Un campesino que logró huir de la muerte cuenta cómo sobrevivió a una masacre cometida por los paramilitares colombianos en agosto de 1983. El maestro Juan José Hoyos revivió esa historia en una crónica que, con el tiempo, se convirtió en un texto de culto para una nueva generación de periodistas. ¿Qué tanto ha cambiado el país desde entonces? Aún nos preguntamos.

Por Juan José Hoyos

Cuando habla del asunto, como si fuera un muerto que pudiera hablar, Esmar Agudelo dice que a él también lo mataron.

Todavía no ha podido entender por qué está vivo. Él tenía la cabeza envuelta en una camiseta blanca de algodón, ya muy usada, que ellos le pusieron para que no viera quién lo mataba. Pero él podía ver.

Y vio cómo le cortaban la cabeza de un tajo a su compañero Efraín Higuita, que había venido con él desde Puerto Berrío. Después oyó cómo mataban a machetazos a Emilio Zea y a Julio Vélez. Cuando ya estaba oscuro oyó un disparo y unos gritos y supo que habían matado a Jesús Restrepo, que volvía de cazar una guagua.

Él vio todo, tirado en el suelo y desangrándose, ese jueves 4 de agosto, a las seis de la tarde.
Y vio también a los hombres, después de la matanza, abriendo con picos y con palas el hueco donde los iban a enterrar…

En ese momento, él cayó en la cuenta de que todavía estaba vivo.

Entonces, alzó la cabeza, esperó a que los tipos le dieran la espalda, y empezó a correr.

La cabeza se le caía para atrás, para adelante, para los lados, como si se la hubieran cortado, y no podía sostenerse mucho rato en pie porque se iba de bruces. Pero alcanzó a meterse en la montaña.

"Los muertos fuimos cinco" dice, sin el menor asombro.

Esmar Agudelo es un campesino de Balboa (Risaralda). Es moreno, fornido, pero bajito. Tiene 26 años y fue elegido concejal liberal en su pueblo. Después de las elecciones, decidió no aceptar el cargo y se fue a trabajar como cualquier campesino en busca de fortuna, en las haciendas ganaderas del Magdalena Medio.

Allí se hizo jornalero y se unió a las Ligas Campesinas. Las ligas no apoyaban a las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia –Farc–, pero tampoco eran bien vistas por buena parte de los hacendados de Puerto Berrío, porque luchaban por mejores salarios y mejores condiciones de vida para los campesinos jornaleros.

Cuando empezaron las matanzas en Puerto Berrío y sus alrededores, hace más de un año, las Ligas Campesinas quedaron atrapadas entre dos fuegos. Las guerrillas de las Farc tenían por enemigos a sus integrantes. El Ejército, que combatía a los guerrilleros, miraba con recelo a los campesinos que tomaban parte en sus reuniones. Y las bandas de delincuentes comunes y los bandoleros sueltos que empezaron a regarse corno una plaga por toda la región, comenzaron a matar a sus dirigentes.

Hace veinte días, Esmar Agudelo se hartó de ver matar a tanta gente. Por eso decidió abandonar esa zona de miedo. Y, como tantos otros centenares de campesinos que se están yendo de Puerto Berrío, empacó la ropa y se fue a buscar oro y paz en las selvas de Segovia. Efraín Higuita, otro miembro de las Ligas Campesinas, se fue con él.

Así los mataron

El jueves 4 de agosto, por la mañana, Esmar Agudelo madrugó a asear el motor de 16 caballos con el que bombeaban agua, todos los días, para la mina. Por la tarde, fue a reparar el motor de unos vecinos, que estaba fallando.

A las seis de la tarde, cuando volvía, vio salir de la montaña a unos tipos que nadie conocía.
"Cayeron graneados. Iban con ponchos y sombreros blancos. Solamente uno iba de vestido azul", dice. Unos minutos más tarde, los tipos llegaron al rancho de Alveiro Franco. Allí vivía Agudelo con sus amigos. Era una edificación de madera y paja que les servía para no mojarse, para hacer la comida y para dormir.

"Traían machetes nuevos, fusiles y granadas", dice Esmar Agudelo. "El de azul –un tipo indio, de bozo, de unos 35 años– llevaba una pistola y una puñaleta muy grandes... Ese fue el verdugo..." Uno de ellos entró al rancho y cogió dos escopetas que Agudelo y sus amigos usaban para cazar animales. Una era de fisto y la otra una número 20.

