Los viajes, como este, se inician en la imaginación. El mundo peruano soñado tomó forma al paso de tantos paisajes, de montañas agrestes, desiertos extensos, ruinas arqueológicas, arquitecturas, olores, música y palabras incomprensibles en los murmullos de las personas del común.

Texto y fotos Dairo Correa

Una sensación permanente de frío. La noche se hizo larga, extraña. Estaba finalmente en Cusco, un punto que conocía solo por la geografía y las leyendas de viejas crónicas de la conquista española. Un viaje por los Andes, desde la costa seca peruana, pasando por Ayacucho y Andahuaylas, llevó días hasta encontrar calles bien trazadas de la ciudad antigua en su centro que se deforman en pequeños caminos por la ladera. Increíble el paso de los siglos en un espacio habitado por sociedades tan dispares, la indígena y la occidental española. La piedra colorida, perfectamente pulida en muchos casos, y la tierra pisada que le dan forma a construcciones humildes o palacios eclesiásticos, se ven una y otra vez.

Los viajes, como este, se inician en la imaginación. El mundo peruano soñado tomó contexto al paso de tantos paisajes, de montañas agrestes, desiertos extensos, ruinas arqueológicas, arquitecturas, olores, música y palabras incomprensibles en los murmullos de las personas del común. A Cusco, la recorrí siempre de prisa, ansioso buscando imágenes. Intenté hacer un mapa de recuerdos, de esquinas, portones, plazas y objetos. El mercado principal, el cementerio patrimonial, las iglesias centenarias y monumentos dispersos, incluso los nombres de calles, no lograron agotarse.

Cusco marcó la mitad del recorrido. Un primer vistazo a Lima en una asfixiante tarde, siguió de una noche viajando a Ayacucho, famosa en el ideario independentista de Suramérica. Sigue siendo aún extraño ver tierras áridas con grandes urbes como Ayacucho, antigua y moderna, entre indígena y moderna. Aún extraño es transitar del calor costero al frío de los lagos andinos, como Pacucha donde la ruralidad peruana es cotidiana, y la belleza de los habitantes se combina con los cultivos, las viviendas rústicas, el polvo de los caminos.

En los mapas, las distancias se observan pequeñas, pero la escala de lo real demuestra lo mucho que falta por conocer. De Cusco a Machu Picchu, el croquis mostraba unos centros poblados, y de todos, al menos pude ver y caminar a prisa Ollantaytambo. Estaba inmerso en el recorrido del turista, con mercados artesanales y comodidades. Tomar el tren a Aguas Calientes, lleva consigo la nostalgia de un pasado. Y claro, sin palabras caminar la montaña domesticada por los Incas que fue Machu Picchu. Ese, es todo un capítulo aparte, especialmente por un paisaje abrumador.

De todos los lugares caminados, Amantaní y Taquile, islas en el Lago Titicaca, marcan el contacto con la ruralidad y el aislamiento del campesino peruano. Estar ahí, mirar un cielo azul y esperar el atardecer, atrapa la imaginación. Perú demuestra una especie de “Darwinismo” social, donde señores encomenderos trasladaron indígenas y los introdujeron a su manera en la hispanidad, y todavía se les ve usos y costumbres españolas cinco siglos después de sometidos. El campo, contrasta fuertemente con las ciudades de Arequipa y Lima, tan señoriales, bien trazadas, monumentales y llenas de historias. Monasterios, tumbas de personajes de elites en abandono, colores de fachadas calmando el trasegar de los años y una evidente desigualdad social, se notan de inmediato. Admirable cómo los pobladores hacen crecer árboles y flores en el desierto que Lima colonizó, asfaltó y transformó en una vibrante urbe de millones de personas. Tan admirable, como remontar las arenas de Ica, al lado de viñedos y cercana a las playas de Paracas, colmadas de aves. De conjunto, un mundo de contrastes, al menos en la parte sur y centro del país, porque su norte es un futuro destino, caluroso en el mar y verde oscuro en las selvas que descienden a la cuenca de la Amazonía. Un bonito fin de año e inicio de 2017, realmente.

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