La violación es un arma de guerra más en el conflicto que sacude a las provincias congoleñas de Kivu Norte y Kivu Sur desde hace más de una década. La ong Human Rights Watch (HRW) califica a este país africano como el peor lugar en el mundo para vivir si se es mujer o niño.

A Furaha Kahunde se le humedecen los ojos y le tiembla la voz cuando lo recuerda. Toquetea y ajusta repetidamente el pañuelo verde esmeralda de su cabeza y mira nerviosa alrededor de la pequeña estancia, a las paredes de tablones oscuros maltrechos por el tiempo y la humedad. A pesar de ello, explica sin detenerse cómo sucedió todo. “Estaba trabajando el campo con mi esposo y unos vecinos, otro matrimonio. Entonces, llegaron doce hombres del FDLR (Frente Democrático de Liberación de Ruanda) y cogieron a nuestros maridos. Al mío le cortaron la cabeza allí delante, al otro lo dejaron ir con vida. Luego, uno de ellos se fue hacia mi casa y regresó con mis hijas. Las violaron. Las violaron uno detrás del otro y luego hicieron lo mismo con nosotras”.

Sucedió en la aldea de Kalehe, al este de la República Democrática del Congo. La hija mayor de Furaha tenía diez años; la menor, ocho. La violación es un arma de guerra más en el conflicto que sacude a las provincias congoleñas de Kivu Norte y Kivu Sur desde hace más de una década. Una guerra librada por el FDLR y las Fuerzas Armadas Democráticas del Congo (FARDC) con el apoyo logístico y militar de la misión más longeva y numerosa de Naciones Unidas, la MONUSCO. Una contienda en la que más allá de las disputas éticas que enarbolan comandantes tanto de uno como de otro lado están en juego los yacimientos de coltán, casiterita y oro que trufan el este del país africano.

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Médicos Sin Fronteras (MSF) sostiene que el 90% de las agresiones de las que esta organización tiene noticia las cometen hombres uniformados. Si bien éstos pertenecen a los dos bandos, “son los milicianos de las FARDC los responsables de la mayoría de ellas”, asegura el director de Oxfam en Congo, Marcel Stoessel. Meses después de que las Naciones Unidas iniciara en 2009 su apoyo militar al corrupto y esperpéntico ejército congoleño -una amalgama de beodos soldados, grupos tribales y los antiguos milicianos del CNDP (Congreso Nacional de Defensa del Pueblo) que comandaba el general Laurent Nkunda, 7.000 mujeres y niñas fueron violadas. El conflicto congoleño ha cobrado desde 1998 la vida de 5,4 millones de personas y aún hoy 1,7 millones de congoleños continúan desplazados y fuera de su hogar, según cifras de Oxfam.  “La situación de los civiles no ha mejorado, los casos de violencia sexual han aumentado y las necesidades humanitarias en general también”, señala Stoessel. “Por ello, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas debería condicionar su apoyo a las FARDC a que éstas respeten los Derechos Humanos”, añade.  Esas mismas cifras indican que por cada militante del FDLR desmovilizado, un civil muere, 7 mujeres son violadas y 900 personas desplazadas.

Las secuelas del horror

Las fístulas vaginales y el desprendimiento de la matriz y su expulsión a través de la vagina son dos de las consecuencias más frecuentes de la violencia sexual en Congo. “En muchas ocasiones se trata de violaciones en grupo, todo un batallón agrediendo a una mujer. A menudo, menores de edad. Hace algún tiempo incluso debimos hacer frente al caso de una violación de una niña de tres años”, señala Javier Pérez, quien durante la elaboración de este reportaje permanecía como jefe de Operaciones de la misión de MSF en Bukavu, la capital de Kivu sur.

El interminable contexto bélico de Congo, la impunidad insultante en la que se mueven los agresores, un gobierno corrupto y unas fuerzas de seguridad tan indisciplinadas como sobornables explican, aunque sólo a medias, el alto número de agresiones sexuales a mujeres por parte de los actores armados. “Pero la violación no es únicamente un arma de guerra, aquí la violación de la mujer, ignorar sus derechos, es desgraciadamente cotidiano”, dice desde el Programa Contra la Violencia Basada en el Género del International Rescue Committee (IRC), Sandra Sotelo, mientras vuelve su cabeza hacia la parte trasera del vehículo todoterreno al ritmo de los socavones de la carretera sin asfaltar que lleva al área de Kalehe (Bukavu).

