9:00 de la noche entro a algunos restaurantes que suelen visitar los turistas nacionales y extranjeros y según lo que observo parece una noche normal como cualquier otra.

A las 10:45, en uno de los restaurantes que normalmente está lleno de turistas, comienzan a entonar rítmicamente una canción: "Yo no sé mañana, yo no sé mañana, si se acaba el mundo, si estaremos juntos…"

Hay entre 30 y 40 personas en cada uno de los restaurantes Vip's, Holiday Inn y Sanborn´s;  y  entre diez y quince personas en el Café Starbucks; todos ellos ubicados por Paseo de Montejo.

A las 10:40 de la noche llego al centro de la ciudad para ver cuál es el panorama en los restaurantes de la calle 60 y también veo que parece una noche normal, excepto por un detalle que me llama poderosamente la atención:

A las 10:45, en uno de los restaurantes que normalmente está lleno de turistas, comienzan a entonar rítmicamente una canción: "Yo no sé mañana, yo no sé mañana, si se acaba el mundo, si estaremos juntos…" En esta ocasión, el restaurante en cuestión no tenía más 40 de personas.

Solo un restaurante de esta área parece tener alrededor de 100 comensales y éste es un restaurante que no está precisamente en la calle 60, sino frente a ella, pero que también forma parte de los sitios gastronómicos que ambientan, de jueves a domingos, las noches del centro de Mérida.

Prácticamente este lugar está lleno de turistas extranjeros, degustando, a juzgar por lo que vi, exquisitos platillos a base de camarones, ensaladas, sándwiches o jugosos cortes de carne asada. De seguro más de uno llegó a pensar que la de esa noche quizá sería su "última cena…"

A las 11:50 comienza a llover fuerte en la ciudad, aunque no de manera torrencial, pero afortunadamente ya estoy en mi habitación, preparándome para salir, en una horas más, con rumbo a Chichén Itzá".

***

El viernes, 21 de diciembre, salí a las seis de la mañana hacia la estación de autobuses para ir a la zona arqueológica donde se ubica el famoso Castillo de Kukulkán. Decidí irme caminando, pues la estación de autobuses distaba solo unas ocho o diez cuadras desde el lugar de mi hospedaje. No había lluvia ni llovizna pero el cielo estaba tapizado de nubes negras que presagiaban tormenta.

A las 6:15 de la mañana llegué a la plaza central, bajando por la calle 60, y antes de cruzar la plaza un soldado me cerró el paso y me dijo que ya no podía cruzar. Había pocos transeúntes a esa hora. 

Tuve que devolverme, tomar la calle 59, atrás del Palacio de Gobierno, para luego subir por la calle 62. Afortunadamente aún no bloqueaban el paso. Sin embargo, no bien crucé la calle 63, al extremo sur de la plaza central, cuando los soldados comenzaron a cerrar la arteria.

Sin más incidentes continué mi camino y llegué a la estación de autobuses a las 6:30 de la mañana. El autobús saldría media hora más tarde. Contrario a lo que esperaba, estaba todo tranquilo; no había largas filas ni nada por el estilo. Mi pasaje de ida y vuelta lo había adquirido doce horas antes en previsión de aglomeraciones.

Tal y como estaba programado, salí a las 7:00 en punto de la terminal y llegué a Chichén Itzá a las 9:45 de la mañana. En el trayecto se alternaban los periodos nublados y de sol, pero al llegar a mi destino el cielo seguía nublado. El clima se sentía fresco y agradable.

Entrar a Chichén Itzá fue sencillo. Había una fila de entre 12 y 15 personas, algo más o menos similar a otras visitas que realicé a este lugar en los últimos dos meses. Me acredité como periodista y me dieron acceso al área.

A las 10 de la mañana la Pirámide de Chichén Itzá ya estaba muy concurrida. Había entre tres y cuatro mil personas distribuidas en su parte norte y oeste, que es donde se concentran los visitantes.

La parte norte, que es donde están las cabezas de serpiente que dan lugar al fenómeno de luz y sombra durante los equinoccios de primavera y otoño, tiene un espacio disponible de 500 metros de frente por 200 metros de fondo, aproximadamente; en tanto que la parte oeste tiene un patio, también aproximado, de 300 metros de frente por 200 metros de fondo. La parte sur y este son las que menos espacio tienen para las aglomeraciones. Cada una cuentan con alrededor de 200 metros de frente por 100 metros de fondo, y son los lugares menos concurridos.

