La masacre de las bananeras, ocurrida el 6 de diciembre de 1928, estuvo disimulada por la historia oficial. Ni siquiera las documentadas denuncias que, al año siguiente, en el Congreso realizó el representante Jorge Eliécer Gaitán pudieron derrotar las maniobras de ocultamiento de parte del sistema. 
 
Por Reinaldo Spitaletta
 
Desde noviembre de 1928, más de 30.000 trabajadores de la compañía estadounidense United Fruit Company estaban en huelga en la zona bananera del Magdalena. El gobierno conservador de Miguel Abadía Méndez los había calificado como malhechores e insurrectos y había declarado el estado de sitio y el toque de queda. El general Carlos Cortés Vargas, nombrado jefe civil y militar de la provincia, firmó el decreto en el que se autorizaba al ejército disparar sobre los huelguistas.
 
En la estación de Ciénaga, donde había reunidos más de 7.000 trabajadores, se leyó el bando en la voz del capitán Julio Garavito. Ya estaban emplazadas las ametralladoras y apostada la soldadesca. La orden era perentoria: “Tienen cinco minutos para retirarse”, aulló el oficial. De la multitud, enardecida, brotó un grito: “¡Viva Colombia libre!”. Hubo un nuevo toque de corneta y el militar dijo: “Falta un minuto. Si no se retiran, abrimos fuego”. Cortés Vargas se unió a la voz de su subordinado y amenazó a la multitud. Le respondieron con abucheos y silbidos.
 
Y, como una especie de atronadora voz que pareció surgir de la tierra, se oyó un grito nítido: “¡Disparen ya, cabrones! Les regalamos el minuto que falta”.
 
Al esclarecimiento de aquella matanza, que no fue ningún invento del realismo mágico ni de la “narrativa comunista”, contribuyó el surgimiento de la nueva historia en el país (Jaime Jaramillo Uribe y otros) y, al mismo tiempo, la escritura de obras literarias sobre el tema. En 1962, la novela La casa grande, obra maestra de Álvaro Cepeda Samudio, inició el itinerario de piezas inspiradas en aquella masacre. El teatro, por ejemplo, contribuyó a la divulgación de un hecho que se intentó mantener en el limbo.
 
Obras como La denuncia, de Enrique Buenaventura, y Sol subterráneo, de Jairo Aníbal Niño, despertaron el interés en los estudios de los acontecimientos de Ciénaga. Y ni hablar de Cien años de soledad, en la que García Márquez incluye, con los ojos de José Arcadio Segundo, una visión de espanto de la cruenta masacre, en la cual, en rigor, hubo centenares de muertos.
 
El 16 de enero de 1929, a un mes largo de la masacre, el embajador de Estados Unidos en Colombia, Jefferson Caffery, envía al secretario de Estado una comunicación en la que, citando fuentes de la United Fruit Company, dice que el total de huelguistas muertos por parte del ejército colombiano pasó de 1.000. En el libro Bananeras: Testimonio vivo de una epopeya, del periodista e historiador Gabriel Fonnegra, se citan voces que dan cifras de la brutal matazón, entre 1.000 y 3.000 trabajadores asesinados por las tropas de Cortés Vargas. El general Pompilio Gutiérrez, en reportaje de El Espectador (citado por Fonnegra), dijo que “en las bananeras hubo más de 1.000 muertos, cifra cuidadosamente ocultada por el gobierno nacional”.
 
Para el general Cortés Vargas los muertos fueron 47. Los demás, por centenas, los dejaron en fosas comunes o los arrojaron al mar. La matanza, que no solo sucedió en Ciénaga el 6 de diciembre, sino que se prolongó durante varios días por la zona bananera, en Sevilla, Orihuela, Riofrío, Guacamayal, Sevilla y otros, con fusilamientos y otras represiones, arrojó muertos a granel.
 
El régimen conservador de Miguel Abadía Méndez, en el que también participaron liberales como Olaya Herrera (fue embajador de ese gobierno en Washington), alcanzó su máximo desprestigio con los sucesos de Ciénaga y el resto de la zona bananera. Y aquel crimen oficial, cometido para proteger los intereses mezquinos de una compañía extranjera, es parte de la ya muy larga historia de impunidades en Colombia.
 
La masacre de las bananeras, de la que se conmemoran 90 años, es un baldón para los que han mantenido al país como una neocolonia de los poderes foráneos y un solar para el ejercicio de sus vagabunderías y lacayismo. Quizá en el poema de Neruda Los enemigos haya algo que rima con los vendepatrias colombianos: “Por esos muertos, nuestros muertos, pido castigo. / Para los que de sangre salpicaron la patria, pido castigo. / Para los que defendieron este crimen, / pido castigo”. La historia no los absolverá.
 
 
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