“Las violaciones son un fenómeno multicausal. Se viola porque es un arma de guerra, sí. Un modo de desmoralizar al enemigo. Pero también por ignorancia, por impunidad, por lo poco valorada que está la mujer en esta sociedad, porque aquí se ha hecho siempre. Hasta hace muy poco el marido tenía el derecho a acostarse con la hermana de su esposa porque ésta solía vivir con la pareja, y la gente lo veía bien, porque ese era el precio a pagar por estar allí viviendo, comiendo y durmiendo. Se viola porque aún hay quien cree que hacerlo con una virgen cura y previene el sida y que con un bebé otorga una vida más larga, salud y dinero. La impunidad también cuenta, claro. No es que sea una causa como tal; pero aquí sí potencia el resto de razones”, añade.

Dejando atrás la carretera y con ella el enorme lago Kivu, el vehículo penetra en una angosta y sinuosa pista de tierra repleta de huecos, charcos y piedras hacia la aldea de Mabingo. Al otro lado de los cristales de las ventanillas traseras se suceden, confusos en la estela de polvo naranja levantada por el paso del auto y bajo enormes hojas de palma, mujeres con enormes hatos de leña a sus espaldas, críos ofreciendo frutas, niñas cargadas con garrafas llenas de agua casi tan grandes como ellas y vendedores que muestran pescados secos o ahumados en cajas de madera bajo un insaciable mosquerío.

La organización estadounidense trabaja en Mabingo a través de una de la Asociación para el Desarrollo de las Iniciativas de Mujeres (ADIF, en sus siglas en francés). La piedra angular de la labor del IRC en terreno son las maisons d’ecoute (casas de escucha). Un habitáculo construido con tablas, ubicado en el centro del poblado y compuesto de recepción, sala sanitaria y habitación. Es el lugar donde atienden a las mujeres agredidas sexualmente y se les ofrece la primera atención médica y psicológica.

 “Acuden siempre a escondidas. Sufrir una violación en el Congo es lo peor que te puede suceder. Si te violan dejas de ser una buena mujer, nadie va a querer casarse contigo y, por ende, tu familia no va a recibir una dote por ti. Te desprecian. La comunidad te deja de lado y no te queda otra que seguir adelante sola. El daño psicológico es mucho peor en estos casos que las secuelas físicas”, asegura la cooperante. “Incluso tu marido te abandona. Él puede quererte mucho, pero al final, por presión de la comunidad, acabará abandonándote. Y es que en el Congo se vive siempre en y para la comunidad”, añade Sotelo torciendo el gesto en una mueca resignada.

No es para menos. El 75% de las violaciones que se cometen en la zona tienen lugar en el domicilio de la víctima y con el marido de ésta presente, según los datos de ADIF. “Es una de las mayores dificultades de nuestra tarea diaria. Pero no por ellas sino por ellos. Quedan traumatizados por pura impotencia, por no haber podido hacer nada mientras sus mujeres eran violadas. Lo malo es que esa frustración pasa luego a ser rechazo. Las repudian, no quieren saber nada de ellas y, al final, muchas veces las echan de casa”, explica Judith Iragi de 29 años, una de las mediadoras de ADIF. Este hecho, lejos de convertirse en un lastre insalvable, se utiliza como terapia en los talleres de sensibilización y en las sesiones de grupo. “Intentamos que los maridos vean que ahora es cuando pueden ayudar a sus mujeres. Que es la manera de suplir que no hayan podido intervenir en el momento de la agresión. Y, créame, funciona”, apunta Iragi.  

Las infecciones de sida derivadas de estos actos infames de los milicianos es otro de los grandes dramas en Congo, aunque al día de hoy sea imposible determinar el número exacto de casos. “Lo más importante es que las mujeres acudan a las maisons d’ecoute o a los centros médicos antes de las 72 horas siguientes a la violación”, apunta Sotelo. Más allá de los tres días, sería ya tarde para proporcionar a las víctimas una especie de botiquín con fármacos antiretrovirales y otros medicamentos para prevenir el resto de enfermedades de transmisión sexual, un test rápido del VIH y la píldora del día después. El kit P.E.P., siglas de las palabras inglesas post exposure profilactic (profilácticos post exposición). “Los fármacos son efectivos si se toman antes de las 72 horas y se realiza el tratamiento durante los 28 días necesarios”, añade la cooperante española.