A las 12 del mediodía vi que había entre seis y ocho mil personas, la mayoría extranjeros, y el cielo sigue nublado y con posibilidad de llovizna. A las 12:30 me acerqué a la puerta de entrada y observé que el acceso está completamente lleno, sin lugar apenas para dar un paso.

Volví a hacer un estimado de turistas y ví que frente a la Pirámide de Kukulkán  había unas ocho mil personas, pero otras tres o cuatro mil recorrían el Observatorio (también llamado "El Caracol"), el Cenote Sagrado y el Juego de Pelota, los lugares más visitados de Chichén Itzá.

Así, para la 1:30 de la tarde consideré que había entre 10 y 12 mil personas. Había grupos de hombres y mujeres frente a los sectores norte y este que realizaban ceremonias pacíficas, algunos estaban sentados, otros de pie y casi todos vestidos de blanco. Hacían círculos, meditación,  encienden copal, o simplemente aplaudían frente a la Pirámide.

Se veían parejas con niños, grupos de jóvenes, parejas solas sentadas sobre lienzos de tela tendidos en el césped, o grupitos de gente recostados en actitud de oración o recibiendo energía de un sol que hasta ahora se había negado a aparecer.

A pocos metros de donde me encontraba, una vigilante del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) prohíbe a un turista poblano, vestido a la usanza indígena, tocar el caracol o realizar cualquier tipo de ceremonia indígena.

"No sé por qué nos prohíben en este lugar realizar ceremonias", me dijo luego de que le preguntara la razón de que le llamaran la atención. "En los templos aztecas -en el DF- nosotros sí hacemos nuestros rituales, aunque nos digan que no se puede".

Una pareja de sudamericanos, que presencia también el incidente, mostró su extrañeza por dicha acción.

"Qué extraño que no los dejen hacer sus rituales", dijo la mujer, acercándose, "si son templos Mayas, y ustedes harían rituales mayas. Realmente no comprendemos".

Eran las 2:00 de la tarde y seguía nublado y sin llover. Hasta ese momento, no había visto nada extraordinario en este día tan especial, lo único, si acaso, es que la gran mayoría de los visitantes a Chichén Itzá eran extranjeros.

Había visto ingleses, italianos, franceses, alemanes, norteamericanos, sudamericanos y asiáticos, muchos asiáticos, algunos de ellos procedentes de Estados Unidos, según lo comprobé al preguntarles al azar por su país de origen.

Los estimados de visitantes para este día eran del orden de las 20 mil personas, pero hasta ese momento, si acaso, el número de turistas rondaría los 12 mil visitantes.

"No está muy lleno", me dijo un vigilante del área, "hemos tenido más gente, entre 14 y 15 mil visitantes en los equinoccios de primavera, pero en este momento está tranquilo, no nos sentimos rebasados", me comentó.

La verdad, a pesar de tanta gente, a esa hora se podía caminar tranquilamente y con buen espacio, alrededor de la Pirámide de Kukulkán.

A las 2:38 de la tarde, el sol iluminó tímidamente el Templo de los Guerreros, situado en el extremo este del Castillo, y todos nos quedamos viendo, arrobados, el débil intento de esta poderosa luminaria por hacer acto de presencia.

Pero a las 2:40, su fuerte resplandor nos sorprendió. Con poderosa fuerza, la luminosidad de sus rayos inclinados se estampó de lleno en la Pirámide a tal grado que las personas se dejaron venir desde los lugares cercanos y se acercaron al templo desatando aplausos generales.

Fue una visión espectacular. El cielo estaba lleno de nubes negras en los lados noreste, noroeste y suroeste. Sólo había un claro en el oeste y por allí el sol estuvo iluminando la Pirámide de Chichén Itzá durante ocho minutos.

Fue tal la intensidad de esta visión que me hizo recordar una leyenda que leí desde hace tiempo y que decía que en el antiguo Egipto, cuando los rayos oblicuos del sol llegaban a la Tierra a través de un claro entre las nubes, se creía que eso simbolizaba el descenso de una escalinata celestial para que ascendieran por ella el rey y otras almas justas.