Agudelo dice que los diez hombres se mostraron muy formales, los saludaron y les preguntaron por el trabajo. Esa semana, la gente de la mina había logrado sacar solamente tres castellanos de oro. Habían alcanzado para comprar las provisiones.

La cosa empezó a cambiar cuando uno de ellos los encañonó y los obligó a todos a entrar al rancho. Les pidieron los papeles de identificación. Les preguntaron si eran solteros o casados. Les preguntaron de dónde venían, cada cuánto salían a Segovia... Afuera, se quedaron seis hombres vigilando. De pronto, Efraín Higuita les pidió permiso para salir a prender el fogón porque ya era hora de hacer la comida.

Ellos dijeron que no y aseguraron que, en cosa de minutos, iban a dejarlos libres...

"Nos sacaron encañonados a todos", cuenta Esmar Agudelo. "Eran dos tipos para cada uno de nosotros. Nos hicieron parar a diez y quince metros de distancia el uno del otro. Nos dijeron que íbamos a conversar. Pero, de un momento a otro, uno de los que me llevaba a mí me hizo tirar al suelo y le pidió un lazo al compañero para amarrarme."

"Yo me di cuenta que me iban a matar", agrega. "Y le dije: por qué me van a matar, hombre. Ellos no contestaron nada. Entonces yo les dije: si me van a matar, no me amarren. Péguenme mejor un tiro. A los hombres no se los mata amarados."

En ese instante, Efraín Higuita gritó que a él ya lo habían amarrado.

Efraín era un hombre de cuarenta años. Tenía tres hijos muy pequeños y su esposa estaba enferma. La única esperanza de los niños era él. Todo eso se los dijo a los tipos, suplicando que no lo fueran a matar, mientras ellos acababan de amarrarlo.

"A mí me amarraron de una estaca que no me subía al hombro", dice Agudelo. "Me taparon la cara con una camiseta de algodón, que me había regalado un minero que se había ido. La camiseta ya estaba muy usada y yo podía ver a través de ella casi todo lo que estaba pasando. Uno de los tipos dijo: Comandante, ya está listo. Y entonces el hombre de bozo, vestido de azul se vino. Yo ya había oído cuando le pegaron los machetazos a Efraín. No le dieron tiempo de gritar más. Le mocharon la cabeza."

Casi sin respirar, tirado en una cama, Esmar Agudelo habla otra vez: "El tipo se vino derecho para donde mí y me pegó un peinillazo en la nuca. Después me pegó otros dos, uno en cada hombro. Yo alcancé a ver por la camiseta cuando se agachó para sacar la puñaleta. Me metió tres puñaladas en el pecho... Después, yo oí que ellos se rieron cuando él dijo: voy a dañarle la jeta a este hijueputa. Sentí el peinillazo en la boca y me desmayé".

"Después, me sentí desmadejado y vi que los dos tipos empezaban a soltarme. Uno se quedó encañonándome, ahí. Yo ni siquiera respiraba. Me agarró a patadas. Otro me esculcó los bolsillos. Pero no me destaparon la cara. Cuando se alejaron por ahí a unos diez metros, yo respiré. No sé si me moví o qué, porque uno de ellos dijo: ese hijo de perra todavía se mueve. El tipo de bozo dijo: dénle más puñaladas a ese H.P."

"Sentí que alguien se vino y me tocó y oí cuando dijo: no, no hay necesidad, ya se murió. Después se entraron para el rancho y sacaron las palas y los picos. Se pusieron a hacer un hueco en la tierra, cerquita al rancho. Al rato oí cuando dijeron: traigan al primero..."

"Entonces caí en la cuenta de que todavía estaba vivo. Alcé como pude la cabeza y vi que ya nadie me estaba mirando. No sé cómo me paré y arranqué a correr. Pero no era capaz de guardar el equilibrio. La cabeza me podía. Se me iba para los lados. Me caí tres veces. Hasta que cogí un poquito de equilibrio y logré meterme a la montaña."

Una noche en la selva

En la montaña, Esmar Agudelo logró seguir caminando, apoyándose en los árboles. Ya estaba oscureciendo. Y, aunque el aire le faltaba a cada trecho, teniéndose de los árboles logró subir una pequeña cordillera. Después, bajó a una quebrada.