¿Pero qué sucede con aquellas mujeres que puedan estar infectadas debido a la violación y que han ocultado ésta a sus maridos por miedo al rechazo? ¿Logran medicarse? ¿Y ellos? La mediadora de ADIF, Judith, sonríe con picardía, aunque ella misma se sorprende de su risa antes de explicarse. “Las mujeres vienen primero, se llevan su kit P.E.P. y a los pocos días regresan con el marido al centro. Éstos acuden engañados. Ellas les dicen que las pastillas son para curar algún tipo de parásito que hay en el agua que consumen en el pueblo, por ejemplo, y ellos terminan por tomar la medicación para el VIH sin saberlo-”, explica Iragi mientras vuelve a sonreír.

Esclavas sexuales

Un cuaderno de páginas amarillentas cuyas tapas están cubiertas con lo que fue una lámina de prevención de abusos sexuales descansa sobre el colchón de un catre de hierro oxidado en una de las habitaciones de la clínica Heal Africa, propiedad de la ONG congoleña del mismo nombre y con base en Goma. Junto a la libreta y medio escondidos entre los pliegues de las sábanas de la cama aún por hacer, asoman un cepillo de pelo con varios mechones entre sus cerdas, un bolso de piel de serpiente enternecedoramente falsa y una vieja radio de onda corta, encendida y en la que sólo se capta el ruido sordo de las interferencias.

La estancia es amplia y con grandes ventanales que dan a un patio interior. A pesar de la luminosidad, los fluorescentes de luz verdusca permanecen encendidos. Jergones de espuma carcomidos y sucios se apilan junto a una de las paredes. Sobre las doce camas ubicadas en dos hileras enfrentadas, cuelgan, como despojos en un matadero, doce mosquiteras recogidas cada una en un gran nudo. Bajo los catres se agolpan sandalias, palanganas, orinales, bolsas repletas de ropa estampada con mil y un colores, mugre y chupetes inservibles de los hijos de las pacientes.

Sentada sobre uno de los camastros espera Sifa de 18 años con las manos cruzadas entre sus piernas, la cabeza gacha y la mirada huérfana. “Un batallón del FDLR llegó a mi pueblo, Kibaresu, en Masisi (Kivu Norte). Me llevaron adentro del bosque. Me retuvieron dos semanas y en esas dos semanas me violaron muchos hombres. Todos diferentes. Un día uno, al otro día otro distinto”, explica a duras penas y sin alzar la vista de sus chanclas de goma.

Durante las dos semanas que Sifa pasó como esclava sexual con el batallón de la guerrilla, el ejército congoleño lanzó una fuerte ofensiva contra ésta en la zona donde se encontraban. “Así que me ataron las manos con un cuerda de la que tiraban con fuerza cada vez que yo me quedaba atrás en las marchas. Cómo si fuera un animal”.

Con el ejército pisándoles los talones y las balas silbándoles de cerca, los milicianos decidieron liberar a la joven. Sifa emprendió entonces su huida, escondida cuando los disparos sonaban próximos y corriendo hacia ningún lugar cuando éstos cesaban. “Pero me crucé con otro frente del FDLR y me volvieron a secuestrar. Me violaron de nuevo todos ellos durante tres días”.

Al tercero la enviaron a una aldea cercana al campamento, a Masisi, para que comprar algo de alimentos y averiguara lo que pudiera, cualquier cosa bastaba, acerca de la posición de los militares. Aprovechó ese momento para huir a Goma.
Sifa cuenta ahora los días para regresar a casa tras finalizar su tratamiento en Heal Africa. “No tengo miedo al rechazo. Sólo quiero volver a mi pueblo y buscar a mi abuela, no sé si sigue viva. Necesito que cuide de mi bebé cuando nazca. ¿Sabe? Me quedé embarazada durante mi secuestro. Pero yo quiero seguir estudiando. Por eso necesito a mi abuela, para que se encargue del niño cuando yo esté en la escuela”, dice Sifa con una pátina de indeleble tristeza en sus ojos grandes y oscuros.

El director de la clínica -cuyo nombre, Heal Africa, significa “cicatrizar África”-, Lusi Jonathan Kasereka, cierra la puerta tras de sí cuando entra en su desordenado despacho. Una estancia mediana repleta de folios, pedazos de papel con anotaciones, diplomas y libros. Calza unas botas de montaña negras y de cordones amarillos, viste el mono de operaciones verde y luce un gorro de quirófano multicolor: violetas, naranjas, azules, turquesas y amarillos difuminados y mezclados.