Fue un fenómeno realmente extraño, y simbólico, para este 21 de diciembre de 2012 en Chichén Itzá. Los miles de visitantes que estuvieron en esa fecha, en este lugar, ya tienen una posible explicación a lo que ocurrió.

A las 2:48 de la tarde el sol fue cubierto de nuevo por las nubes y, curiosamente, muchos de los visitantes comenzaron a retirarse del lugar para ir a otros recorridos.

El ambiente en Chichén Itzá era festivo. Si pudiéramos ofrecer una postal de lo que aconteció en este recinto sagrado Maya diríamos que en primer lugar se observaba una multitud, multiétnica y multilingüe, girando a paso lento en torno a la Pirámide, bajo una mezcla de aromáticos olores a bosque, aire puro y copal.

Miles de personas se dieron cita en este lugar. Predominaban los jóvenes y los adultos, aunque también había gente de la tercera edad. Los había rubios, morenos, altos, bajos, negros (pocos, la verdad) y asiáticos; la mayoría vestidos con ropa blanca o colorida, pero cómoda y veraneada.

Si hubiésemos cerrado los ojos habríamos escuchado aplausos, murmullos, risas, de vez en cuando "el rugido del jaguar" modulado por los vendedores de artesanías a través de una especie de silbato que ponen a la venta, y diálogos bajitos en diferentes idiomas. Desde el Juego de Pelota, que estaba en un área adyacente al Castillo de Kukulkán, se escuchaban los gritos de los guías de turistas y llantos de niños.

En algunos momentos, bajo los árboles, frente a la Pirámide, en el césped del Juego de Pelota o frente al Observatorio, la gente se sentaba a descansar, a beber líquidos o comer frituras.

Nadie parecía recordar, según se veía, la profecía Maya del 21 de diciembre de 2012. Se veían todos tranquilos, sonrientes, pacíficos; como si se sintieran protegidos.

El sol salió en otras dos ocasiones más: a las 3:04 de la tarde y a las  3:25. En la primera ocasión su resplandor duró seis minutos y en el segundo 12.  Es decir, a las 3:40 de la tarde el cielo volvió a nublarse.

Veinte minutos después los visitantes comenzaron a desalojar el área porque a las 5:00 de la tarde Chichén Itzá cerraba sus puertas.  

Horas más tarde el INAH informó que de acuerdo al corte realizado a las  14:00 horas, la zona arqueológica de Chichén Itzá había contabilizado 10 mil visitantes. El día terminó, afortunadamente, sin lluvias, y sin ningún tipo de destrucción. El fin del mundo no aconteció. 

Epílogo

En la actualidad, Mérida tiene un ritmo en cuanto a su afluencia turística y año con año se cumple, como si fuera un reloj de precisión. En los últimos seis años, su número de visitantes no ha pasado de los tres mil turistas diarios en promedio, y este 21 de diciembre de 2012, no sería la excepción.

Cifras de Datatur confirmaron que, al cierre de diciembre de 2012, Mérida registró un 57.7% de ocupación hotelera, registrando tan sólo un crecimiento de 1.6%, con respecto al 2011. Nada de cifras espectaculares. Ni siquiera se llegó al 66.3% de ocupación hotelera que se registró seis años atrás.

El día en que cerró su ciclo el 13 Baktún, un guía espiritual presente en Chichén Itzá dijo frente a la Pirámide de Kukulkán que el Supremo Creador del Universo debería recibir nuestras gracias por habernos permitido estar en este lugar sagrado en este día tan especial. "Solo están aquí los que deben estar", dijo.

A pesar de todos los pronósticos, Mérida vivió de una manera tranquila y pacífica, sin tantas aglomeraciones, miedos y tensiones, el fin de la cuenta larga de los Mayas que tantos temores despertó a nivel mundial.

Quizá esta tierra misteriosa reivindicó para sí el nombre que la sustenta: Mayab (ma, no; yaab, mucho), que en lengua Maya quiere decir "La tierra de los pocos"… "La tierra de los elegidos…"

 

Esta historia es una versión resumida del texto original escrito por el autor; la versión completa se podrá leer en un libro que se publicará en los próximos meses.