"Tenía demasiada sed" dice Agudelo. "A mí me habían dicho que a los muertos les daba mucha sed antes de morirse. Yo pensé que me iba a morir. Tomé agua, pero me hizo muy mal efecto. Me dio mucho vómito."

Como cada vez la noche se ponía más oscura, el hombre decidió seguir a tientas por la montaña. Caminó tres cuadras, sentándose cada diez metros. Finalmente, se desmayó. Pero no perdió el conocimiento.

A las siete de la noche oyó un tiro de escopeta. Entonces pensó que Chucho había matado la guagua que andaba persiguiendo desde las cinco de la tarde. El tiro sonó cerca, pero él no era capaz de pararse. En ese momento, anheló poder llegar hasta el sitio donde su amigo recogía la guagua, para avisarle del peligro que corría.

Veinte minutos después, oyó otro disparo, esta vez de pistola, y un grito. Entonces supo que los hombres habían matado también a Chucho.

Las ganas de seguir estando vivo le dieron fuerzas para volver a caminar. Mientras andaba, sin embargo, se golpeaba contra los árboles y las heridas le dolían tanto que sentía deseos de gritar. Se tocaba la espalda con las manos y sentía los huesos. Dejaba charcos de sangre donde se tendía a descansar.

Cuando las fuerzas nuevamente lo abandonaron, decidió echarse sobre un rastrojo. A las cinco de la mañana tenía menos fuerzas. Sin embargo, se paró como pudo y caminó una vez más.

El camino

A las ocho de la mañana, todavía sangrando y arrastrándose, Esmar Agudelo encontró un camino. Como ya había sol, se dio cuenta que era el mismo camino de Barbascalito, donde ese día él y sus amigos habían quedado de encontrarse con un arriero para ir a mercar.

Después de dar unos pasos, vio unas huellas de botas "La Macha", sobre la tierra. Eran huellas de por lo menos veinte hombres y tenían la marca de las mismas botas que usaban los desconocidos que catorce horas antes lo habían "matado" a él. Iban hacia donde él iba.

"Vi que era bobada tratar de seguir caminando" dice. "Me tiré a un lado del camino y me acosté entre una bamba, una especie de cuevita que había entre las raíces de un árbol. A los diez o quince minutos pasó el arriero. Yo lo llamé, porque sentía que era él. Se asustó mucho cuando me vio tan ensangrentado y hasta se puso a regañarme por haberme tirado ahí."

Cuando supo lo de las pisadas, el arriero desenjalmó las bestias y ayudó a Esmar Agudelo a meterse otra vez a la montaña. Caminó con él toda la mañana. Cuando veía que no podía andar, se adelantaba y con un machete abría trocha. Luego se devolvía a ayudarle.

Después del mediodía, oyeron por el camino la voz de un arriero. Creyeron que era Alveiro Franco, el dueño de la choza y el motor. Pero no era. El que gritaba era un hombre que arriaba una recua de mulas cargadas de comida. El arriero prometió llevar unas provisiones a una mina cercana y volver.

"Cuando volvió, me limpió las heridas, que estaban llenas de hojas y palos, y me amarró un pañuelo en el cuello. Lo del pañuelo era para espantar las moscas", cuenta Agudelo. Llegaron a una casa a las siete de la noche. Allí, le quitaron la camisa y le lavaron la sangre. En la casa, Esmar Agudelo tomó aguadepanela y sustancia de pollo. Con dos cucharadas de sustancia, sintió que su estómago ya no aguantaba más comida. Pudo dormir un rato, sólo al amanecer.

Por la mañana, lograron montarlo en una bestia ensillada. Por el camino, encontraron muchos mineros que volvían de Segovia. Cuando escuchaban el relato de los arrieros, los mineros optaban todos por devolverse. De este modo, se armó una procesión que llegó a la carretera a la una de la tarde.

A las tres, en el hospital de Segovia, un médico empezó a coser las heridas que casi le habían arrancado la cabeza a Esmar Agudelo, sin entender por qué el muchacho de 26 años estaba vivo todavía.

El domingo, muchos mineros llegaron al hospital preguntando por los muertos. También llegó la policía de Segovia.

El lunes, a las 6:30 de la mañana, un helicóptero aterrizó en las afueras del hospital. Una hora después Esmar Agudelo era bajado del aparato, todavía vivo, en el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín.

 

Este texto hace parte del libro “Sentir que es un soplo la vida”, publicado en 1994 por la Editorial Universidad de Antioquia. 

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