Es un tipo locuaz y habla atropelladamente. Al preguntársele sobre el porqué de estas altas cotas de violencia sexual, se quita los lentes, vuelve a ponérselos y se queda unos segundos meditando la respuesta con los ojos cerrados. “La causa es, bajo mi punto de vista, una ausencia total del Gobierno y de justicia. La impunidad en este ámbito es absoluta”, sentencia.

Las cifras de condenas a comandantes de las FARDC son buena prueba de ello, pues de los más de 7.000 casos denunciados cuando se elaboró este reportaje, tan sólo se habían dictado 15 condenas, según fuentes de Naciones Unidas. Y éstas no se empezaron a ejecutar hasta que Human Rights Watch (HRW) publicara un informe en el que se calificaba al país africano como el peor lugar en el mundo para vivir si se es mujer o niño debido precisamente a la violencia sexual.

“Es terrible la impunidad a la que nos enfrentamos; pero más terrible es el estado psicológico en que quedan las mujeres”, dice Kasereka. “La autoestima se les baja a los talones, se sienten un objeto. Las horas que deben pasar nuestros consejeros con ellas son eternas hasta que echan fuera todo eso, asumen su situación y empiezan a levantar cabeza”, explica el doctor.

Durante la estancia en la clínica las sobrevivientes, así se refieren a ellas, tienen la oportunidad de participar en el programa de formación Healing arts. “Aprenden a cocinar, a coser, a fabricar jabón, a hacer pan y bollería. Ganan así unos francos, subsisten y pueden valerse por ellas mismas. Es una manera de sentirse de nuevo útil, de sentirse de nuevo alguien con autonomía, con algo que aportar”, explica el director de la clínica. “Durante sus últimos días de tratamiento, puedes ver que cuando van a misa los domingos se ponen de nuevo su mejor vestido, se aplican otra vez algo de maquillaje, se peinan con esmero…”, cuenta antes de quedarse con la mirada extraviada y un esbozo de sonrisa satisfecha en los labios. “Se sienten mujeres de nuevo”, concluye.

Lejana solución

La posible solución ante los casos de violencia sexual en el Congo es tan compleja como la realidad del propio país. “Por un lado la sensibilización de la población es fundamental”, afirma el responsable de Heal Africa. “Nuestros trabajadores dan charlas por todo Kivu Norte. En escuelas, en universidades. También con los militares, aunque en ese ámbito nos resulta mucho más difícil el trabajo, así que lo hacemos a través de los altos mandos. A ellos les escuchan más que a nosotros. También acudimos a mezquitas y a iglesias… ¡Claro que sí, también se debe hablar del condón en las iglesias!”, exclama.

El trabajo de sensibilización es especialmente necesario en las áreas rurales. Muchas, casi aisladas de las ciudades, más grandes y mejor comunicadas. Allí son frecuentes los arreglos entre familias cuando ha habido una agresión. “Se solucionan las cosas a través de la ley coutumiere, de usos y costumbres. Por ejemplo: entregando cabras y gallinas a la familia de la víctima o casando a ésta con el agresor. No siempre el problema está en el mal funcionamiento de la justicia, a veces resulta que el caso no trasciende a la ley debido a estos arreglos o porque se ha sobornado al jefe local de la aldea para que no acuda a magistratura”, señala Sotelo.

La cooperante basaría su acción en dos direcciones. “Una de arriba a abajo, a nivel estatal. Se trataría de reforzar las capacidades de los magistrados locales e invertir tanto en la creación como rehabilitación de instituciones judiciales. Sobre todo que se implementen los juzgados con personal. Hay tribunales en el país; pero no hay juristas debidamente formados. Y lo peor es que hay miles en el paro. El Gobierno debería asumir su responsabilidad, asegurar que los juristas pueden hacer su trabajo y contribuir a la lucha contra la impunidad en este ámbito”, reclama, apasionada, la cooperante.

La otra vía resolutiva debería ir de abajo a arriba. “La sociedad civil debe gritar, hacerse escuchar. Hay muchas asociaciones pequeñas, muchos grupos, muchas ONG, que no tienen aún fuerza suficiente. Hay que reforzar a estos grupos para que hagan vox pópuli del problema de la violación. La clave está en lograr que los ciudadanos se identifiquen con la víctima. Que se digan ‘esto puede pasarme a mí’, pues ahora esconden la cabeza en un agujero y dicen, ‘eso siempre le pasa al vecino, a otra persona’, y encima cuando sucede, los rechazan”, explica.

Por su parte, el responsable de Oxfam en el país, Marcel Stoessel, asegura que la sensibilización no es la “panacea”. “Aunque obviamente sí ayuda. Por ejemplo, hay una ley en Congo sobre violencia sexual, pero mucha gente no la conoce. En este caso, la sensibilización es importante para divulgarla, así como es bueno también hablar con los comandantes de las FARDC, que son mucho más receptivos y tienen autoridad para transmitir este mensaje a las tropas, donde hay soldados que sí son disciplinados. Pero la solución a largo plazo es la reforma de la policía, del ejército y de la justicia, y que estos crímenes se juzguen, se penalicen y que los  culpables vayan a la cárcel, porque todos ellos saben que está mal violar a una mujer, no pensemos que lo hacen porque no lo saben o porque no están educados.”

Mama Chouchou es la coordinadora de la Asociación de Mujeres de los Medios (AFEM, en sus siglas en francés). Radicada en Bukavu, Kivu sur, la ONG realiza apoyo a víctimas de violencia sexual, sensibilización en aras de terminar con este problema en el país e iniciativas para empoderar a las féminas de la República Democrática del Congo y reforzar el sistema judicial. Esta lúcida treintañera propone, entre otras iniciativas, formar a mujeres policías que se dedicarían exclusivamente a proteger a sus iguales y a los menores en las zonas más convulsas del país. “La MONUC no está cuidando de la población aunque ese sea su mandato. Hacen falta al menos 3.000 efectivos más, pues bien, en el Congo están esas personas que se requieren. ¿Por qué no los entrenan para que hagan esa función? De todos modos, la MONUC no va a quedarse para siempre aquí”, señala.

Edwige Muhemedi tiene 18 años y una hija de dos fruto de una violación. Regresaba de la escuela con otras seis chicas, cuando un batallón del FDLR las asaltó. “Nos llevaron al bosque, nos secuestraron y nos convirtieron en sus esclavas. En sus esclavas en todos los sentidos. Al cabo del tiempo intenté escaparme, me descubrieron y me dieron una paliza. No volví a intentarlo hasta que un día me mandaron a por agua y logré huir”, cuenta.

Al poco tiempo nació su hija y la llamó Ketia Ansima. “Quiere decir algo así como ‘el mismo Dios’, le puse este nombre para agradecerle que había dejado de ser una esclava sexual”. Edwige como la mayoría de niñas que han pasado por lo mismo que ella, tan sólo quiere estudiar. Estudiar para llegar a ser ministra, dice, y terminar así con las violaciones en el Congo. Pero a pesar de su corta edad, ha asumido ya que eso es tarea ardua. “Sólo se terminará con esta lacra cuando gobernantes y agresores se pongan en nuestra piel”.

Testimonios de mujeres abusadas

Faida Esperance, 40 años

Faida se acerca con la mirada inquieta y los ojos enrojecidos. Desconfiada, me mira de arriba abajo una y otra vez mientras se sienta en el banco de la iglesia de Notre Damme d’Afrique, en los  suburbios de Goma, Kivu Norte. Junto a la misión de los Padres Blancos. Viste una camisa de mil colores vivos, con la palabra Congo estampada y repetida incontables veces, al cuello lleva un rosario blanco, fabricado de un plástico especial que luce en la oscuridad. Acude con su hija, Nicole, en brazos. La pequeña, con un vestido de princesa, naranja, sucio y raído, tiene un año.

“Vivía en Rutshuru, un poblado cercano a Goma, con mi marido y nuestro hijo de 16 años. Llegó la guerra y con ella los hombres de Nkunda (líder del CNDP). Mataron a mi hijo y a mi marido y luego me violaron. De eso hace ya casi dos años. Mi hija tiene uno. Nació después de la violación, por eso tenemos el sida las dos”, explica con la mirada perdida por encima de mi hombro. Lo hace casi mecánicamente, sin rabia, ni dolor. Resignada. Esperance se desabrocha los dos primeros botones de su blusa para darle el pecho a la pequeña. Ésta lo recibe con ansia y se lo lleva a la boca. Mientras gira su cabeza hacia el periodista, suelta una de sus manos para agarrar el cuaderno de notas y la deja caer después sobre mi meñique.
“Vine a Goma después de todo aquello. En Cáritas me acogieron y me dieron 100 dólares para empezar un pequeño negocio. Vendo aceite vegetal; pero apenas saco 20 dólares al mes con ello. Así que el dinero no me alcanza para llevar a mí hija a la escuela, ni siquiera para pagar el alquiler”, dice antes de quedarse callada y torcer el gesto. “Lo que más me duele, lo que más miedo me da”, continúa mientras frunce el ceño y otorga un ápice de rabia a sus palabras, “es que estoy enferma y temo el día en que ya no pueda más, en que me muera. Pero no me da miedo por mí… ¿quién va a cuidar a mi hija, quién se va a hacer cargo de ella? Tengo el sida, ningún otro hombre va a quererme ya, no voy a encontrar un marido que se ocupe de la pequeña”.

Faida perdió hace tiempo las esperanzas en su gobierno. “¿Pero qué van a hacer ellos para solucionar este problema? ¡Si los que violan a las mujeres son también sus propios soldados!”, dice.  “Además, este gobierno no tiene medios para perseguir a los que cometen las violaciones. No tiene cómo saber quienes son, ¿así cómo va a haber justicia?”.
Niega en silencio, moviendo su cabeza mientras la mirada vuelve a perdérsele y regresa a la resignación del inicio de la entrevista. “Lo único que nos queda es protegernos a nosotras mismas. Y luchar para que empecemos a ser más abiertos. Para que hablemos sin tapujos de problemas como el mío. Aquí en Congo no se entiende a las mujeres como yo, y menos si tenemos sida. Nos tratan mal, nos miran mal… no nos hablan, nos rechazan. Yo no dejo de tener miedo de hablar con la gente y explicarles lo que me pasa.”

Florence Simpeze, 14 años

Florence es menuda, casi frágil. Se sienta delante de mí y apenas me mira cuando lo hace. Agacha la cabeza y se arregla el pañuelo largo, de gasa verde, que lleva cubriéndole la cabeza. Asiente con ella a las palabras en swahili que casi le susurra al oído el traductor mientras busca a ciegas una de las puntas del pañuelo para hacerle un nudo. “Me llamo Florence. Florence Simpeze y tengo catorce años”, dice antes de quedarse con la mirada fija en el suelo.

Florence vivía en Rutshuru (Kivu Norte). Aquella noche cenaba en su casa acompañada de su padre, su tía y su abuelo. Escucharon un golpe fuerte, seco. Al volverse, sólo les dio tiempo de ver la puerta abierta y a dos hombres uniformados entrando en la casa. Luego todo fue muy rápido.

“Mataron a mi padre. Empezaron a golpear a mi abuelo… le partieron un brazo”, explica mientras aprieta nerviosa el nudo de su pañuelo. “Luego me violaron. Me violaron delante de mi abuelo y del cadáver de mi padre. Aquellos dos hombres me violaron mientras el resto de la milicia atacaba mi pueblo y sólo se fueron cuando mi tía empezó a gritarles. Histérica. Llorando”. Florence tenía once años cuando eso ocurrió.

Ella no sabe si fueron los hombres de Laurent Nkunda, la guerrilla tutsi del CNDP (Congreso Nacional de Defensa del Pueblo), cuyos hombres forman parte hoy del ejército congoleño, o miembros de las fuerzas armadas del Congo. O si tal vez también pudieron milicianos del FDLR (Frente Democrático para la Liberación de Ruanda), grupo rebelde hutu organizado por algunas de las cabezas pensantes del genocidio ruandés del 94.

La menuda Florence tampoco sabe que la organización Human Right Watch (HRW) señaló a la República Democrática del Congo como “el lugar más peligroso del mundo para las mujeres y los niños”. Precisamente por la violencia sexual. Y es que, según la misma entidad, durante los seis años anteriores a su informe, 40.000 mujeres fueron violadas en Congo o lo que es lo mismo: 27 cada día.

Florence también desconoce que la práctica totalidad de agresores queda impune. Libre. Bien por falta de jueces, bien porque la justicia militar es débil y corrupta. Nada de eso sabe Florence y parece que a estas alturas, poco le importa. “Lo único que quiero es aprender a coser. Así podré ganar algo de dinero y ayudar a mi tía y a mi abuelo. Eso es lo único que me preocupa. Eso y que la gente deje de señalarme y de reírse de mí en la calle… Lo hacen porque me han violado… ¿y sabe? yo tengo que quedarme callada… ¿Pero qué más puedo hacer?”.


 Nota del editor: esta crónica fue escrita en 2010 y refleja el contexto de ese momento en el Congo. Aunque algunos actores armados han desaparecido y otros han surgido, la situación para las mujeres no ha cambiado mucho.

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